jueves, 5 de diciembre de 2019

IN NOME DELLA LEGGE (Pietro Germi, 1949)


En medio de un paisaje árido, desolado, polvoriento, un tren se detiene en medio de la nada. Un hombre joven desciende vestido con traje, nadie le espera, y nadie espera para subir en el tren del que acaba de descender. En el andén otro hombre mira con cierta ironía al recién llegado. Antecesor y sucesor en el cargo se encuentran momentáneamente, el que se va recomienda al recién llegado que haga lo mismo en cuanto pueda. El lugar se llama Capodarso, en el interior de Sicilia, quien llega y quien se marcha son jueces, uno arrasado moralmente por la imposibilidad de aplicar la ley en un territorio sometido a otro tipo de códigos y represalias y el que llega lo hace con la voluntad férrea de hacer cumplir la ley de la República enfrentándose a lo que bien conoce, porque él mismo es siciliano. Nuestro juez protagonista, Guido Schiavi, dispuesto a enfrentarse ley en mano al clan liderado por Passalacqua y al poder en la sombra del barón Lo Vasto. Como dice el historiador Gian Pierro Brunetta: Registi come Germi vano al sud e affrontano uno spazio in cui l´uomo si misura ancora con la natura in una lotta aperta e secondo leggi in vigore da milleni. É il meridione il luogo in cui storia e mito convivono in uno stesso spazio.


Basada en una novela del juez italiano Giusseppe Guido Loschiavo (la similitud con el nombre del protagonista muy bien interpretado por Massimo Girotti no trata de ocultarse) creada a partir de sus propias experiencias como juez en Sicilia, el guión es escrito a cinco manos entre otros por el propio Germi con ayuda de Monicelli y Fellini en lo que las hemerotecas señalan como la primera incursión del cine italiano en el mundo de la mafia, en unos años donde la mafia agrícola estaba asesinando campesinos y líderes sindicales opuestos a sus intereses. Y en él, y en sus imágenes, podemos disfrutar del enfoque neorrealista que inundó el cine italiano de la época, quizás no querido, pero patente en las imágenes con ese entorno y ambiente rural de la Italia de posguerra que mantiene sus viejas tradiciones sociales y culturales en medio de la asfixia que supone someterse a la ley de la Mafia, porque en el fondo, la película sobrevive y se justifica alrededor de la existencia del crimen como norma y patrón de conducta, presentando a la organización como una entidad honorífica que aplica su propio código de castigo, aunque ese honor parece no verse alterado no ya por no respetar la ley del estado, sino por financiarse a través de la extorsión, la corrupción, el robo de lo público y el temor de una población que ansía encontrarse con alguien capaz de enfrentarse a lo establecido desde la superioridad moral que le otorga no salirse de la ley y contar con el apoyo del Estado. El neorrealismo del escenario en la que se sitúa la acción no impide, sin embargo, que el relato se acerque a los códigos del western norteamericano.


En el imaginario cinéfilo uno encuentra referentes utilizados en películas posteriores como “Conspiración de silencio” de Sturges o “Sólo ante el peligro” de Zinnemann, y también de la literatura anterior a su rodaje como “Un soñador para un pueblo” de Ibsen. Porque el personaje del juez Schiavi (dejando aparte sus devaneos amorosos con la esposa del barón, que podrían resultar incómodos para la Italia de los años 50 pero no ahora, comprobando la catadura moral de ese barón presuntuoso y corrupto) representa la rectitud rozando lo mesiánico del iluminado al que sólo le quedan dos opciones, o aplica la ley o renuncia al cargo, y en el primer supuesto ello le conduce de manera predeterminada, al enfrentamiento con la Mafia al pretender suplantar su autoridad por la del Estado. Un asesinato por ajuste de cuentas enfrenta a este juez con Passalacqua, y un escándalo de corrupción provoca el mismo efecto con el barón, dos rivales que controlan la región y que se rigen por los códigos archiconocidos del ojo por ojo. La investigación del juez le conduce al mafioso, el proceso civil a ordenar la reapertura de unas minas que darán trabajo a los pobres de la zona. En ambos casos cumplir la ley pone en riesgo la vida del juez, un héroe solitario que asume su profesión como una especie de martirio.

Frente a los referentes cinematográficos posteriores el juez contará con ayuda, la de un abnegado jefe de policía que, por fín, tiene un superior decente y en quien confiar, y un progresivo reconocimiento social capaz de volverse contra él a lo más mínimo que se crea que también ha terminado por caer en las redes del soborno. La película quiere que el público capte el mensaje y cambie su resignación y sea capaz de enfrentarse al poderoso que abusa, o, al menos, que apoye a quien decida pararle los pies. Por eso sus 90 primeros minutos son modélicos, bien estructurados, bien contados, con muy buena progresión; reflejando con imágenes, que no tratan de ocultar nada, cuál es la realidad de vivir en medio de la pobreza generalizada, y cuáles los riesgos de compartir existencia en los territorios de la Mafia. Cuando llega el momento de concluir la historia Germi opta por edulcorar el relato, lanza un mensaje “naïve” en medio de la barbarie que hemos presenciado. Hay que reconocer que el tramo final tiene mucha intensidad y mucha emoción, pero no parece creíble (los títulos iniciales advierten que la historia no es reflejo de la realidad). El discurso que el juez lanza al pueblo recuerda el parlamento que Shakespeare hace recitar a Marco Antonio en el funeral de César, va dirigido al mismo receptor, pero no tiene el mismo resultado. Decidido el juez a inmolarse tras el asesinato de quien siempre le ha tratado con cariño y respeto, regresa al pueblo cuando ya había decidido abandonar su cargo para siempre, arengando al pueblo para que pierda el miedo al tiempo que le reprocha su cobardía, su silencio, que acepte en silencio la muerte de maridos e hijos, provocando el estupor de la ciudadanía pero haciendo mella en el jefe mafioso y en su concepto de sinceridad y honor. De ahí lo “naïve” de la situación y del mensaje, pretender que bestias sin escrúpulos, que confunden su ley con la ley, y a los que la muerte les acompaña a la mínima contrariedad, puedan ser capaces de cambiar de patrón ya sabemos que no es lo que ha pasado desde 1949 hasta la actualidad, pero quizás en 1949 todavía era una época en la que cabía soñar con el fín de la Mafia una vez reeducada y sometida al imperio de la ley.

 PELÍCULA COMPLETA SUBTITULADA

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