miércoles, 25 de septiembre de 2019

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS (José Luis Torres Leiva, 2019)

Con "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos" el cineasta chileno José Luis Torres Leiva permanece fiel a su sentido cinematográfico, a conceder a las imágenes el valor primordial de una película, a recoger sentimientos y sensaciones aparcando cualquier exceso emocional que pudiera identificar su cine con un melodrama de sobremesa edulcorado hasta la saciedad. No, no es ése el cine de Torres Leiva, y quizás eso también provoque un cierto rechazo de un público educado de manera insistente en lenguajes mucho más simples y directos, más verbalizados, mucho más masticados e incapaz de interpretar un silencio como parte de un diálogo, de una mirada como integrante de una conversación, de un roce de la luz del sol como equivalente a tranquilidad y bienestar. Las experiencias contadas desde Donosti parecen confirmar ese desasosiego del público y no poca parte de la crítica, o lo que sea, hacia esta película de Torres Leiva, un, entre comillas, habitual del festival. No es el caso de quien escribe, hasta ahora rendido y convencido a la obra de ficción y documental del director.

Tomando el título de un poema de Pavese, cuyo texto puede interconectarse a la perfección con las imágenes de la película; poema escrito el mismo año en el que el escritor italiano decidió quitarse la vida; la película aborda el tema de la muerte del compañero de viaje, de la asunción de lo inevitable, del acompañamiento progresivo en el deterioro vital de la enferma. La pareja Ana (Amparo Noguera) y María (Julieta Figueroa) facilitan la brillantez final del conjunto con su interpretación sutil, contenida, agarrada a las entrañas propias y del espectador, que asiste a esas semanas, o meses, finales de la vida de una amante, cuidada, vigilada, atendida, acompañada, por la otra. Un apagamiento en el que no se ocultan el miedo, la rabia, la frustración, el dolor (el físico y el emocional), pero nunca cargando las tintas en el fácil uso de la lágrima o la compasión. Hay tanto amor en la historia como inevitable es el desenlace, y tanto para lo uno como para lo otro, el silencio es acompañante perfecto, cuando no el vuelo libre de la imaginación buscando momentos de libertad donde apenas queda futuro.

Material altamente peligroso es el que maneja el director; preoclive a ser tratado con exceso; pareja de enamoradas, enfermedad terminal, rechazo de la enferma a continuar con el encarnecimiento de tratamientos a la desesperada, retiro bucólico y pastoril para cerrar la estancia terrenal. Un cóctel que en manos de muchos se transformaría en sesudos parlamentos sobre el sentido de la vida, la esperanza de un reencuentro en vidas paralelas y el aderezo constante de la lágrima y el desamparo. Nada hay de eso en una película que se construye fluidamente en escenas límpidas, maravillosamente fotografiadas tanto en el intermedio urbano y doméstico como en la tocata final campestre, una historia tan sutil como el discurrir de una lágrima por el rostro de quien aguanta el hipo y contiene el grito de frustración, tan humanista como para que un extraño se interese por el llanto emocionado de una desconocida en mitad de la noche (cameo del propio Ignacio Agüero), tan sensible como el roce de unas manos explorando sensaciones muchas veces vividas y que van tocando a su fin, todo ello sin desesperación pero también sin frivolidad como si nada importara.

El arduo camino hacia la muerte de una de las protagonistas se ve moderado, aligerado, descomprimido; mediante el uso del cuento, de la historia soñada o vivida en el pasado; en la mezcla de recuerdo, realidad e imaginación que implican la historia de la niña salvaje encontrada en el bosque y la historia de ese amor de una tarde, nunca recuperado, que un tío de una de las mujeres contaba cuando podía o se lo pedían, las protagonistas pueden relajarse al mismo tiempo que nosotros, espectadores en plena intensidad del drama que compartimos, obtenemos un paréntesis, una válvula temporal de escape. De esta manera el relato puede ir acercándose a densidades cada vez más insoportables concediendo un respiro tanto a la pareja protagonista en este tránsito, tan natural como inevitable, tan real como que nadie se ha salvado del mismo, como al espectador. De ahí que cuando llegue el momento todos estemos preparados, y el que más el propio director, que representa esa muerte como una mezcla de lo real y lo onírico de una belleza y sutileza espléndida, tan emocionante y breve como ese halo oscuro que atraviesa el rostro de la gran Amparo Noguera cuando su amada Julieta Figueroa deja de respirar. Nada puede ser alegre en esta historia a término, pero nada es dramático y exagerado, la vida sigue, cada quien se rehace y vive su duelo como puede, el resto del mundo continúa ajeno a nuestros pesares, la juventud ríe y baila, aunque sea en presencia de una mujer solitaria y con una canción de Rafaela Carrá como acompañamiento.

Y no me resisto a dejar de compartir el poema original del propio Pavese
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o.un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra hueca,
un grito ahogado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando a solas te inclinas
 hacia el espejo. Oh querida esperanza,
ese día también sabremos
que eres la vida y la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como mirar en el espejo
asomarse un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Nos hundiremos en el remolino, mudos.



VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS. Chile, Argentina, Alemania. 2019. Dirección y guión: José Luis Torres Leiva. Producción: Globo Rojo Films, Catalina Vergara, Constanza Sanz Palacios Films, Constanza Sanz Palacios, Autentika Films. Paulo De Carvalho. Fotografía . Cristian Soto. Montaje . Andrea Chignoli, José Luis Torres Leiva. Intérpretes . Amparo Noguera, Julieta Figueroa. Duración: 89 m.



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