miércoles, 15 de enero de 2020

1917 (Sam Mendes, 2019)



El vacío como elemento de trascendencia. A los pocos minutos de experiencia (eso que muchos dan en llamar cine inmersivo pero que más me parece cine sumergido), a partir de una pulcritud de uniformes y de rostros impropio de una zona de conflicto bélico como las trincheras del frente francés en la primera guerra mundial,  una larga hilera de terreno excavado de 800 kilómetros desde el mar hasta la frontera con Suiza, este espectador se pregunta sucesivamente, ¿para qué?, ¿por qué? ¿dónde vamos? ¿qué se quiere? Y la respuesta es tan categórica como determinante de mi juicio. El espectáculo por el mero espectáculo, da lo mismo el verismo o no de las situaciones, si hay acomodo o no a la realidad histórica y bélica, si es creíble que una misión de tanta importancia se deje en manos de un todo o nada, si en una guerra donde en las batallas de Verdún, Somme y Passchendaele murieron respectivamente 600.000, 1 millón y 700000 combatientes es creíble que un cuerpo de 1600 hombres se vaya a dedicar a perseguir al ejército alemán que sólo en la zona de Arras contaba con 500.000 efectivos. Da lo mismo que la película homenajee al abuelo del director, que fue quien le contó al director las hazañas bélicas que originan la película, pero que resulte que ese antepasado llegó al frente en octubre de 1917 cuando la acción se desarrolla en abril, coincidiendo con la operación Alberich, por la que los alemanes retrasaban sus posiciones a la conocida como línea Hindenburg para continuar las carnicerías. La historia se trasnforma en histeria para Mendes, y utiliza la realidad histórica para transformarla a su conveniencia en mero juego visual artificial.


¿Puede mantenerse una película dos horas sin guión? Pues aquí hay un ejemplo. Se dirá, "es la fuerza de la voluntad" trasladada a imágenes, "el relato de un héroe sacrificado por los demás", "el triunfo del tesón y el orgullo de la patria". Es curioso como Mendes omite cualquier referencia visual a banderas en un frente bélico tan estable como mortífero. Tan es así que hay que acudir al detalle para saber que los combatientes son británicos, aunque en ese frente el bando aliado contaba con 10 nacionalidades, y justo a primeros de abril los Estados Unidos declararon la guerra a Alemania después de meses de amagos y se incorporaron como undécima potencia aliada en el frente occidental. En este escenario de viaje a ninguna parte uno recuerda la nada disimulada cita que el coronel Dax le lanza al General Mireau en "Paths of glory" refiriéndose al político británico Samuel Johnson cuando el general mienta la patria como argumento para un ataque suicida que sólo beneficiará al general con un ascenso, y a riesgo de ser reemplazado Dax le recuerda a Mireau que la patria es el último refugio de los canallas, algo que Mendes, o desconoce, o no quiere reconocer.

Tan inane como inapetente es la apuesta de Mendes, seguramente porque el dúo Mendes-Wilson Cairns no puede  alcanzar las cotas de escritura cinematográfica del dúo Kubrick-Jim Thompson, referencia inexcusable y evidente cuando de cine bélico de la Gran Guerra se trata. No existe ni una sola razón colectiva, ni de fondo, que justifique el espléndido trabajo técnico, no por error de planteamiento o de desarrollo, sino por inexistencia de objetivo, como si el agotamiento del diseño de producción hubiera resultado suficiente para el equipo creativo de la película, y  Amblin y Dream Works hubieran visto de inmediato las posibilidades de rentabilidad en taquilla a base de imágenes impactantes, carruseles de encuentros bélicos desesperados y la constante bomba de relojería a punto de estallar si no se desactiva a tiempo, que es el macguffin utilizado para mantener el interés de cierto sector del público a lo largo de sus dos horas, pero es obvio que Mendes no es Hitchcock, ni su macguffin funciona como el de "Sabotaje", porque en la guerra no puede haber un final complaciente como el de este "1917".




Resulta tan irrelevante la anécdota de si el soldado británico cumpirá la  misión, tras ser convenientemente tiroteado varias veces sin que nadie alcance a darle, que el espectáculo transcurre ante nuestros ojos sin sentir la más mínima expresión de crítica hacia la guerra y sus artífices. Ni uno solo de los mandos que, puntualmente, en forma de cameos ridículos, se asoman a la narración, es blanco de ningún reproche por parte de Mendes, ni lo intenta ni lo pretende, como si todo fuera justificado por un bien común y superior que permanece convenientemente oculto para que la maquinaria no chirríe. Que la fotografía, o el envoltorio técnico pueda ser sobresaliente, no debe hacer olvidar que la película no transmite emoción, ni miedo, ni empatía, y todo lo positivo también contiene la trampa de buscar la respuesta sentimental forzada a base de una banda sonora musical impropia, vana, de violines in crescendo para, por si el espectador transita amodorrado por la pantalla, advertirle que llega un nuevo clímax.

 

Nuestro héroe no necesita brújula para moverse en un territorio desconocido, alterado por los bombardeos. Corriendo sin rumbo por la noche de iluminación impactante para ganar votos académicos entre las calles y casas derrumbadas de un pueblo nunca visitado jamás pierde la orientación, cae por un salto de agua y al salir del cauce sabe a qué orilla dirigirse sin dudar. Nunca desfallece, nunca ataca sin ser atacado, nunca aprovecha su situación de ventaja, nunca se extravía, sabe en qué punto justo de la trinchera tiene que saltar para llegar al búnker donde está la salvación de la mayoría de esos 1600 hombres, hace la guerra sin saltarse ni por un momento ni una sola de las reglas del juego limpio. Por el camino una columna mecanizada llega a un lugar solitario y nadie la oye, aparece una madre con un bebé a la que el soldado deja todas sus provisiones (provisiones que, pese a ser sepultado, caer al agua, tratarse de un viaje de horas, alimentarían a un pelotón durante días), se es humanitario con un enemigo y éste reacciona como los enemigos de cine, los mandos aparecen como humanistas en tiempos equivocados. Película engañosa como su falso rodaje en plano secuencia, tan perfecta en su forma como vacía en su objetivo. Si quieren unión de fondo y forma no lo duden, revean, o visiten por primera vez, "Herths of the world" de Griffith, "El gran desfile" de King Vidor, "Cuatro de infantería" de Pabst, "La gran ilusión" de Renoir, "Capitán Conan" de Tavernier, "Senderos de gloria" de Kubrick, "Sin novedad en el frente" de Milestone, incluso películas menores como "Gallipoli" de Weir tienen mucha mayor entidad argumental que algo tan frío y desconectado de la realidad como "1917", en el fondo el esquema de "1917" bebe directamente de los motivos de "Gallipoli" y "Salvar al soldado Ryan", que permanecen en la memoria por razones evidentes que no concurren en ésta última, que ambas tienen un guión. Para Mendes la primera guerra mundial la protagonizó Bond, James Bond.

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