jueves, 26 de diciembre de 2019

RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS (Céline Sciamma, 2019)

COMENTARIO SOBRE LA PELÍCULA EN LA REVISTA "LAS NUEVE MUSAS"








Mientras la barca que transporta a Marianne hacia su destino es agitada por las olas, la caja donde guarda sus lienzos y pinturas cae al agua.Antes de que cualquiera de los hombres que reman decidan qué hacer, o si van a hacer algo, Marianne se lanza vestida al mar para recuperar sus herramientas de trabajo. En esa primera escena de «Retrato de una mujer en llamas», Céline Sciamma enseña a las claras la personalidad independiente de la pintora y lanza su primer, rotundo y claro, mensaje.
Nada de mujeres sumisas y pendientes de la decisión de un hombre, como es habitual en el cine de Sciamma, es el momento de la historia propicio para que ellas asuman el peso del relato y se comporten como seres independientes. El personaje de Heloise funcionará como objeto de deseo y anclado en las convenciones sociales de la época, rebelde pero sometido. El personaje de Marianne es el germen de las modificaciones de la Ilustración, dispuesta a mantener su libertad por encima de todo. ¿No tienes que casarte?, será una de las primeras preguntas que el personaje interpretado por Adele Haenel realice a la pintora que representa Noémie Merlant (uno de los nuevos rostros del cine francés de este año) cuando empieza a crecer la confianza entre ambas. La respuesta negativa de la pintora no deja de ser el contrapunto a la situación en que se encuentra la joven del título, obligada a contraer matrimonio por sustitución con un desconocido milanés porque su hermana  decidió suicidarse antes que casarse por la fuerza.

 Estamos en la Francia prerrevolucionaria, en el departamento de Morbihan, con la península de Quiberon en el objetivo de la cineasta. Ese mar embravecido, esos farallones rocosos que invitan, como le ocurre a Heloise, a correr hacia el vacío en medio de la desesperación de ver anulada su voluntad por decisiones externas, homenajean a los anónimos héroes de Epstein, Gremillon, L,Herbier. Pioneros del cine francés que ya supieron valorar el potencial del paisaje y la naturaleza para construir sus historias. Sciamma se recrea en ese espacio exterior que rodea la mansión en cuyo interior, inicialmente a escondidas, y en secreto, Marianne intenta hacer el retrato del título como regalo que la madre de Heloise piensa enviar al futuro marido y, de paso, tranquilizar cualquier duda sobre la belleza de la sustituta, un encargo secreto que Marianne tardará en revelar a su modelo, porque la joven se ha negado a dejarse retratar por otros pintores para ser vista por el futuro marido. Pero si ese mar es parte del relato, es en los interiores donde Sciamma consigue toda su pulsión dramática haciendo de ese mundo femenino sin hombres, un lugar de claroscuros, sombras, telas que insinúan pero apenas muestran. Entre la insignificancia del ser humano comparado con la fuerza de las olas y la calidez de la intimidad progresiva, la directora va tejiendo una red de solidaridades femeninas (el guiño revolucionario presente en esa invocación a la solidaridad frente a la adversidad) ante la absoluta irrelevancia narrativa de los hombres, que apenas si aparecen al principio y al final de la historia como meros comparsas, un atrezzo que prejuzga desde una superioridad masculina atávica sin razón.
La obra reivindica la feminidad huyendo de la mirada del hombre. En manos de otro no se hubiera evitado la exposición del cuerpo de las actrices pensando más en el arquetipo del goce femenino lésbico para recreación visual del espectador masculino («La vida de Adéle» siempre en el recuerdo), pero aquí la historia va trenzando la intimidad de dos mujeres que cuentan con una aliada inesperada en sus silencios y en sus miradas, la criada, que a su vez aporta otro punto de vista complementario sobre la lucha contra las ataduras impuestas y las cargas soportadas por las mujeres por su condición de tales. Dado que la película bascula entre la pasión y la esperanza (rojo y verde son los colores de ambas protagonistas), la clave de fuga, para no limitar la historia a la mera pasión amorosa que desborda la contención de ambas, se encuentra en el personaje secundario de la clase social más baja, cuya aventura abortiva sirve de contrapunto solidario a las amantes. Con ese interludio que ocupa a las tres mujeres mientras la pasión de dos de ellas va desarrollándose, Sciamma consigue reforzar el rol femenino de sus protagonistas buscando salidas y escapes a quien puede ver comprometido su futuro en un mundo de hombres y trazando esos hilos invisibles que atraviesan y unen a cualquier clase social, porque lo importante es el género a proteger frente a la codicia del opuesto (la escena nocturna en la playa, estéticamente desbordante y discutible narrativamente por su excesivo subrayado, demuestra esa interconexión femenina).
 Y en el horizonte un cuadro que pretende recoger un instante, pero que no quiere usarse como si se tratara de una foto fija, sino proyectarse hacia el futuro como un recuerdo constante de un sentimiento perdurable. Un cuadro de encargo que sirve para penetrar en la mente de pintora y modelo, un cuadro destinado a perderse, a ser exhibido fracturando la intimidad de ambas mujeres pero que nadie será capaz de descifrar. Una película que juega con los espacios abiertos a la manera de Lean en «La hija de Ryan» y con los interiores y la sensibilidad a flor de piel de Scorsese en «La edad de la inocencia», pero cuyo trasfondo busca, sobre todo y ante todo, reivindicar a la mujer en general, aunque en esa Francia, y también en épocas no tan alejadas a la actual, las obras pictóricas de una mujer fueran percibidas como si las hubiera pintado un hombre y no una mujer ocultando su identidad. Una obra que se hermana, y no es dificil el paralelismo estético y hasta reivindicativo, con otra de las grandes del año, «La portuguesa», de Rita Azevedo, donde como en aquélla, la música evoca mayor información que la melódica, concluyendo en uno de los colofones más emotivos del presente cinematográfico, una despedida sin palabras, un reencuentro con otro cuadro que aporta la información necesaria para mantener el recuerdo vivo y una coincidencia en un mismo espacio sin llegar a comunicarse, donde la música de la tormenta de «El verano» de Vivaldi consigue diluirse en medio de la emoción que transmite el personaje de Adele Haenel, pasando del llanto contenido en público a la alegría del recuerdo amoroso inextinguible. Una escena que encumbra el mantenimiento de la brasa dispuesta a quemar por dentro a dos mujeres que recuerdan el poder y la fuerza de vivir en una llama constante.



RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS. (Portrait de la jeune fille en feu). Francia. 2019. Dirección y Guión: CÉLINE SCIAMMA. Producción: VERÓNIQUE CAYLA, BÉNÉDICTE COUVREUR. Fotografía: CLAIRE MATHON. Montaje: JULIEN LACHERAY. Música JEAN-BAPTISTE DE LAUBIER. Una producción de ARTE FRANCE CINÉMA, HOLD UP FILMS Y LILIES FILM. Intérpretes: NOÉMIE MERLANT, ADÈLE HAENEL,VALERIA GOLINO, LUÀNA BAJRAMI. 119 minutos


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