martes, 17 de marzo de 2020

LOST HORIZON (Frank Capra, 1937)


Si los sueños se hicieran realidad, ese podría ser uno de los subtítulos de "Lost horizon", como interpretarla como un intento de sincretismo religioso entre el budismo y el cristianismo, o el del mensaje pacifista en tiempos en los que la segunda guerra mundial estaba llamando a las puertas de Europa y ya había dado muestras de lo que iba a suceder en Asia con el afán imperialista y supremacista de Japón invadiendo parcialmente China. No se afirma en la película, pero ese inicio caótico en un aeropuerto perdido de una ciudad  innombrada podría corresponder a la invasión japonesa y anexión de Manchuria, o a la guerra civil que enfrentó en China al bando oficial con el del partido comunista chino y concluyó con la larga marcha. Es un punto de partida aprovechado para filmar alrededor de 20 minutos vibrantes, con un punto de vista muy poco humanista para el tenor siguiente de la película, donde sobresale la primacía del hombre blanco sobre cualquier otra raza. Un grupo de residentes occidentales es evacuado de la zona china de conflicto gracias al control y coordinación del diplomático británico Robert Conway (Ronald Colman) y su hermano Georges (John Howard), no escatimando medios para evitar que cualquier británico pueda quedar a expensas de una masacre y resultando indiferentes al destino que puedan sufrir los centenares de chinos que ansían encontrar un pasaje de salida del infierno, a los que, literalmente, se empuja a la desesperación.

Ese inicio, ese despegue bajo las balas al elevarse el último de los aparatos, la sensación de deber cumplido en el último minuto unida al sinsabor provocado por la inextinguible llama de la guerra y el odio, parece anunciar una película de aventuras y frenético desarrollo que, sin embargo, en manos de Capra, ralentiza su ritmo, introduce la intriga y aporta el tono sosegado necesario para que, tras la tormenta, llegue la calma de la manera más insospechada. Ese inicio (milimétricamente calcado por Spielberg en una de sus entregas del personaje Indiana Jones) introduce el misterio cuando el grupo de últimos rescatados se da cuenta de que el piloto del avión no es quien debería, y su viaje sigue sin rumbo hacia lo desconocido, adentrándose en las altas cumbres del Himalaya después de un repostaje en mitad de la llanura donde una tribu ¿de mongoles? aprovisiona el avión a cambio de bolsas de oro. Siendo la parte de la película más dinámica también es la que entra en mayores contradicciones con el mensaje que se quiere transmitir posteriormente y con el carácter de los nuevos personajes que van a aparecer una vez que el avión realice un desafortunado aterrizaje en medio de la nieve. La violencia del secuestro, incluida la eliminación del piloto del avión que debería trasladar a Shangai a los rescatados, para coger un crucero rumbo a Londres, choca con el mensaje pacifista posterior, pero Capra confía en que el espectador no va a reparar en ello casi dos horas después y solamente querrá recordar el final y no el principio de la historia.
Nada de lo que sucede desde que Conway monta en ese avión lleno de comodidades es fortuito, no lo será el destino del vuelo, no lo será que se pague con oro el repostaje, ni el aterrizaje que parece un accidente ocurre en un lugar diferente al determinado. Tampoco será fortuito ni una casualidad el rescate. Los viajeros así lo habrán podido entender en un primer momento, pero cuando son trasladados, tras una penosa caminata, al interior del valle de Shangri-La, empiezan a sospechar, no sin razón, que su llegada, y más precisamente la de Conway a ese lugar encierra un objetivo aún oculto,  en el que Georges, Lovett (Edward Everett), Barnard (Thomas Mitchell) y Gloria (Isabel Jewell) son meras piezas accesorias que se encontraban en el lugar equivocado en el momento justo. La comunidad dirigida por Chang (H.B.Warner) bajo las directrices del Gran Lama (Sam Jaffe) quería contar con la presencia de Conway. En un mundo vociferante, agresivo, violento, sus mensajes pacifistas y humanistas publicados en la prensa y en libros han atraído la atención de los dirigentes de Shangri-la. Esa mezcla de soldado-diplomático que siempre intenta que las armas no sean argumento de uso para conseguir los objetivos han sido el reclamo, y el espacio de la primavera perpetua, de las montañas de oro, días soleados, animales confiados, seres sonrientes, trabajadores contentos, vidas confortables y respeto mutuo han convertido a Sangri-la en el territorio de la vida eterna, la fuente de la eterna juventud, un lugar donde se trabaja pero donde la violencia y el estrés han desaparecido de la vida cotidiana porque nadie necesita más de lo que tiene, donde las enfermedades se erradican con el contacto con la naturaleza, donde las almas más materialistas pueden ir corrigiendo su avaricia surgiendo la necesidad de dedicar tiempo a la comunidad (como les ocurre a los dos personajes que dotan de cierto sentido humorístico al relato, Everett y Mitchell).


Obviamente el personaje de Conway es el de mayor complejidad. Parecería un "iniciado" llamado a la sede del grupo para culminar su preparación y educación mística. Su llegada a la ciudad misteriosa es filmada por Capra como un "flechazo amoroso", árboles, plantas, animales, personas, se miran con envidia, con asombro ante esa tranquilidad y paz que se respira. Por si fuera insuficiente, surge la atracción física inmediata hacia Sondra (Jane Wyatt). Conway empieza un camino, que el ignora, de perfección. Se podría interpretar su estancia en Shangri-la como un proceso de nirvana mundano ideado por un tercero y por el que demostrará, a ojos de quien todavía no le va a recibir, si es digno o no del futuro que le ha sido predeterminado, si culminará su ascensión en solitario hacia la perfección. Esa idea de la reencarnación, de la predestinación, del "karma", palabras que nunca son pronunciadas, flota en el ambiente en cada una de las sucesivas fases por las que va transitando el personaje, partiendo de una idea propia de paz y amor general que se va puliendo durante los meses de estancia en el valle. Obviamente la película mantiene esa idea de predominio occidental sobre el indígena. La comunidad es dirigida por el Gran Lama, que no es sino un misionero belga llegado 200 años antes a la zona y que advirtió la posibilidad de crear esta especie de falansterio para propagar un mensaje de concordia entre los elegidos. Conway, otro occidental, ha sido el escogido para sucederle, para asumir el liderazgo de una comunidad cuyo líder entiende que su tiempo en este mundo ha concluído y prefiere apagarse entregando el testigo a una persona digna de asumir la tarea.

Una película sin conflicto se atrancaría en la autocomplacencia y en la reiteración del mensaje sin cuestionamiento. Para que "Lost horizon" evolucione hace falta humanidad contraria a la de Conway, hace falta ambición, pasión, incluso irracionalidad. Georges, el hermano de Conway, representa la impulsividad, la libertad extrema. Su sensación de secuestro no se mitiga por el hecho de encontrarse en un espacio privilegiado. La "jaula de oro" en la que vive no satisface su idea de futuro. Volver a la metrópoli y disfrutar del reconocimiento social como héroe vale más que toda esperanza de vida longeva y sin preocupaciones. "Horizonte perdido" tiene una de las escenas que más me impactaron de niño, y si se quiere, uno de los finales más precipitados de las grandes películas de la historia del cine, porque tras dos horas, todo concluye en apenas diez minutos. La marcha de los hermanos y de la novia de Georges, intentando abandonar el valle y regresar a la civilización conocida tiene un punto de inflexión anunciado. Los efectos de la bonanza del lugar desaparecen si éste se abandona, la juventud eterna desaparece y vuelve la edad verdadera. La imagen momificada de la joven tras atravesar las ventiscas y desfiladeros se me quedó grabada en la retina y por eso esta película me produce la atracción de las grandes hazañas y los grandes propósitos y la incomodidad de un lugar extraño y hasta mefistofélico con buenas intenciones pero de resultados inciertos. En todo caso, no es de extrañar que Conway, a punto de regresar a Londres, se escape del control del cónsul británico en Singapur y retome el camino de vuelta a Shangrila y a Sondra culminando esa escalada personal, ese camino de ascensión constante hacia la meta, que reflejado físicamente enlas duras pendientes del Himalaya es más un camino espiritual que otra cosa, porque ¿quién puede resistirse a los sueños hechos realidad?


Título: Horizontes perdidos. Título original: Lost Horizon. Estados Unidos. 1937. Director: Frank Capra. Intérpretes: Ronald Colman, Jane Wyatt, Edward Everett Horton, Thomas Mitchell, Isabel Jewell, H.B.Warne. Distribuidora: Columbia Picture. Productora: Columbia Pictures Corporation.Compositor de la música original: Dimitri Tiomkin. Decoración: Babs Johnstone. Dirección de arte: Stephen Goosson. Director de fotografía: Joseph Walker. Diseño de vestuario: Ernest Dryden. Guión: Robert Riskin, Sidney Buchman. Montador: Gene Havlick, Gene Milford. Novela: James Hilton. Producción: Frank Capra. 132 minutos. 

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