miércoles, 14 de agosto de 2019

POLICE PYTHON 357 (Alain Corneau, 1975)




Harry Callahan ya había, de la mano de Don Siegel, unido la imagen del policía a un revólver del calibre Magnum, o Godard su lema de “una mujer y un arma”. El inspector Ferrol creado por Corneau también se pasea por las calles de Orléans armado con un potente revólver con el que no duda conseguir sus objetivos de policía inmisericorde con el delincuente, no lo necesita para que le alegren el día pero es su alimento, casi el único alimento moral con el que sobrevivir aislado y misántropo, pero la película no bebe de "Harry el sucio" ni de las derivas intelectuales de Godard, es puro Corneau, un director con la suficiente palabra propia como para no necesitar copiar a otros. En el ambiente gris, húmedo, neblinoso de ese Orléans provinciano, los apellidos valen más que el trabajo o el mérito, la capacidad no es sinónimo de progresión, y el comisario Ganay sabe que su posición laboral y económica no procede de su valía, sino del patrimonio de su esposa. Los Ganay imponen por su apellido, no por su altura intelectual. Un montaje paralelo en las primeras imágenes de la película, sin mostrarnos el rostro de Ferrol (Yves Montand), nos enseña la ascética vida del policía; ascética y solitaria. Un camastro, un pequeño piso semivacío, una cocina básica y la actividad de un desayuno que se prepara y la minuciosa labor de realizar los propios proyectiles con los que carga su pistola, en cuya culata se lee, visiblemente, el modelo, Python 357, un calibre que no defiende, ataca.

Estamos en esos ambientes tan bien retratados por el cine francés, de burgueses mejor o peor asentados, cuyas vidas privadas no se corresponden con la imagen pública de corrección, moralidad intachable, buenas costumbres, ésas que se presuponen en las élites para no alterar el orden social de las pequeñas comunidades. El comisario Ganay tiene una amante, con su piso, sus citas secretas, su absoluta discreción para que no trascienda y el escándalo haga insostenible el puesto político que ostenta. Pero esa intención de ocultar del comisario (François Perier) no busca mantener la clandestinidad para engañar a su mujer, al revés, es un pacto expreso en el matrimonio para mantener la relación entre los dos, porque ante la invalidez de Mme. Ganay (Simone Signoret), el comisario está “autorizado” a tener una relación paralela, consentida, alentada y controlada por la esposa, quien se expresa hacia la figura de Sylvia (Stefania Sandrelli) , la amante, como si de una hija se tratara a la que hay que cuidar y tener contenta, sabiendo que mientras el marido tenga esa fuga diaria con Sylvia su matrimonio perdurará. Un adulterio consentido en pro de mantener la integridad del apellido.


El encuentro casual entre Ferrol y Sylvia, y el enamoramiento de ambos (una fotografía a tamaño real del policía en acción como eje simbólico de lo que representa, un hombre de acción) precipita el cambio de registro de la película, lo que parecía un apunte de drama amoroso en un triángulo de cuatro lados, se transforma en un “polar” en toda regla de progresión asfixiante para los protagonistas que sobreviven a Sylvia. Cuando el comisario, en un arranque de ira ante lo que sospecha va a ser el fín de su relación con Sylvia, la mata en el apartamento de ésta, el corte abrupto del tenor de la historia se apodera de las imágenes y todo se vuelve sombra, sospecha y angustia. Ese asesinato, del que Ganay no sería nunca sospechoso por la ausencia de pistas que le relacionen, dirige la investigación hacia un hombre de 1,85, moreno, canoso, de buena figura, con quien la joven fue vista esa noche, y días previos, discutiendo. Es la descripción de Ferrol, quien quería que la relación diera un paso adelante y empezara la convivencia, pasando a ser el sospechoso anónimo de la policía, lo que da lugar a un interesante juego de despistes donde Ferrol sabe que todo terminará apuntando hacia su persona pero sólo él sabe que hay un asesino suelto en la ciudad a quien nadie ha visto nunca acompañando a la joven, tiene que hacer mantener viva su intuición hacia los demás sin levantar la sospecha de su interés personal. Por otro lado está el matrimonio Ganay, quienes conocen la verdad y tratan de derivar la investigación hacia ese tercero inocente que ha aparecido para facilitar su encubrimiento, pero que se sienten igualmente atrapados en la culpabilidad interna de ser quienes deberían responder por lo sucedido.



Cuanto más se estrecha el nudo policial acercándose a Ferrol, más pistas va obteniendo éste acerca de la identidad del desconocido amante de Sylvia. Los hallazgos fotográficos en el piso de la joven se parecerían, así, a los del “Blow-up” de Antonioni de una década antes, pero en vez de tener que ampliar las fotos, en la opción de Corneau, hay que descubrir el escondite del pasado de Sylvia. Los intentos de Ferrol de ganar tiempo para identificar al asesino corren paralelos a su torpedeo al trabajo de sus subalternos (Mathieu Carriére sobre todo), a quienes hay que dificultar la labor e impedirles que alguien le reconozca como el hombre a quien vieron en compañía de Sylvia el día de su muerte. “No es la primera vez que se condena a un inocente” dice el comisario sabiendo que Ferrol puede terminar respondiendo por lo que hizo Ganay. El desenlace es tenebroso, oscuro, muy cuestionable desde el punto de vista legal y moral, pero es un desenlace acorde con esa fina línea que atraviesa la película donde nada es justo o injusto, nada está bien ni mal, nada es trasparente ni opaco, es un final donde el fin justifica los medios para todos los integrantes de esa Comisaría de provincias, que parecerían escrutados por el ojo religioso de ese subinspector recto, asiduo de misas, familia ordenada enfrentada moralmente a los fantasmas del pasado de los dos huérfanos entregados al hospicio que fueron Ferrol y Sylvia. 



La película mantiene esa estética setentera en la que hasta la música de Delerue pasa de puntillas, separada de cualquier intento de magnificarse ante las imágenes, perfectamente integrada en un mundo a medio camino entre la ley y el crimen, lo recto y lo abusivo, lo que tiene que ser y lo que es. La presencia de Montand como falso culpable absorbe tal cantidad de energía que cualquier otro intérprete a su lado parece diluirse, pero en el interior de Ferrol terminan saliendo a la superficie todas las deudas morales que ha ido acumulando a lo largo de años de soledad, individualismo, desenamoramiento. La empatía que el espectador tendría que tener por Ferrol, Corneau sabe mitigarla a fuerza de mostrarle como un hombre violento (abofetea a Sylvia), un policía violento (agrede en juicios paralelos para sacar su rabia interna) que se precipita por la senda del delito para tapar las pistas que le señalan por el no cometido,  por lo que en su último acto ha de intentar expiar cada uno de sus errores aunque sea poniendo a prueba su propia vida. La conclusión de Corneau nos deja a medio camino entre el perdón católico y la rehabilitación por el sacrificio. Corresponde al espectador aceptar si el reguero de muerte es merecedor, o no, de castigo; si las consecuencias para el matrimonio Ganay son proporcionales a su amoralidad, no por aceptar una relación amorosa atípica, sino por dirigir la sospecha sobre quien nada tuvo que ver con la muerte de Sylvia y haberse aprovechado de la debilidad de ésta para mantener un status quo personal y social aceptable en la hipocresía burguesa. En el fondo, como en la vida, nada es blanco o negro, y son los grises, como los del cielo de Orléans, los que predominan.

Título original: POLICE PYTHON 357. Francia. 1975. Dirección: Alain Corneau. Guión: Alain Corneau, Daniel Boulanger. Música: Georges Delerue. Fotografía: Étienne Becker. Intérpretes: Yves Montand, Simone Signoret, François Perier, Stefania Sandrelli, Mathieu Carriére. Productoras: Albina Productions S.a.r.l. TIT Filmproduktion GmbH. Productora. Albina de Boisrouvray. 125 minutos.
















No hay comentarios:

Publicar un comentario