martes, 26 de noviembre de 2019

ANDRÓMEDAS (Clara Sanz, 2019)



La apuesta del primer largometraje de la directora Clara Sanz es transparente. Si el título remite a lejanas galaxias innacesibles más que para el astrónomo, la que Sanz adopta como núcleo alrededor de la que gira su película no es otro que el hogar familiar. El centro de esa galaxia es Rosita y su casa, la nonagenaria abuela de la realizadora, quien desde la limitada movilidad que le proporciona su edad, mantiene su actividad diaria aunque confinada entre las paredes de su hogar, de su confortable espacio de seguridad y confort, el lugar donde los recuerdos se agolpan y donde se espera el momento inevitable del adiós. La mirada amable, naturalista, íntima de la obra, es fruto de la complicidad entre todos los intervinientes, pero también es decisión de quien la crea. El mayor logro se encuentra en no querer transformar en personajes a sus mujeres, en no hacer una elegía anticipada; no asistimos a la hagiografía de una anciana, ni se pretende dulcificar hasta el extremo la mirada sobre la vejez. Al revés, las limitaciones y dependencias quedan patentes aunque la mente lúcida, y la actividad de la anciana, relaje el duro significado de envejecer si esto ocurre en soledad y sin medios. Atendemos a la mirada sobre personas, no a personas haciendo de personajes de sus vidas.


Hay dos líneas narrativas en el documental claramente definidas, la relación entre Rosita y María, la inmigrante que cuida de ella para que no tenga que abandonar la casa de siempre; y la relación entre abuela y nieta, protagonista y directora. El primer indicio de que hay química entre personajes y filmadora lo da la propia Rosa cuando rompe, sin motivo aparente, pero demostrando esa cercanía y confianza, la “cuarta pared”, dirigiéndose a quien graba para ofrecer algo de comer. Ese primer detalle simpático y entrañable se irá viendo confirmado por el desarrollo de la no ficción cuando la cuidadora abandone el pueblo de La Mancha durante una temporada por motivos familiares, y abuela y nieta compartan convivencia en exclusiva; si ese primer detalle curioso ocurre sin tener constancia de la relación familiar el resto de la película no oculta el nexo, es más, resulta esencial para la cercanía que la obra respira. El día a día parece transformarse, el ritmo se relaja y dulcifica, y la película con ella. Si hay confianza y comodidad entre cuidada y cuidadora; ésta se transforma en intimidad absoluta cuando las dos generaciones distanciadas en edad pasan a compartir la imagen.



Quizás en esta fase de la película ésta sufra un desequilibrio consecuencia de la aparición muy frecuente de la propia directora, es posible que se corra el riesgo de olvidar quién es el nexo que mantiene el interés sobre la obra, que no es otro que la anciana, su casa, y lo que se puede llegar a ver desde las ventanas o desde los patios, pero el riesgo se asume y se sobrepone porque la tentación queda en eso, en un amago de protagonismo que se reconduce. La pieza es delicada y sensible, que no cursi y sensiblera, como la tarea de extraer los estambres de la flor del azafrán. Hay que manipular muchas flores para obtener una cantidad apreciable de materia prima utilizable, como hay que filmar muchas horas de convivencia, incluso en silencio, para sacar material aprovechable para recrear en imágenes lo rutinario de nuestras vidas y lo común de nuestras experiencias. De vez en cuando aparece una “Andrómeda” innacesible en nuestro camino, una experiencia única y valiosa que nos identifica como seres singulares y diferentes del resto. La película es esto, una experiencia personal transmitida a los demás, un cuidado ejemplo de cine familiar no exento de retrato social, un cariñoso recuerdo anticipado y una película de mujeres hablando sobre sus vidas y enseñando su propia galaxia.
ANDRÓMEDAS, España-Francia, 2019. Compañía Productora: Les films du Bilboquet. Productora: Eugénie Michel-Villette. Dirección y Guión: Clara Sanz. Fotografía: Clara Sanz. Montaje: Patricia Saramago. Sonido: Thomas Fourel.  Coproducción: CNC. Aide à l'écriture, Procirep, Angoa-Agicoa, Région Provence-Alpes-Côte d'Azur. 84 minutos.

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