jueves, 6 de febrero de 2020

GIRAFFE (Anna Sofie Hartmann, 2019)



Desarraigos físicos y emocionales consecuencia, indirecta, de la construcción de un túnel que unirá Alemania con Dinamarca. Nada más apropiado para hablar de ese desarraigo, de esa pérdida de identidad, de ese extrañamiento provocado, irónicamente, por una obra destinada a unir, a comunicar, que un primer plano de una jirafa que nos mira desde las instalaciones de un zoo danés. Un ser vivo que, contra su voluntad, aparece en una reproducción, más o menos conseguida, de su hábitat, a miles de kilómetros de distancia sin libertad para moverse. La jirafa del título se convierte en símbolo de esa distancia no medible, muchas veces pequeña en kilómetros, pero enorme en efectos, por los que una persona, o como en este caso, un grupo de personas tratadas individualmente, sienten que no pertenecen al lugar donde se encuentran, pero que, en ese ínterin de diáspora, están dejando de pertenecer a cualquier otro. Lolland, isla situada al sur de Copenhague, es el espacio físico en el que coinciden en el tiempo los obreros que colaboran en la construcción del túnel, la antropóloga que clasifica, ordena, recopila información sobre los antiguos habitantes de las granjas que van a ser demolidas y expropiadas para hacer la carretera, y la trabajadora del ferry que une Alemania y Dinamarca hasta que se construya ese nuevo nudo de comunicaciones. Lolland es un lugar en mutación, pero a Hartmann no le interesan en especial esos habitantes obligados a desarraigarse, salvo en un par de escenas muy concretas y hasta emotivas, sino que lo hace por los ocasionales espectadores del cambio que están sintiendo otro tipo de desarraigo interior provocado por haber sido sacados de su entorno, como la jirafa. 



Hartmann, con un estilo frío y objetivo, cercano al trabajo de campo del papel que interpreta Lisa Loven (conocida por su papel en Fuerza Mayor de Ostlund), y a modo de diario, como el que lleva el personaje y que termina reflejando la ausencia de vida recordable, sigue a sus personajes en su ficción de supervivencia ante un mundo que se resquebraja, intentando crear unas raíces provisionales mientras desarrollen su trabajo en Dinamarca. La joven investigadora chatea con su pareja en Berlín, el obrero polaco se comunica con su novia, la empleada de la naviera mantiene su mirada perdida y ausente carente de referentes personales, pero todos ellos sienten que Dinamarca no es su sitio, de la misma manera que los habitantes obligados a dejar su región tratan de acomodarse a una realidad inevitable mientras los recuerdos se agolpan y surge el miedo a una novedad impuesta. En ese cúmulo de soledades temporales no es extraño que surjan familias de complacencia, astutos autoengaños que faciliten la travesía mientras nada recupere su normalidad. Paréntesis amorosos o reuniones sociales donde un idioma común, ajeno al materno, permite una comunicación sin compromisos a la espera de una vuelta, no del todo cómoda, al lugar de donde realmente se es.





Hartmann, entre paisajes industriales y portuarios, infraestructuras en construcción y habitantes que se despiden de un modo de vida, introduce, y me parece fundamental en el diseño de la película, el retrato fílmico de esos espacios abandonados que concluye con esa última visita en la que, tras el análisis y catalogación de lo observado, se etiqueta el dossier con un “apto para la demolición”, tan rotundo como abstracto, pues tanto sirve para los viejos edificios como para los protagonistas de la película. Varados en tierra de nadie, los sinsabores de la estancia parecen utilizarse como potenciadores de la nostalgia y la soledad. Mientras fijamos la mirada en esas habitaciones cubiertas de polvo, con ventanas arrancadas, restos de muebles tirados por el suelo, viejos enseres propios de un vertedero, pero de los que se desprende el halo de un hogar, de un lugar confortable que invita a sentarse y reflexionar ante el débil sol del verano nórdico, la conexión de las imágenes me transporta a “Columbus” de Kogonada. Conexión inmediata, y hasta inexplicable, cuando nada parece unir espacios arquitectónicos de sublime composición, pero asépticos, con arquitectura popular tendente a prestar servicio diario y en estado de descomposición, pero en ambas películas la arquitectura pretende crear memoria, una memoria preservada a golpe de interés artístico en una y en la otra, ante la amenaza de su desaparición, creando una conservación ficticia mediante archivos y expedientes en un almacén que guardará el pasado de Lolland y de sus habitantes inencontrables.



Sugerentes imágenes de la cotidianeidad del paisaje urbano unidas al taciturno deambular de las personas que los transitan; daneses que viven en Alemania, polacos que trabajan en Dinamarca, daneses que no están ni en un lado ni en otro porque su espacio diario es el del ferry que atraviesa las aguas de ambos países. Extrañados y ausentes, contemplan el horizonte con la mirada perdida de quien no sabe si está aquí o se le espera allá. Miran como nos mira la jirafa de la primera escena, segura de que nada es directamente hostil, pero que todo es artificialmente hogareño, sin alma propia.



GIRAFFE. Dinamarca, Alemania. 2019. Dirección y guión: Anna Sofie Hartmann.  Intérpretes: Lisa Loven KongsliJakub GierszałMaren Eggert. Productores: Jonas Dornbach, Maren Ade, Janine Jackowski. Co-productores: Ditte Milsted, Jacob Jarek, Caroline Schlüter Bingestam. Fotografía: Jenny Lou Ziegel. Diseño de producción: Karin Betzler. Sonido: Oliver Göbel. Montaje: Sofie Steenberger. Compañía productora: Komplizen Film en coproducción con: Profile Pictures. 87 minutos.


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