martes, 28 de abril de 2020

ZUMIRIKI (Oskar Alegría, 2019)


«"Zumiriki" es una palabra que quiere decir ‘la isla en el centro del río’, en euskera que se hablaba en esa zona y que ya se ha perdido. El largometraje también quiere jugar con eso. La palabra está hundida, como la propia isla, pero con la magia del cine podemos robarle a la muerte su última palabra», así se refiere Oskar Alegría a uno de los elementos esenciales de su nueva película, la palabra. La palabra muerta que desaparece con los últimos habitantes de la zona en que rueda su experiencia de retiro a la naturaleza, la palabra que resuena en los ecos de una infancia mantenida en la memoria, como la del hombre que domesticó un zorro y vivió toda su vida sin luz ni agua, una palabra que se diluye hasta fundirse con los elementos que le rodean y hacerse innecesaria porque basta la de otros que escribieron sobre ello antes de filmar. Zumiriki es esa isla ideal en la que perderse ajeno a lo que ocurre a tu alrededor, y es así porque es tu mente la que construye la frontera para que el tiempo se detenga y fluyan los momentos felices que hagan borrar las desilusiones del presente. Hablar de cine documental resultaría demasiado sencillo y poco justo al referirse a "Zumiriki", hay esa voluntad, sin  duda, pero también hay mucho más porque trata de reconstruirse un relato antes de que el tiempo lo borre, hay un guión que, por matizado que quede entre las costuras de la improvisación, se hace evidente en el desarrollo de la película, hay una puesta en escena que acompaña la narración, con o sin palabras, hay, en definitiva mucho, y buen cine, en esta obra.


«Fui a los bosques porque quería vivir con un propósito; para hacer frente sólo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquella tuviera por enseñar, y por no descubrir, cuando llegase mi hora, que no había vivido», así empieza Thoreau su "Walden", referencia ineludible cuando de alguien se pretende hablar como un retornante al estado de naturaleza previo a la industrialización, la deshumanización, la destrucción del entorno. Alegría vuelve, durante un verano, a ese lugar del barco pirata, a los árboles cuyos troncos hacían de mástiles y en los que una vieja sábana hacia de vela mayor. Vuelve a plazo, no con voluntad de permanencia; acude con provisiones y no dispuesto a vivir de lo que el bosque le proporcione. Un eremita que va a leer y disponer del tiempo para sí mismo sin más contacto con la vida que la que le ofrece el propio bosque y la ribera del río que, ahora, fruto de la codicia humana, ha ocultado la isla de su infancia dejando como única pista de su presencia los troncos secos y sin hojas de aquellos árboles escalados durante la infancia junto con sus hermanos. Vuelve para vivir solo unos meses alejado de las comodidades urbanitas, para recuperar un tiempo feliz, una Arcadia mitificada donde permanecen los espíritus de aquellos que lo aprovecharon en su momento.


Ir a una isla y convertirse en un náufrago fuera de ella, pretender reconstruir el recuerdo una vez que el recuerdo ha sido cambiado por la mano del hombre. Por eso es importante recuperar un viejo reloj detenido a las 12,37; una baldosa que reproduce un baile tradicional y que será el reloj que marcará el momento de abandonar la cabaña prefabricada cuando, día tras día, las piedras colocadas en hilera terminen rodeando la totalidad de la estancia. Una cabaña que hace las veces de cámara oscura y las de encerado de un viejo colegio en el que reproducir palabras y dibujar árboles para no perder su nombre, aunque también sería una enorme cámara que filma a través de la mirada de su director por la ventana que da al río, ese río que habrá que cruzar para poder recuperar la tierra, el aire y el agua, uniendo así el mundo actual con la mitología del territorio. Cuanto más tiempo se pase aislado y sin contacto humano más se agradecerá la presencia de la gineta, del tejón, del cormorán. La vida se hace más palpable cuanto más te alejas del hombre sin perder distancia a sus creaciones, porque ya sea mediante la lectura o la pregunta que hace a los octogenarios últimos habitantes del valle, más importante se siente la importancia de lo humano en el hombre y más se desprecia lo material.

Alegría juega a recuperar ese pasado, a reconstruirlo, retorcerlo y ofrecernos la imagen presente de aquel recuerdo. Ya no hay gritos, ni carreras,  ni celebraciones como las filmadas por su padre en el viejo super 8 que acompaña parcialmente la aventura visual y sonora de la película. Hay reposo, hermandad con los demás seres del bosque que, de temerosos, sólo se dejan ver a través de las cámaras que Alegría deja grabando libremente en los espacios por los que previamente ha transitado, vacíos durante el día y plagados de vida durante la noche; hasta que ese macguffin cinematográfico, la vaca que escapó de la muerte, sale de entre los árboles y nos mira desde la distancia. Suspicaz y huidiza como sólo un animal puede desconfiar de la presencia humana. En las riberas del río Arga, Alegría juega a ser Walden y Robinson Crusoe, juega a ser un eremita misántropo que, cuando acaban las provisiones, ha de retornar a su lugar, puede que reconfortado con la experiencia o más taciturno, puede que valorando más los silencios que el vacío de conversaciones huecas llenas de palabras. Sea como fuere, y perdiendo la palabra por el camino, Alegría se acerca a ese cine terrenal de Frammartino, de Piavoli, de Marcello, que de buscar encontrar la esencia de la persona termina trascendiendo de si mismo descubriendo nuestra insignificancia, y, además, filmando uno de los finales más oníricos y bellos de nuestro cine reciente, transportándonos a un coy azotado por el viento como si la isla, su isla, se hubiera puesto en movimiento surcando los mares.


ZUMIRIKI. España. 2019. Dirección, Guión, Fotografía: Oskar Alegria. Montaje: Ainara LeGardon, Xabier Erkizia, Mixel Etxekopar, Xavier Garcia, Justa Mentaberri. Sonido: Haimar Olaskoaga. Productora: Emak Bakia Films. 122 minutos

No hay comentarios:

Publicar un comentario