lunes, 6 de abril de 2020

HAPPY OLD YEAR (Feliz año pasado, Nawapol Thamrongrattanarit, 2019)


El cine de Thamrongrattanarit se construye alrededor de las ausencias, las que ya existen y las que están por venir, y en ese sentido "Feliz año pasado" no sería una excepción en su cine. Tampoco es excepcional en su cine que la película funcione perfectamente en su progresivo camino hacia el descubrimiento íntimo de una persona que, presentada como ajena al pasado, como un muro de hielo hacia los sentimientos, no hace sino ocultar bajo esa aparente capa de indiferencia, una quebradiza fortaleza llena de inseguridades. Cuando Jane regresa a su casa familiar la ausencia del padre se convierte en el eje sobre el que pivota la relación que mantiene con su hermano y su madre. Si el nexo con el hermano se recupera fácilmente, pues ambos mantienen una dosis de realismo eficiente para superar la ausencia, el que se pudiera haber tenido con la madre sigue desconectado. Sumergida la madre en un pasado suspendido, como si la ausencia del marido fuera algo temporal y recuperable, cualquier intento de Jane por borrar la presencia paterna de la casa choca contra un muro sordo e inamovible, el de la esperanza por recuperar una compañía sobre la que el director siembra una duda inicial, ¿hablamos de un padre muerto o de un padre desaparecido por otras razones? El director explicará no mucho después que ese paréntesis vital materno obedece a una separación. No hay duelo ni luto en el comportamiento de los personajes, que fueron abandonados de manera absoluta y radical por un padre que ha roto todo contacto con ellos pero que, sin embargo, sigue presente de manera obsesiva al permanecer todos y cada uno de los objetos que dejó tras su marcha en el mismo lugar que se encontraban, incluyéndose esa exesposa que se niega a acostarse y duerme en una silla del despacho como un mueble más. Ese pasado es el que Jane decide eliminar deshaciendo por completo la casa.























El director tailandés utiliza un señuelo que parecería reconducir al tópico producto bienintencionado en el que chocan los sentimientos encontrados de madre e hija para salir de una crisis familiar, pero esa sombra, que sobrevuela el tramo inicial de la película, desaparece cuando el afán de eliminación que mueve a Jane, que pretende vaciar la casa eliminando los recuerdos inservibles y desprendiéndose de todo aquello que huela a pasado, choca con el propio en forma de una caja llena de carretes fotográficos y una vieja cámara que funciona como bola de demolición de todas sus seguridades transformadas, ahora, en incertezas. Thamrongrattanarit nos habla de la difícil gestión de un pasado poco elogiable, del intento de reparación y de la adaptación a una nueva realidad desprendiéndose de fantasmas que, aunque congelados en nuestro interior por una enorme, pero ficticia, fuerza de voluntad, afloran de manera natural en cuanto la barrera interpuesta resulta imposible de mantener. Si a Jane no le cuesta deshacerse del pasado que le une a un padre ausente, a una infancia abandonada de manera precipitada por la ruptura familiar, de unos amigos con los que no ha vuelto a tener contacto tras abandonar Tailandia para estudiar y trabajar, eso no ocurre cuando, al descartar todos esos objetos que no le significan nada, aparece el inevitable anzuelo sentimental que le recuerda su cobarde ruptura con Aim. Este hecho, esa aparición de la cámara fotográfica, que sucede apenas transcurridos 20 minutos aparentemente convencionales, muta por completo el sentido del relato y la sensibilidad desprendida desde el mismo, apareciendo el verdadero cine reconocible del director tailandés y situando "Happy old year" en la senda de "Mary is happy, Mary is happy", "36" RESEÑA y "Die tomorrow"RESEÑA.



























Habría que tener un conocimiento de cultura oriental más profundo para extraer más significado de las acciones de Jane a partir de ese momento, entrando en una cascada de "buenas acciones" que le aportan ese agradecimiento ajeno nunca buscado ni nunca pretendido para apaciguar su estado de ánimo. El acercamiento a Aim con la excusa de devolver el objeto encontrado, después de desaparecer de su vida sin explicaciones, coloca a Jane en la incómoda posición de comprobar cómo, pese al dolor causado, puede ser aceptada en la privacidad del joven y su nueva compañera sin exigir explicaciones. Sería así como el pasado vuelve a invadir la esfera personal de Jane, un pasado que excluído de raíz, regresa con tanta fuerza como para paralizar el presente. Nawapol dibuja su personaje exquisitamente, con la sutileza y tacto que le es característico, lleno de incertidumbres y lleno de errores. En esa compensación de presente para eliminar errores y daños causados en el pasado, Jane no es capaz de calcular las consecuencias de sus actos ni valorar, realmente, de manera íntima y sincera, el por qué de su cambio de actitud. Queriendo compensar esa balanza personal de malas acciones por otras que cree generosas y altruistas es incapaz de ver más allá de sí misma. La revelación le llegará de manera tan necesaria como traumática, porque, en definitiva, su actitud vital no ha cambiado tanto, es su naturaleza egoísta la que provoca ese cambio aparente en su modo de relacionarse con el pasado, pero orientado de manera subconsciente hacia su propia reparación.


























La cámara no agota ni se hace omnipresente, la puesta en escena de Thamrongrattanarit es delicada y morosa como exige la toma de conciencia del personaje principal y la aceptación tranquila que quienes la rodean hacen de sus actos, salvo la madre, permanente reflejo de la verdadera naturaleza de una hija que se le parece más de lo que el relato aparenta. El espacio abruma por la acumulación de objetos, y no deja de ser irónico que Jane pretenda transformar la vieja academia de música de su padre en un estudio de trabajo minimalista del que han de desaparecer todos los elementos desacordes con esa idea zen de armonía entre los mínimos objetos imprescindibles. La pesadez vital que soportan los personajes no se traduce en ausencia de ritmo narrativo ni en reiteraciones inservibles, sino que el director utiliza esa aparente inamovilidad para reforzar su idea de que todo tiempo es importante para cada uno, y que negarse a aceptar que somos lo que  nos hemos ido formando, sin posibilidad de borrar lo que no nos gusta, no conduce más que a la melancolía y la impotencia. Pararse a pensar desde la altura de una habitación de hotel lujoso, pero utilizado como una especie de monasterio de reclusión, comprobando el falso paso del tiempo de un año natural a otro, es el elemento de inflexión para conocer y aceptar cómo se es y qué no se debe hacer para volver al error. A diferencia del misticismo de Weerashetakul, Thamrongrattanarit sitúa a sus personajes como esenciales para solucionar sus problemas o para descifrarlos. No hace falta acudir a espíritus o fantasmas, porque cada uno lleva a sus espaldas unos fantasmas del pasado nada inmateriales. El rostro lloroso de Jane no es el signo de la derrota, sino del autoconocimiento. Llorando se expulsan los fantasmas del error y el salado de las lágrimas nos acerca al dolor que hemos podido causar a los demás. Lo que pase en el futuro será otra película.




HAPPY OLD YEAR (Feliz año pasado, título original: How to ting ting yang rai mai hai leua ter.T Tailandia. 2019. Director y guión: Nawapol THAMRONGRATTANARIT. Intérpretes: Chutimon CHUENGCHAROENSUKYING,  Sunny SUWANMETHANONT, Sarika SARTSILPSUPA.Fotografía: Niramon Ross. Edición: Chonlasit Upanigkit.  Música: Jaithep Likitwong. Diseño de producción: Patcharanun Talanon. Compañías Productoras: Very Sad Pictures, Happy Ending Films. 113 minutos. Presentación en el Festival de Rotterdam 2020.


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