miércoles, 15 de abril de 2020

ALICE ET LE MAIRE (Nicolas Parisier, 2018)































No hay en "Alice et le maire", o como se ha traducido en España, "Los consejos de Alice", ningún riesgo formal, ningún hallazgo cinematográfico que asombre. No hay una puesta en escena que permita establecer un diálogo con el guión más allá de las evidencias transmitidas por los espacios ocupados por el alcalde y su filosófica consejera. Tan sólo, por ejemplo, las primeras imágenes nos indican que Alice, sin necesidad de palabra ni subrayado, acaba de llegar a Lyon, pero poco después ese detalle contado sin necesidad de verbalizarlo, se remacha en una conversación; unos planos que se repiten al final de la película pero desde el espacio vital del ya exalcalde; la misma composición, las mismas pistas de una reciente mudanza, pero por si el espectador no se da cuenta, Parisier nos lo repite durante la conversación; es decir, los escasos momentos en que el director puede hablar sin sonido, no se contenta con la insinuación y ha de insistir en la palabra, quizás porque es consciente de que en su película, si no hubiera palabra, y dos estupendas interpretaciones que saben usarla sin parecer un discurso aprendido ni artificial, el resultado sería muy mediocre.

























Alice Heimann ha vuelto a Lyon, después de años de formación y trabajo mal pagado, ha aceptado un puesto en el Ayuntamiento que, al incorporarse para su desempeño, ha sido suprimido. Para salir del paso, la jefa de gabinete le encarga confeccionar notas para el alcalde, una especie de reflexiones genéricas sobre temas de interés que puedan inspirar al político en su quehacer diario. Escéptica y desilusionada empieza su labor con una primera composición sobre la modestia. No es absurda la referencia porque lo que primero llama la atención es el exceso que rodea a ese alcalde que se mueve como un presidente de la República en su reino urbano. La nota produce una conmoción por su franqueza y libertad, no porque se acepte o haga pensar sobre uno mismo y la falta de modestia que se transmite, sino por excitar la curiosidad de ese alcalde, anclado en el poder desde hace muchos años y que siente que ha perdido su antigua capacidad de generar ideas (¿qué entiende por idea? le pregunta Alice a Mr. Théraneau cuando le confiesa su falta de imaginación, contraponiendo ya, desde un principio, lo que es la idea para un filósofo y la idea (a veces ocurrencia) para un político), iniciándose el evidente y progresivo contacto personal entre el político que ve declinar su chispa y la joven asesora, estableciéndose una dependencia mutua no siempre positiva para ambos, provocada por algo que el alcalde echa de menos, franqueza y oposición acostumbrado a nadar entre fieles y protectores consejeros aúlicos.



El núcleo esencial de la propuesta de Parisier, más allá de que los secundarios no acompañen el buen dibujo de los dos personajes principales, convertidos aquellos en meras comparsas o estereotipos de burócratas, trepas, inútiles confeccionadores de slogans, mediocres calculadores del aumento o descenso de votos en función de lo arriesgado o conservador de una declaración; se sitúa en una fina disección de lo que no puede ser un alcalde, en este caso, o un dirigente de izquierdas si no quiere confundir su discurso, su ideario y su plan de futuro con el diseñado por la derecha económica y el capitalismo. Aquí si que Parisier ayuda a Alice, contratada obviamente por su perfil de izquierdas, con dos personajes masculinos que, aunque brevemente, y con un poso de relación pasada y de relación sentimental futura, aportan ideas y reflexiones que ninguno de los múltiples integrantes del coro adulador del alcalde es capaz de decir ante él, salvo Alice, o lo que es peor, resultan incapaces de pensarlo. Alice, cuya habilidad no es la de la palabra inmediata, la respuesta ágil y contundente, sino la de la reflexión metódica y basada en los referentes del pensamiento de izquierdas, sitúa a su jefe, más allá de las componentes personales de la vida de cada uno, ante una tesitura que no se quiere aceptar. Una cosa es ser, o sentirse de izquierdas, y otra es actuar desde la izquierda y para conseguir una sociedad de izquierdas. La corte que acompaña a Théraneau es idéntica a la de cualquier político de derechas, el alcalde lo intuye, pero es incapaz de girar el rumbo porque él también está atrapado en esa idea del crecimiento continuo y constante, el económico, obviamente, no el personal.
























Parisier construye muy bien a su pareja protagonista, de ahí que lo que les rodea termine resultando superfluo. Oyendo, mirando, observando el comportamiento de ambos sabemos que los dos están insatisfechos con muchas decisiones de su vida personal, para el más maduro porque le ha demostrado su incapacidad para relacionarse y ahora comprueba que, detrás de sus discursos, no hay mucho más que un vacío lleno de palabras. Para la joven porque siente ese peso de años de preparación académica que no llevan a ningún sitio mientras la vida pasa y no se disfruta ni se sabe muy bien cómo. Parisier confronta al político con seguir en el pragmatismo o apostar por el idealismo. Le invita, a través de Alice, a leer y comprender que un discurso ha de venir acompañado de una base intelectual que solidifique los objetivos. Por eso resulta importante asistir a la elaboración de ese "gran discurso" o que va a conseguir remover las conciencias aletargadas del aburguesado socialismo francés (y mundial) para crear una nueva esperanza en un resurgimiento de una izquierda inexistente. Que sea un socialista francés el leit motiv de la película no deja de ser una ironía del director, ¿dónde han quedado las bases de ese partido?, ¿dónde sus ideales? . Alice le lanza la idea de cómo es posible que esos dirigentes, esos padres que, desde la izquierda, mandaban a sus hijos a las universidades elitistas que formaban ingenieros, médicos, jueces, políticos para servir al país con ideas de progreso social hayan producido, en las últimas décadas, solamente banqueros con ideas de progreso personal. Ese discurso revolucionario, agresivo, forma parte del final climático de la película y no revelaré la conclusión que, en parte, es la más coherente con lo que se va viendo durante la película. Entre Le Pen y Melanchon debería haber otras soluciones, la derecha francesa las encontró, los socialistas no (y mutatis mutandis aquí, por mucho que algunos lo crean, tampoco).




ALICE ET LE MAIRE. Título en España: Los consejos de Alice. Francia. 2018. DIRECTOR y GUIÓN: Nicolas Pariser. MÚSICA: Benjamin Esdraffo. FOTOGRAFÍA: Sébastien Buchmann. MONTAJE: Christel Dewynter. INTÉRPRETES: Fabrice Luchini, Anaïs Demoustier, Nora Hamzawi, Léonie Simaga, Antoine Reinartz, Maud Wyler, Alexandre Steiger. SONIDO: Daniel Sobrino. PRODUCTOR: Emmanuel Agneray. PRODUCCIÓN: Bizibi / Scope Picture. COPRODUCCIÓN:  Arte France CinémaAuvergne-Rhône-Alpes CinémaLes Films du 10105 minutos


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