martes, 20 de agosto de 2019

YARA (Abbas Fahdel, 2018)



¿Y si lo que cuenta la cámara de Abbas Fahdel no fuera ficción teñida de documental? ¿Resultaría imposible imaginar que la historia de Yara y Elías no ha ocurrido de verdad y no es el fruto del azar de una cámara que filmaba el valle y se encontró con esta pareja casualmente, limitándose a recoger lo que ocurría delante de ella? ¿Acaso Elías no se perdió en su excursión y terminó apareciendo en la vieja casa ocupada por Yara y su abuela?. Con estas preguntas sitúo la extrema sencillez del relato y la apabullante naturalidad de todo lo que ocurre, tan espontáneo que cuesta creer que nos encontramos ante una mera ficción porque lo que las imágenes de Fahdel demuestran es una humanidad desarmante como contrapunto a su anterior película, la monumental, pero abrasadora "Homeland, Irak año cero".  La barrera entre ficción y realidad se muestra tan débil, tan atravesable, que la conjunción de ambas en esta película dota al resultado final de una atmósfera de credibilidad absoluta.

Cuenta el cineasta que quiso inspirarse en tres películas para hacer una reconstrucción de una historia similar, "La joven" de Buñuel y las bresonianas "Mouchette" y "Al azar, Balthasar"; pero al verse obligado a buscar un lugar de rodaje más barato y hacerlo todo casi sin presupuesto, lo que ha hecho de la película un trabajo casi exclusivo del director, su propósito inicial se modifica y es el lugar escogido el que da un nuevo significado a esa historia de amor que va creciendo ante nuestros ojos de manera asombrosa, incorporando elementos religiosos, culturales, de choque entre el medio rural y el urbano que, de haberse occidentalizado el relato, probablemente hubiera quedado menos luminoso, menos ingenuo, menos naturalístico. Dos imágenes acompañan el primer despertar de la joven Yara (una presencia, la de Michelle Wehbe, que aporta un erotismo innato y no provocado con reminiscencias a la rohmeriana Claire) ante nuestros ojos, una estampa de la Virgen y una escopeta. Mujer joven, religión cristiana y violencia como elementos constantes de una zona complicada del planeta, el Líbano, y una remota zona montañosa, el valle de Qadisha, semidespoblada y abandonada, donde sin embargo, el control masculino sobre los comportamientos femeninos se hace presente de manera muy sutil y muy bien filmada por Fahdel.

"Viviendo solas nunca se sabe cuándo se tendrá que usar", la escopeta viene, así, a suplir la ausencia de referente masculino en una sociedad patriarcal y machista donde las religiones influyen en los comportamientos. Fahdel nos muestra a una joven que ha crecido en libertad, y como tal no tiene problemas en mostrar su cabello, sus brazos, sus piernas, tomar el sol con la tranquilidad de ese aislamiento femenino que comparte con su abuela, aunque la perspectiva y asechanza de las miradas masculinas va haciéndose más palpable cuanto mayor es el contacto que va estableciendo con el joven urbanita aparecido de la nada. La libertad de movimiento se tolera en tanto no existe una presunta amenaza al honor de la comunidad o de la familia, en caso contrario salta el control parental que recuerda cuál es el comportamiento que se espera de una mujer en una sociedad cerrada en la que la mayoría de la población, o ha muerto, o ha emigrado fuera del país.

En esa situación de libertad vigilada cobra especial trascendencia la naturaleza como contenedor en el que se desarrollan las relaciones humanas, y con ella la presencia de animales domésticos cuyos ritmos de vida, monótonos y repetitivos, se asemejan a los de la pareja de mujeres que los cuidan. Los días son siempre iguales, con las mismas rutinas, las mismas tareas, los mismos horarios; hasta que salta la chispa amorosa y para Yara cada día que pasa es una nueva aventura, obviamente llena de ingenuidad y castidad en un ambiente tan cerrado donde, pese a la aparente despoblación, todo se sabe. Son miradas, roces, sonrisas, bromas, paseos, pequeñas conversaciones que provocan la intimidad de la pareja, aunque el enamoramiento tiene, desde el principio, una amenaza, Australia, como destino de Elías. Hay tal respeto por los personajes que hasta su primer contacto físico es simulado y es producto del juego de las sombras (los ecos de Green y hasta Lubitsch por decir alguno, resuenan en esa imagen donde Elías, sin llegar a tocar la mano de Yara, superpone la sombra de su mano a la de ella), porque con la connivencia de la abuela, esa relación entre los dos jóvenes ha de mantenerse clandestina por el bien de todos.

El presente se hace tan bonito, tan irreal, para ambos que se renuncia a hacer planes, los días se hacen más cortos mientras los animales siguen dormitando o moviéndose como antes. Lo que cambia en nuestro interior no cambia el ritmo del mundo,  sólo cambia la abstracción y felicidad con la que Yara se mueve por el espacio o con la que mira abstraída en sus pensamientos, un estado tan influido por la serotonina que consigue olvidar la realidad de un mundo aislado, sin futuro, sin personas que siguen presentes como fantasmas del pasado (hay un hermanamiento involuntario entre "Yara" y "Trinta lumes" de Diana Toucedo en ese retrato de comunidades desoladas, casas abandonadas, enseres dejados atrás llenos de recuerdos). Decía Fahdel en la pasada edición del festival de Gijón  que tras terminar "Homeland" “Tenía dos opciones, dejar de hacer cine durante un tiempo, o hacer algo que restaurara mi fe en la humanidad y la belleza”, evidentemente ha conseguido su objetivo para con el espectador, pues la tranquilidad, el ritmo pausado, el hermanamiento entre el ser humano y los ritmos de la naturaleza donde vive, sitúan a quien ve la película en una extraordinaria placidez donde el ser humano todavía mantendría un resquicio de esperanza para cambiar las cosas, aunque la realidad termine imponiéndose en la dualidad insoslayable entre el amor y las obligaciones (auto)impuestas.



YARA. Francia, Líbano, Irak. 2018. Dirección, Guión, Fotografía, Edición, Sonido, Producción: Abbas Fahdel Reparto: Michelle Wehbe, Elias Freifer, Mary Alkady, Elias Alkady, Charbel Alkady. Compañía productora: Stalker Production. 101 minutos.

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