domingo, 17 de mayo de 2020

EDMUND YEO Y SU CINE CORTO





"Yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles", decía el poeta, y el cine de Yeo, su cine en cortometraje, aspira a reflejar en imágenes la esencia de un "haiku" japonés (su carrera se mueve entre su país natal, Singapur, su país de adopción, Malasia, y su país de acogida, Japón), pequeñas piezas llenas de evocaciones sentimentales, melancólicas, dolorosas también. Un  cine de la ausencia, muy marcado por la pérdida y por la muerte; que desfila ante nuestros ojos con la naturalidad de un mundo que no da la espalda a la naturaleza pero al que, en ocasiones, se le nubla la vista buscando entre lo material lo que es inasible. La mujer que vive en silencio con su hija en una casa de comidas a orillas del mar en Malasia de "Love suicides" vive sometida por la tiranía del ausente, quien sin mostrarse nunca, remite cartas diariamente obligando a madre e hija a hacerse cada vez más invisibles, más impersonales, más reducidas en su libertad hasta que las cartas resulten innecesarias.

En "Kingyo" un maduro profesor parece buscar por las calles de Akihabara una compañía para sus solitarias noches. Una joven disfrazada de doncella con minifalda, reclamo publicitario de los conocidos "maid café" de la capital, termina encontrándose con él después de que la pantalla se duplique mientras les seguimos individualmente. El encuentro no es casual, ambos han sido amantes pero la joven acabó con la relación. Ahora el profesor vuelve a buscar a su exalumna para intentar retomarla una vez que su mujer acaba de morir, el recuerdo no es suficiente para insuflar aliento en una relación acabada mientras el peso del engaño a la esposa muerta agota la resistencia del hombre. En "Exhalation" una joven retorna a su lugar de nacimiento con una amiga que acude a buscarla en coche a la capital. El motivo, después de muchos años, es asistir al funeral de un amigo. Blanco y negro se alterna con el color, las texturas de las personas en progresiva caída hacia la tristeza y la melancolía se alternan con el ambiente idílico del entorno natural de la localidad natal. Dolor y vida se van juntando al ritmo del recuerdo, con la misma delicadeza que observar la caída de las flores de un cerezo que van depositándose en el cauce de un río de aguas cristalinas.

Con "Inhalation" Yeo regresa a Malasia, en una sola noche se condensan varias semanas de tiempo, una joven, cansada de cuidar cerdos en una granja reproductiva decide emigrar a Japón abandonando a su pareja y tomando un barco sin contar con los visados y permisos oportunos. En un giro de 360º de la cámara, el hombre pasa, de acompañar a su novia para despedirla, a esperarla en el mismo lugar cuando es deportada por las autoridades de inmigración. En una noche repleta de sinsabor, derrota y resignación la pareja intentará, sin éxito, retomar un punto de contacto que ha sido demolido por la pobreza y la ausencia. Están juntos pero ya no volverán a ser los  mismos. En "Last fragments of winter", Yeo alterna la moderna Malasia de Kuala Lumpur y sus barrios de clase media con el paisaje nevado, atractivo y dolorosamente embellecido de Shirakawago en Japón. Aquí el tour de force de la obra es el permanente movimiento circular entre pasado y presente, una joven fotógrafa misteriosa que pasea solitaria por los campos y montes japoneses y un joven matrimonio con un hijo que parecen recordar una ausencia. La ausencia será la de la joven fotógrafa, que no es sino la joven madre en el pasado, de la que hace un año que ha muerto cuando marido e hijo la recuerdan sin saber muy bien cuánto hace que les falta.

Delicado, de movimientos de cámara muy medidos y acariciadores para sus personajes, estas pequeñas obras de Yeo son un compendio de sentimiento a flor de piel, de humanidad dolida y certera ante lo inexorable de la ausencia, ya sea la muerte (una constante en estos cortos) o del desamor. Los rostros de sus personajes, y sus movimientos lentos, casi imperceptibles y condicionados por el recuerdo, aportan una visión del mundo alejada de la vorágine y de la inmediatez del presente. Para estos personajes parecería que el tiempo se detiene, se coloca en un paréntesis para que se pueda reflexionar sobre esa pérdida, esa ausencia; retomando la vida a continuación como si el reloj no hubiera seguido su curso. Realmente no es así, pero en esos instantes nada puede ser más relevante que el recuerdo y el dolor íntimo que puede llegar a transmitir al protagonista, tanto como para precipitar una huida, aceptar que una relación no volverá o que en el espacio doméstico siempre habitará la sombra del fantasma en forma de botella de batido de soja o de una pecera.

















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