lunes, 27 de enero de 2020

M (Yolande Zauberman, 2018)


La primera escena de "M", de Yolande Zauberman, nos situa en las playas de Tel Aviv mientras un desconocido se coloca ante la cámara, con la imagen poco precisa que producen las lentes no preparadas para rodar de noche, y mirándonos, comienza a cantar algo que identificamos directamente como religioso, pero que, también, podría tener un significado íntimo para este hombre. "M" pronto va a desvelar su propósito inicial, y digo inicial porque el trascurso de los días que acompañamos a Menachem van a hacer de la película algo muy distinto a lo que su presentación anuncia. "M" puede ser la inicial del nombre de esta persona que nos canta en la primera escena de la película pero que, inmediatamente después, va a narrar una verdadera historia de terror infantil que une la inicial del título con el clásico de Fritz Lang, aquella "M" con la que los delincuentes de Berlín marcaron a Peter Lorre cuando fue identificado como el secuestrador, violador y asesino de niños en pleno auge del nazismo. La infancia y adolescencia de Menachen están llenas de recuerdos traumáticos y dolorosos como víctima que fue de constantes abusos y violaciones por parte de su rabino en las instalaciones de la sinagoga donde estudiaba en la ciudad de Beni Brak, una especie de guetto voluntario donde los ultraortodoxos judíos tienen su capital, a escasos kilómetros de Tel Aviv. Una ciudad que parece sacada del pasado, separada de la modernidad por un abismo marcado por siglos de tradición inamovible. La ciudad y su comunidad funcionan como un espacio cerrado del que es muy dificil huir incluso cuando la has abandonado.

Lo que Zauberman presenta como un relato de horror se transforma en una catarata de testimonios de personas anónimas, que de cara, o pidiendo no ser reconocidos, van acercándose a Menachen mientras la directora filma, y cuentan sus propias experiencias en el mismo sentido que el protagonista. Lo que parecía ser una circunstancia personal que provocó su fuga del hogar paterno, al que hace una década que no vuelve, al sentirse señalado como culpable de su propia explotación, se transforma en un testimonio social de una cierta tolerancia institucional hacia el abuso de menores dentro de un mundo donde los sexos no conviven, donde la sexualidad se orienta exclusivamente a la reproducción, y donde todo es tentación y pecado. Zauberman, como Menachen, va cayendo en la red que poco a poco les envuelve, y partiendo ambos de un rechazo hacia lo que el integrismo ultraortodoxo supone de control de la libertad individual en todos los aspectos, de un intento de denuncia de aquello que se tolera para no debilitar la idea de un judaísmo puro y fiel a la tradición, termina convirtiéndose, por el retomado contacto con ese mundo del que ambos se han separado, una empatía progresiva hacia el grupo, el colectivo. La idea de un origen, de una identidad, de un mundo común va adueñándose del relato hasta aparcar el núcleo central del abuso sexual de menores adentrándose en la psicología hermética de este grupo humano que, sorprendentemente, se deja filmar por una mujer.

“Estoy entre mis semejantes con un cuchillo para agredirlos, estoy entre mis semejantes con un cuchillo para protegerlos. Este es mi cuchillo” es una frase de Kafka que la directora adapta y utiliza al final de la película para dejar constancia de su relación con este mundo, que en el fondo es la del propio Menachen. Esa progresiva equidistancia de la película, esa crítica que se va diluyendo, como la distancia del propio Menachen, puede ser su peligro, pero también reafirma su interés, atracción y rechazo por partes iguales. Cómo partiendo de hechos tan deleznables, el abusado y la directora consiguen entrar a participar de la liturgia diaria puede ser producto de una idea deliberada de guión o de una consecuencia imprevista, pero íntimamente deseada, para volver a los orígenes, sentirse parte de ese grupo pese a que su forma de entender las relaciones sexuales, las relaciones entre hombres y mujeres, la propia evolución del  mundo, se encuentre en las antípodas de las ideas del protagonista. 






Al ser admitidos como espectadores, y también partícipes, de las festividades religiosas exclusivamente masculinas, ese rechazo inicial al mal, al daño y dolor físico y emocional que persiste en la persona filmada, a quien la "M" también atañe como "maldito"; ambivalencia que tanto sirve para el acosador confinado en su casa sin perder la condición de rabino como para el menor transformando en objeto de deseo; se va difuminando por la atracción hacia un mundo conocido, un mundo que también aporta el recuerdo de una infancia con sus momentos de alegría. En el fondo el viaje de Menachem hacia este infierno particular busca un reencuentro con su cultura, con sus gentes conocidas en comportamientos y actitudes que nos aparecen remotas, para nosotros espectadores, se transforma en una especie de nebulosa, de adormidera programada para volver al lugar de donde nunca se ha querido huir, como si pesara más la necesidad de reafirmarse como parte de un grupo que como víctima del mismo. Menachem busca la excusa para volver a acercarse a su familia, y de paso a su clan, reconfortado por encontrarse con nuevas generaciones que mantienen ese jasidismo integrista respetando, al menos de palabra, la presencia del "impuro", y rechazando cualquier abuso sexual a menores; pero en los que por encima de todo, el sentido de grupo, de honor de  familia como clan religioso y la necesidad de preservar el buen nombre del judaísmo, parece primar sobre el interés social del castigo o del rechazo público al pederasta.








 

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