martes, 14 de enero de 2020

DERECHOS DEL HOMBRE (Juan Rodrigáñez, 2019)


En 2015, Juan Rodrigáñez, junto con un reducido grupo de actores y un mínimo equipo técnico, se aislaron en una finca extremeña para rodar, a partir de la más que aparente improvisación, "El complejo del dinero". De aquella experiencia y con aquel grupo, cuatro años después, se cambia Extremadura por una localidad de la provincia de Valladolid, San Román de Hornija, y aquella troupe multidisciplinar se transforma en "El gran circo indómito" para, a partir de la anécdota del estreno mundial de su nuevo espectáculo, «Derechos del hombre», del que asistimos a unos ensayos de puesta a punto de la representación, plantear una simbiosis imposible entre lo libertario en un espacio ultratradicional y lo creativo hasta el ridículo que hace de la experiencia algo tan sugerente como incalificable, tan atrayente como rechazable, tan fuera de norma que no puede normalizarse a partir de un texto mínimamente coherente (si es que yo fuera capaz de conseguir algo así por casualidad) y ello porque el material de partida; una amalgama de estilos, géneros, ambiciones y exposiciones, ni lo permiten ni uno está capacitado para juzgar lo que es capaz de elevarse hasta lo sublime y descender inmediatamente en picado hacia lo ridículo.
Es evidente que las palabras «el gran circo de lo indómito» y «derechos del hombre», aluden a trascendencia y seriedad, algo que desaparece en cuanto la troupe actúa ante nosotros ensayando, pergeñando, performatizando la idea generatriz de ese nuevo espectáculo. Una idea mutante, errática, dispersa, difusa, que alterna entre lo material y lo espiritual, entre lo objetivo y lo delirante. Un espectáculo que parecería a punto de estrenarse pero que, en realidad, apenas si tiene contenido que ofrecer a un público que permanece oculto, invisible, como la España en la que este circo melvilliano ha decidido mostrar su nueva obra. Si «El complejo del dinero» giraba alrededor de lo económico, sus lacras y sus efectos en las relaciones humanas, «Derechos del hombre» se acerca al ser humano como realidad creativa, individual o colectiva, pero con la eterna amenaza del bloqueo, ya sea por falta de ideas realizables o por una realidad mucho más tangible, la ausencia de capital que permita desarrollar el talento (muchas veces oculto) de las ideas que el grupo va verbalizando ante nuestros ojos.
Una película que puede empezar como un musical que hace de fanfarria de presentación del grupo de actores, tarareando el vals de Shostakovich; para pasar a presentar las especialidades de cada uno de los integrantes del grupo, desde la asombrosa mujer barbuda a la vidente adivinadora, del contorsionista equilibrista al músico pasando por el maestro de ceremonias dadaísta. Todo cabe, y hasta todo podría sobrar en la experiencia, pero el mecanismo utilizado ayuda a desvelar los entresijos de la creatividad artística, aunque ésta pueda reconducirse hasta un absurdo en el que, cualquier intento de comentario objetivo y de invitación al debate fuera del propio espectáculo termina siendo apropiado por los demás intérpretes como la aportación de una idea más para incorporar como número complementario al próximo estreno, o como una sugerencia para nuevos espectáculos posteriores, tal es la absorción mental en la que la troupe se mantiene haciendo de la vida una continua performande, conduciendo la situación hasta la parodia mediante la repetición constante del equívoco (posiblemente esa parte del diálogo de sordos alrededor de un negocio de compraventa de vehículos sea el mejor momento conjunto de todo el espectáculo). 

Y donde la película me convence más no es en el germen y exposición creativa del grupo de performers varados en tierra de nadie, formando parte de un paisaje reseco y de adobe abandonado, donde esa carpa circense en medio de una era conduce siempre a la idea de soledad, tristeza, resignación (quizás como hilo conductor que paga así la deuda con el origen del nombre de la compañía, sacado del relato "Billy Budd" de Herman Melville), sino en la conexión entre este grupo de perdedores llenos de entusiasmo, al menos mientras dure el dinero, con un paisaje igualmente devastado, el de esa Tierra de Campos donde el silencio de la tarde sólo es roto por el estridente aviso de la megafonía municipal anunciando la proximidad de la representación. Personas y territorio se unen en una denuncia silenciosa de fín, de agotamiento próximo en el que la deserción de cualquiera de los actores será la espoleta que acabe con lo indómito, una etapa intermedia condenada a un fracaso por ausencia de ideas y ausencia de público. Como le ocurre a todo este cine español condenado desde su inicio, desde la primera frase escrita del guión, a no encontrar su auditorio porque ya no hay más que carpas vacías en medio de la nada. Un cine creativo, libre, anarcoide, también criticable en el peor sentido de la palabra por su exceso, pero cuya voz está condenada al silencio, al peor silencio, el de la indiferencia por salirse de la norma, por romper el molde del conformismo. Sin riesgo no puede crearse arte nuevo, diferente será saber si el empeño recompensa el esfuerzo o no, pero no estamos sobrados de valentía en la creación como para despreciar algo por no entenderlo al completo pero que mantiene intacta su capacidad de hechizar por momentos.


DERECHOS DEL HOMBRE. España. 2019, Version original en español, inglés y alemán, Dirección: Juan Rodrigáñez. Guión: Juan Rodrigáñez, Eduard Mont de Palol. Fotografía: Roman Lechapelier. Montaje: Manuel Muñoz Rivas. Sonido: Nicolas Tsabertidis. Intérpretes: Lola Rubio, Katrin Memmer, Gianfranco Poddighe, Eduard Mont de Palol, Rafael Lamata, Jorge Dutor. Producción : Tajo abajo (Juan Rodrigáñez) Producción asociada Studio Indie (Rodrigo Ruiz Tarazona). 78 minutos.

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