sábado, 28 de diciembre de 2019

LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS (Edgar Neville, 1944)

Aristocrático savant, Neville legó, se dice, su mayordomo a Fernando Fernán Gómez. El resto de su herencia cinematográfica ha quedado amnésicamente olvidada. John Hopewell, crítico británico.

Si Conan Doyle, o Leo Malet, hubieran vivido en Madrid, quizás sus historias londinenses o parisinas habrían sufrido esa transformación castiza, pueblerina, de una capital como la que Carrere dibujó en sus obras y Edgar Neville llevó al cine con "La torre de los siete jorobados", relato medio gótico medio popular donde a lo pintoresco del día a día de una capital con más ínfulas que cosmopolitismo, se le añade el elemento fantástico, el ultramundo y el submundo de un Madrid que, aparte de lo visible, esconde otras realidades más propias del relato criminal. La novela de la que surge la idea de la película es atribuido en exclusiva a Carrere, pero la verdad es que en el germen de la novela subyace un engaño digno de una biografía novelesca como la del escritor, mujeriego, bohemio, ocultista, aficionado al más allá. Engañando al editor presentó el relato como una novedad, cuando realmente era un remedo de un anterior cuento, "Un crimen inverosímil", hinchado con más páginas, incluso algunas en blanco camufladas entre las escritas para aumentar el volumen, por lo que aquél tuvo que recurrir a otro escritor de la época para que puliera los defectos y armara la novela incluyendo más pasajes, Jesús de Aragón, que se encargó prácticamente de toda la parte central del relato.

Peculiar también es la figura del propio Neville, noble, familia económicamente muy solvente, licenciado en derecho, diplomático de carrera cuyo destino en Estados Unidos como cónsul va a provocar su descubrimiento del mundo del cine en el Hollywood de la transición al sonoro. Contratado como adaptador de las versiones al mercado en español de las películas americanas, comienza a aprender el oficio cinematográfico, que como director en exclusiva le lleva, en 1935, regresado a España, a realizar su primer largometraje, "El malvado Carabel", al que siguió otro éxito, "La señorita de Trévelez". La guerra civil le situó, pese a su aparente liberalismo, en el bando golpista, aunque su cine huyó de la gesta patriótica y del revisionismo histórico glorificador del pasado del país (aunque rodara dos películas en la Italia fascista de corte claramente propagandístico, y "Correo de Indias", uno de esos dramas historicistas tan queridos por el régimen). Es en 1944 con "La torre de los siete jorobados" y en 1945 con "La vida en un hilo", cuando su creatividad visual alcanza su mayor esplendor, paralelamente a los mayores fracasos de taquilla y el rechazo del público. Apenas una semana aguantó en cartelera una película calificada de excéntrica en la época y separada de la reclamada glorificación nacional como "La torre de los siete jorobados", dando lugar a la polémica con la crítica oficial de la época, que es tanto como decir con la línea querida por el poder para domesticar y anestesiar a las masas de la posguerra, siendo ridiculizado su gusto por el sainete en vez de apostar por el cine llamado histórico.



Y sí, "La torre de los siete jorobados" tiene mucho de sainete, de chulapas y de manolos; de limpiabotas y serenos; de señoritos y de criados, pero es un ejemplo muy singular de tratar de introducir en el cine español la comedia mezclada con el fantástico, el efecto visual y la recreación de mundos escondidos ligados con la propia historia de España, inventando una ciudad judía en el subsuelo de la plaza de la Paja como recuerdo de una época de persecución y exterminio no muy alejada a la que sufrían muchos españoles en aquella época, pero con la inteligencia de adornar dicha ciudadela con un ejército de malvados, o quizás sea mejor decir, un ejército de despreciados dirigidos por un malvado, lo que permitiría descargar conciencias y dar por justificada esa necesidad de ocultación de quien hace el mal, al que hay que perseguir aunque sea adentrándose en mundos desconocidos. No cabe ser exigente con el guión cuando la propia novela de la que parte tuvo un origen tan poco ortodoxo. Las lagunas, las decisiones, las casualidades, los cambios, los olvidos; son tan evidentes como precipitada y fácil la conclusión, pero hay que regocijarse con el artefacto visual creado con una historia de intriga y misterio que justifica la maravillosa pervivencia de esta obra.

El tono evidentemente humorístico castizo de la primera parte de la película queda compensado con un tono burlón, onírico y satírico desde el momento en que aparece el elemento procedente del más allá, buscando ser vengado y, de paso, proteger a una indefensa mujer ignorante de la amenaza que la vigila (una novedad de la película frente al relato del libro). Basilio Beltrán (ingenuamente interpretado por Antonio Casal) aparenta el personaje calavera, noctámbulo y amante de las relaciones con mujeres de "moral distraída", como decía la obra de Carrere, quizás pensando el escritor en sí mismo al diseñar el personaje. El personaje, apurado por no tener dinero para pagar la cena a la que se ha comprometido con "La bella Medusa" y su madre, otros dos de esos personajes saineteros que inundan la obra, se nos presenta en un cabaret de la época pensando cómo conseguir el dinero con el que seducir a la artista de variedades. Es en esa búsqueda de dinero como Basilio irá a un casino que funciona como puerta a otra dimensión a través de un espejo de cuerpo entero que se utilizará como espacio por el que se aparecerá Robinson de Mantua (Félix de Pomés), elegante y enigmático fantasma que escoge a Basilio para que le ayude. Asesinado tras descubrir la ciudad judía oculta bajo el suelo de Madrid por el doctor Sabatino (Guillermo Marín) y su banda de jorobados (que buscan el tesoro oculto de los judíos perseguidos, ¿será el famoso oro de Moscú?), el arqueólogo asesinado manipula la ruleta para que Basilio gane una fortuna que le permita disfrutar de una larga noche de fiesta, dudando éste si esa aparición ha sido real o una imaginación propia. No resultará muy dificil convencer a Basilio de la existencia de fuerzas de otra dimensión para que acepte el encargo fantasmal, teniendo, a su vez, que convencer a Inés (Isabel de Pomés, una secundaria con la fortuna de aparecer en las más grandes películas del cines español de los 40), la sobrina del doctor arqueólogo, que la muerte de su tío no fue natural ni fruto de un accidente, sino un asesinato acompañado de la desaparición del compañero de investigación.
Porque en este relato fantástico se necesita la acomodación de la realidad al deseo de hacer progresar la acción, incluso a costa de cualquier verosimilitud. La forma en que Basilio vence resistencias personales o encuentra pistas para descubrir dónde está retenido, aunque él no lo sepa, Don Zacarías, y de paso conseguir la ayuda policial, rayan la ingenuidad, cuando no el desastre de escritura, pero todo ello queda perdonado cuando una escalera aparece en el interior de un baúl, un pasadizo se abre en una chimenea, un laberinto de corredores da lugar a una plaza de aspecto morisco con minaretes, ventanas ovaladas y estrechas escaleras pareciendo un zoco o una judería. Cómo no perdonar las soluciones fáciles ante un plano tan sorprendente como el de la famosa escalera de caracol suspendida sobre el vacío y pegada a la piedra de la pared que desciende hacia lo desconocido, de dimensiones que se antojan monumentales; cómo no sonreir con cierta condescendencia en la forma que todo se destruye cuando Sabatino, convencido definitivamente de que ni por hipnosis conseguirá el amor de Inés, vuela los túneles y destruye los accesos para impedir que la banda, y el tesoro, sean descubiertos. A veces parece que estuviéramos viendo a Lang pasando una temporada con el primo tonto del Dr. Mabuse (para sortear la censura el guión original dejaba claro que todo sucedía en un sueño de Basilio producto de los efectos de una noche larga, escena que Neville pudo suprimir de la película al no encontrar los obstáculos que presumía), o que Murnau o Wiene se hubieran pasado por los estudios para aconsejar la forma en que las sombras y los espacios podían ayudar a otorgar suspense y misterio a la trama. Porque quedando lejos el movimiento expresionista, ese Madrid nocturno y fantasmal sólo se diferencia de un pueblo de Sajonia temeroso de un asesino nocturno en que a una palmada aparece un sereno gallego para continuar aportando el toque zarzuelero al relato.
Si en Robinsón de Mantua se antoja la figura del hidalgo español, en Don Zacarías podría estar el germen del Doctor Tornasol de Tintín; y en los siete jorobados del título, que al ver la película realmente no sabemos cuántos son pero parecen incontables, más recuerdan al relato de Doyle (y a la tripulación que Wilder tan bien manejó en "La vida privada de Sherlock Holmes) que a una visión tétrica y delictiva de Blancanieves y los siete enanitos, con ese personaje del doctor Sabatino que, queriendo ser heredero de los antihéroes criminales del cine alemán más parece un antecesor del personaje de dibujos Gargamel. Estamos ante una rara, y gloriosa, aportación del cine español a un género poco frecuentado, el de los fantasmas y los espejos en el cine como puertas a dimensiones desconocidas, y ante un director escasamente reconocido por sus iguales y por la historiografía del régimen, que siempre dudó de sus servicios al decidir filmar por libre lo que más le importaba, como demuestra su último film, "Mi calle", recuerdo nostálgico, y marcado por su propia biografía, de los años de infancia y juventud, una visión alrededor de la calle de Trujillos, que, como casi todo su cine, se refiere a un Madrid anterior a la guerra civil, como si en el recuerdo de este trágico episodio y sus consecuencias posteriores, Neville no encontrara inspiración, y sí la pérdida de un mundo de ensoñación, de saludos por la calle, de vecindario con relaciones fraternales no exentas de cotilleo y mala baba, como si el régimen hubiera traído la semilla del mal y de la inquina al interior de la institución más respetada, la familia.







Título: La torre de los siete jorobados. España. Director: Edgar Neville. Guión: José Santugini y Edgar Neville en base a la novela de Emilio Carrere. Producción: Luis Judez y Germán López. Fotografía: Enrique Berreyre. Intérpretes Antonio Casal (Basilio Beltrán), Isabel de Pomés (Inés), Julia Lajos (Madre de La Bella Medusa), Guillermo Marín (Doctor Sabatino), Félix de Pomés (Don Robinson de Mantúa), Julia Pachelo (Braulia), Manolita Morán (La Bella Medusa), Antonio Riquelme (Don Zacarías). Productora Producciones Luis Judez; German López España y J. Films. 81 minutos. Música: José Ruíz de Azagra. Escenografía y decorados Pierre Schild de “S.E.S.”. Fecha de estreno en Madrid 23 de noviembre de 1944, en el cine Capitol. Permanencia en cartel 7 días. Constructor de decorados: Francisco Canet Cubel. Ayudante de dirección José Martín.


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