miércoles, 19 de febrero de 2020

SINÓNIMOS (Nadav Lapid, 2019)


Yoav (impecable presentación de Tom Mercier como actor cinematográfico en "Synonymes") camina nervioso, mochila a la espalda, por las calles de París. Se dirige a un piso vacío del centro que alguien le ha prestado para pasar la noche, saca una llave de debajo de la alfombra de la escalera y llega a ese nuevo refugio provisional. Aún no sabemos nada de él, tras pasar una noche durmiendo en el suelo dentro de un saco, tras ducharse para entrar en calor descubre, aterrado, que alguien ha aprovechado la circunstancia para sustraerle todas sus pertenencias. Desubicado, acelerado, bloqueado por la realidad, corre de un lado para otro del inmenso piso, sale a la escalera, golpea las puertas de vecinos pidiendo ayuda mientras siente que se congela de frío. Su única alternativa es meterse en la ducha e intentar calentarse con el fino hilo de agua caliente que sale del grifo, hasta perder el sentido consecuencia de la hipotermia. Dos vecinos, Emile (Quentin Dolmaire) y Caroline (Louise Chevillote), intrigados por las voces, se asoman al interior de ese piso y descubren al joven desvanecido y congelado. Sacado de la bañera y llevado a su casa, es introducido en su cama, frotado, calentado, agitado para que la circulación reactive sus sentidos. Yoav despierta, su primera visión es la pareja salvadora. Yoav ha vuelto a nacer, acabamos de asistir a una de las primeras y excepcionales metáforas de la película. Pretendiendo renunciar a su pasado, a Israel y su familia, Yoav se ha desprendido de todo lo que le vinculaba con su vida anterior y acaba de volver al mundo, desnudo y sin pertenencias. Si algo puede parecerse más a empezar de cero es la nueva vida parisina que se avecina a Yoav.


"Sinónimos", nueva película de Lapid (tras las sobresalientes "Policeman" crítica y "La profesora de parvulario" crítica y el no menos intrigante mediometraje "Diario de un fotógrafo de bodas" crítica), demuestra la importancia del lenguaje, su fortaleza como arma de manipulación, la indisociable unión entre palabra y poder. El sinónimo necesita de otro para alcanzar su pleno significado, son parecidos, pero no son lo mismo, pueden intercambiarse, pero cada uno tiene entidad propia. Yoav busca su propio sinónimo vagando por las calles de París, intenta recrearse a partir de cero para borrar de su pasado la pertenencia a un grupo, a una familia, a un estado que se le ha hecho detestable. Nada mejor que mitificar lo desconocido para rehusar lo más cercano. "Huí de un estado cruel, obsceno, ignorante, idiota, sórdido, fétido, grosero, abominable, odioso, lamentable, repugnante, detestable, imbécil, estrecho, mentecato, mezquino" le dice a Emile cuando está iniciándose el acercamiento a esa joven pareja que, más como pasatiempo que por verdadero interés, salva al judío errante proporcionándole lo básico para subsistir en París. "Ningún país es todo eso a la vez, elige", le contesta ese proyecto de amigo con aspiraciones de escritor. Es el primer aviso, recién aterrizado en París, de que por mucho que utilices la palabra para desmontar tus estructuras mentales buscando un sinónimo que te convenza más, es posible que en el pais escogido vuelvas a sentir las mismas sensaciones que te pusieron en el camino de salida para romper con todo lo anterior.



Lapid sitúa a su personaje (una especie de sinónimo de sí mismo, pues en la ficción hay un germen de autorrealidad con una experiencia propia finalizado el servicio militar en Israel) en el borde del colapso permanente por agotamiento. Un nerviosismo no exento de paroxismo en el que el torrente verbal que brota de su boca no siempre tiene una conexión con la realidad. Yoav deambula por las calles, o se mueve como una fiera de zoológico en los estrechos márgenes de su buhardilla, como si el movimiento fuera el motor que hace brotar su discurso, y si ese movimiento desaparece, la vitalidad huye con él. Pertrechado con un abrigo mostaza y un diccionario, su día a día trata de absorber la esencia de París para convertirse en francés, por eso su mirada rehúye el símbolo, se mantiene, como en la primera escena, mirando hacia abajo, hacia el asfalto, sin admirar el urbanismo de Haussman, los puentes del Sena o Notre Dâme; que el envoltorio de celofán no le desvíe la mirada objetiva y precisa de aquello que, en un principio, le interesa de verdad, hacerse de nuevo y con un nuevo origen y raíces aspirando, como si fuera una raíz, la esencia de su hogar de acogida sin deslumbrarse por el lujo y el esplendor como cualquier turista. Por eso cede sus palabras, las historias que Emile no consigue inventar surgen de la boca de Yoav como un torrente. Son las historias de su pasado israelí, las que no quiere conservar, las que le han hecho repudiar aquello de donde viene. Cediendo las historias se desprende de su pasado para enfrentarse en blanco hacia su futuro. De ahí que cuando reclama la devolución metafórica de sus historias se está reconociendo la derrota, que la realidad es más pertinaz que la búsqueda de un sinónimo redentor, es la asunción de que lo que no gusta no puede borrarse, puede combatirse, pero no eliminarse de lo que uno es.

Las puertas que Yoav consigue que se le abran en sus primeras semanas en París progresivamente se van cerrando. La relación triangular con la pareja parisina (tan garreliana ella pero sin horizontes de ruptura ni crisis más que la del aburrimiento burgués y enriquecido), el trabajo en la embajada israelí, sus relaciones con estrambóticos y paranoicos personajes procedentes de los servicios secretos, su intento de naturalización, van cerrando la puerta al deseo de un sueño y dejando paso a la realidad de lo que le anunció Emile, que ningún país es tantas cosas negativas a la vez ni ninguno es tan extremadamente positivo como Yoav imaginaba. La confesionalidad, el militarismo, la segregación racial que sobrevuela parte de su rechazo a Israel, y por extensión a su propia familia, empieza a hacer tambalear su idílica concepción de Francia. La escena de las clases de ciudadanía son un ejemplo claro de cómo un estado puede volverse doctrinario, cómo un himno símbolo de libertad puede traducirse en un ejemplo de exterminio y eliminación del opositor, cómo el militarismo israelí se da la mano con la militarización de las calles parisinas. Por eso Yoav, que tanto ha tardado en mirar hacia arriba en una ciudad donde la vista no es capaz de abarcar tanto escaparate de belleza, terminará por apuntar, simbólicamente, con sus brazos, a las torres de Notre Dame cuando empieza a comprender que no va a ser fácil ser acogido como un francés más y cuando empieza a percibir signos similares, sinónimos, de decepción moral y social en el país escogido. Yoav encontró las puertas abiertas a su llegada, aunque fueran puertas que conducían a una soledad constante, por eso la metáfora final no puede ser más definitiva, terminará empujando a cabezazos la puerta que ya no se le abre, y eso que sólo quería despedirse para regresar de vuelta a sus inicios y comprendiendo que el mundo se mueve entre sinónimos.

SINÓNIMOS. Synonymes. Francia-Israel. 2019. 120 min. Dirección: Nadav Lapid. Guión: Nadav Lapid, Haim Lapid. Fotografía: Shai Goldman. Intérpretes: Tom Mercier, Quentin Dolmaire, Louise Chevillotte. Productores. Saïd Ben Saïd, Michael Merkt. Montaje: Era Lapid. Compañías Productoras: SBS Producciones, Komplizen Film, Pie Film.Departamento musical: Elise Luguern. Dirección Arte: Thomas Laporte

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