martes, 17 de diciembre de 2019

AQUARELA (Victor Kossakovsky, 2018)


La belleza, la fuerza, el impacto de las imágenes, lo produce el propio protagonista de una historia sin principio ni final. Ese protagonista es el agua, ni tan siquiera el mar, y el dibujo que forma con su movimiento y el impacto de sus olas; el capricho de sus formas geométricas cuando se hiela, o la majestuosa caída de un salto de agua de decenas de metros. La inmovilidad del hielo o el incipiente vaivén cuando éste comienza a fragmentarse; la apacible quietud de una superficie inmensa vista desde la lejanía en una toma aérea apenas rota por el salto de una ballena o el frenético movimiento sumergido de tres delfines; el poder devastador de un huracán en Miami; la dureza y agotamiento de una travesía en medio del mar rizado o la calma de otra entre témpanos de hielo. El agua es el hilo conductor de la aventura de Kossakovsky dirigida a emocionar, a crear sensaciones contrapuestas entre la inmensidad del medio y la pequeñez de nuestra existencia. Presenciar esta película en una gran pantalla, y con un inmejorable sonido y proyección, ha de ser, a la par, perturbador e inquietante, pero estamos en tiempos donde, a la evidente comodidad de nuestros salones, se une la imposibilidad manifiesta de que este cine llegue a las salas si no es a través de festivales o pases muy especiales y limitados.

La fuerza, la inmensa fuerza del elemento desatado contra la costa, o sin el límite de un espacio físico que haga de tope cuando una ola se levanta en medio del océano como un rascacielos de anchura inconmensurable y tapa toda la pantalla. Ese azul de muchos matices todo lo llena y ante ese lienzo majestuoso e inabarcable el espectador no tiene otra opción sino enmudecer, asombrarse ante ese poder natural desplegado como efecto de las mareas y el viento, disfrutar de esa imagen desde la seguridad confortable de una butaca y no desde la fragilidad de una embarcación a merced absoluta de la naturaleza desatada. Kossakovsky lo sabe y aprovecha esa magnificencia para redundar en que la belleza no es domesticable, puede ser destruíble, erosionable, puede esquilmarse el mar o contaminarse el agua con decenios de vertidos tóxicos, pero cuando la naturaleza decide desencadenar todo su poder nadie puede controlarla y en nada nos convertimos ante ese espectáculo. Primera película rodada a 96 fotogramas por segundo ninguna sala cuenta con la capacidad técnica para su proyección en las condiciones pensadas por el realizador para su exhibición, pese a lo cuál el espectáculo es mayúsculo y la sensación de asistir a algo nuevo, a una experiencia sensorial única, inigualable.

El ecologismo, o la conciencia ecológica puede ser esto, filmar estas imágenes y conseguir un propósito inmersivo del espectador que le conciencie de la necesidad de preservar lo que sus ojos transmiten al cerebro.  “Estar en medio de ese entorno te hace preguntar ¿de dónde viene ese poder? y le hace sentir a uno totalmente insignificante. Ves lo pequeños que somos en la inmensidad de la naturaleza. Cuando miraba al cielo repleto de estrellas por la noche era una sensación increíble, pero los seres humanos nos comportamos como si fuésemos reyes y eso es un error muy grave. No hacemos más que destruir la naturaleza para construir edificios y parece que eso no nos importa”, en declaraciones del director al periódico La Vanguardia, y es así como uno se siente pudiendo afirmar que la película carece de guión entendido como historia, pero contiene la suficiente información en su interior como para que ese cúmulo de imágenes se conviertan en una verdadera historia donde se demuestra, pese a la inabarcable fuerza del elemento, su necesidad para la superviviencia de nuestra especie, como así han de interpretarse los últimos planos sobre los rostros húmedos de la pareja que Kossakovsky filma. 

Un viaje alrededor del mundo como si fuéramos un torrente movido por una pendiente inapreciable pero poderosísima; climas diversos y extremos, paisajes opuestos pero inmensos donde no está ausente la tragedia, como en las escenas en que el director filma el trabajo de una peculiar grúa ártica dedicada a rescatar vehículos sumergidos o flotando en el hielo primaveral quebradizo donde, la casualidad, permite filmar la muerte en directo, con respeto absoluto al desaparecido, pero con la angustia del rescate imposible ante la negativa de ese agua helada a dejarse romper en el lugar necesario. Un agua necesaria para vivir, pero un agua indomable cuando se pone en movimiento. Nada comparable a esa gran ola, esa mole que se eleva y que no es una reproducción digital del "ukiyo-e" de Hokusai, sino el movimiento extremo hecho amenaza, nada igual a esos iceberg que, según van elevándose del agua exponiendo parte de su superficie sumergida, comienzan a desintegrarse en pedazos más pequeños pero igualmente demoledores. Un ciclo acuático espectacular de la mano de un director que ha sabido transmitir las sensaciones queridas a la perfección.



AQUARELA. Reino Unido, Alemania, Dinamarca, EEUU, 2019. Director: Victor Kossakovsky. Guión: Victor Kossakovsky, Aimara Reques. Fotografía: Victor Kossakovsky, Ben Bernhard. Montaje: Victor Kossakovsky, Molly Malene Stensgaard, Ainara Vera. Producción: Aimara Reques, Heino Deckert, Sigrid Dyekjær. Sonido: Alexander Dudarev. 95 minutos.

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