lunes, 20 de abril de 2020

NEVER RARELY SOMETIMES ALWAYS (Eliza Hittman, 2020)


"¿Alguna vez desearías ser un tío? A todas horas". Así de rotundas se muestran las protagonistas de la película de Eliza Hittman, reciente ganadora del Gran  Premio del Jurado del pasado festival de Berlín, cuando lo que parece una simple conversación sobre las molestias físicas derivadas de la regla viene precedida de una serie de situaciones personales en las que  tanto Autumn (Sidney Flanigan) como su prima Skylar (Talia Ryder) han de soportar el acoso verbal de clientes o el machismo intrafamiliar que desprecia, en esos comportamientos cotidianos que parecen intrascendentes, la posición femenina en cualquier ámbito vital. A todas horas desearían ser hombres no porque rechacen su condición de mujeres liberadas, jóvenes e iguales, sino porque la sociedad no cree en la libertad de decisión y de elección de las mujeres, ni respetan su sexualidad como algo íntimo y que no se va ofreciendo ante cualquier hombre. En la escena de apertura Hittman expone, y desnuda, a su protagonista. En medio de una serie de actuaciones escolares, Autumn, perfectamente dibujada como una adolescente que huye del gregarismo y de la uniformidad (no se disfraza, no aparece con más gente, no imita), es insultada desde la platea por alguno de sus compañeros al grito de "puta". Su canción se interrumpe, la conmoción de la joven es evidente, el plano se cierra sobre ella, y en el rostro observamos la contracción de la ira y del dolor, y también de la injusticia. La joven se rehace y continúa con su canción, ya intuímos que hay rechazo en su comunidad, se nos ha ofrecido la fortaleza del carácter de la joven y se nos ha hecho insoportable el silencio cómplice del auditorio, incluso de los familiares. En una sola escena la directora ha sabido decirnos que Autumn tendrá que abordar su problema en solitario, sin apoyo familiar y en contra del sentir social, porque, en el fondo, pese a todo este preámbulo, la película se mueve alrededor del problema de abortar siendo adolescente.

El concepto de sororidad (ése mismo que podía verse en Retrato de una mujer en llamas, también filmada por una mujer y también interpretada casi en exclusiva por mujeres) une, sin palabras, a las dos primas. Se sobreentiende una complicidad y camaradería previa a partir de la que las explicaciones sobran y los desplantes y ausencia de sutileza se perdonan porque se conocen las razones. Ambas jóvenes trazan un plan de liberación que no precisa de subrayados de guión ni de largas explicaciones a cámara. Las dos saben lo que una necesita y que, uno de los principales problemas es la falta de dinero, podría decirse que casi el único. Como Hittman en sus primeras escenas nos ha mostrado esa hostilidad comunitaria y familiar, cuando Autumn busca una salida obvio es que no recurra a lo más próximo y se refugie en su propia iniciativa. Ese camino es pesado, como la maleta con la que ambas viajan de una pequeña población de Pennsylvania a Nueva York, del dedo acusador de la comunidad cerrada sobre sí misma al gran anonimato de la enorme ciudad en la que tanto pasas inadvertida como nadie va a prestarte ayuda gratis. Hittman opta por rodar planos muy cerrados, con muy poco espacio alrededor de los cuerpos y rostros de sus actrices, e incluso esas caras no aparecen completas. Hay una idea obsesiva que une a ambas mujeres y así lo que ocurre a su alrededor apenas tiene importancia hasta que ese problema de Autumn se resuelva, y se resuelva como ella ha decidido desde el primer momento, sin exponerse a un embarazo no deseado o a una entrega en adopción para la que se la condiciona desde la clínica ginecológica de su ciudad. Por eso, y por la falta de dinero, Nueva York es un espacio hostil y ausente del relato; la estación de autobuses se convierte durante dos largos días en el lugar de espera y descanso ante la imposibilidad de pagar un hotel, espacio incómodo pero en el que nadie se pregunta qué hacen dos adolescentes, un refugio perfecto entre una y otra cita médica.


Y si la película se construye alrededor del problema de Autumn, Hittman no olvida a su compañera. Poco a poco, y de manera imperceptible, la presencia de Skylar como mujer acosada se hace más patente. La fortaleza de espíritu y determinación de la más joven contrasta con la fragilidad y aceptación de un destino incierto por parte de la prima mayor. La dureza de la mirada de una contrasta con la dulzura melancólica de la otra. Si las interrelaciones de Skylar durante la película son siempre con hombres, a diferencia de Autumn, que está permanentemente rodeada de mujeres desde que accede al interior de los espacios médicos, en esos contactos siempre sobrevuela la idea del acoso, de la insinuación, del ofrecimiento sexual. A Skylar le resulta imposible conversar sin que el dialogo revierta en un doble sentido en el que la mujer se convierte siempre en un objeto disponible para un hombre. Una lo sufre mientras nosotros lo vemos en pantalla, pero otra nos lo cuenta con silencios o movimientos de cabeza cuando la psicóloga o asistente social realiza el cuestionario previo a la interrupción del embarazo. Ahí llegamos al convencimiento absoluto de que la situación de Autumn no es tanto la provocada por la inconsciencia adolescente como la causada por la imposición masculina. El "never, rarely, sometimes, always" del título se refiere a las respuestas que Autumn puede dar a las preguntas del cuestionario, que se refieren no sólo a su embarazo o a su vida sexual, sino a las relaciones personales con hombres, consiguiendo Hittman, de nuevo con maestría, y con una simple escena, dibujarnos un ejemplo de mujer maltratada y abusada sin que hasta entonces lo tuviéramos en mente.



Probablemente la película contenga la escena de prostitución indirecta más terriblemente hermosa, y dolorosa, del cine reciente. Una escena en la que el cliente, ni piensa que lo sea ni es consciente de pagar por besar y manosear a la chica y en  la que, además, cree estar haciendo un  favor a las dos adolescentes para que puedan regresar a casa. Ese sacrificio que Skylar hace por su prima, y también por ella misma, para volver sin pedir ayuda a las familias y descubrir el secreto común, concluye con un plano soberbio de dos meñiques entrelazados que proporcionan fuerza y agradecimiento al gesto de quien lo sufre directamente. Todo lo que suena a masculinidad en la película de Hittman es mediocre, egoísta, manipulador y despreciable, quizás sea ésta una de las cuestiones más criticables de una película que funciona perfectamente en su proposición, que tampoco dibuja a las protagonistas como seres angelicales pero sí como personas maltratadas por el solo hecho de ser mujeres, y que asisten a cómo sus madres aceptan, sin cuestionamiento alguno, este estado de las cosas. Sólo al regresar, cuando la intervención médica se ha realizado, Skylar se atreve a preguntar sobre lo vivido a su prima, como si hubiera querido respetar íntegramente el espacio de intimidad absoluta de quien tenía el verdadero problema y evitar que cualquier opinión externa pudiera influir en su decisión. Ahí vuelve la palabra entre ellas, eliminada la tensión y regresando a la casilla de salida, sin abrir el plano pero con un tímido sol incidiendo sobre el rostro de Autumn cuando el autobús sale del túnel por el que abandona la estación. Quizás un "gran premio del jurado" pueda parecer excesivo para uno de los festivales A, pero desde luego, a honestidad y sinceridad pocas películas podrán ganar a ésta "Never, rarely, sometimes, always".



NEVER, RARELY, SOMETIMES, ALWAYS. USA, 2020. Dirección: Eliza Hittman. Guion: Eliza Hittman. Intérpretes: Sidney Flanigan, Talia Ryder, Théodore Pellerin, Ryan Eggold, Sharon Van Etten. Productoras: Adele Romanski, Sara Murphy. Música: Julia Holter. Edición: Scott Cummings. Fotografía: Hélène Louvart. Diseño de producción: Meredith Lippincott. Vestuario: Olga Mill. Duración: 101 min. Premio del Jurado del Festival de Berlín 2020. Mención del Jurado Sundance 2020.

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