miércoles, 21 de agosto de 2019

LES ENFANTS D,ISADORA (Damien Manivel, 2019)


La lectura de un libro abre la vía a una historia, el personaje que escribió su vida coreografió el momento más dramático de su existencia. La lectora, inmersa en ese drama, intenta recrear, desde su propio sentimiento, las sensaciones plasmadas por la bailarina en esos diagramas incomprensibles para un profano de la danza. Literatura, cine y danza se dan la mano, y por el camino cuatro mujeres muestran, en la recreación de ese baile de despedida, su propia situación vital. Así surge el epicentro de la historia que Manivel ha ideado para su cuarto largometraje, primera película en la que la danza, según él una pasión más fuerte que la que siente por el cine, se muestra en primer plano aunque la imagen  conserve el ritmo observacional propio del cineasta francés. La estructura de la película parte de la autobiografía escrita por Isadora Duncan y, en concreto, del momento en que los dos hijos de la bailarina y coreógrafa mueren ahogados en el Sena al precipitarse al río el coche en el que viajaban.
Si la lectura que en off realiza Agathe Bonitzer del libro para conocer los motivos que inspiraron el "solo" coreografiado por la artista nos acercan al drama íntimo de ésta a raíz de un hecho del que no se recuperaría jamás, la recreación de la coreografía pensada por ella como despedida definitiva de sus hijos nos acerca al retrato personal de cada uno de los personajes femeninos que aparecen en pantalla, porque estamos ante una película que busca el reflejo de sentimientos a través del movimiento, y en ese movimiento corporal y en esos rostros que imaginan, desde su propia experiencia, lo que pudo experimentar esa madre, se delinean los caracteres de cada una de ellas. El cine de Manivel no se caracteriza por el uso de la palabra como elemento fundamental para la transmisión de sus ideas, me atrevería a decir que casi se dice más en sus silencios que en sus conversaciones, y mucho más cuando hablamos con la danza como vehículo de transmisión y no solo de expresión.

Una mano que recorre el diagrama de la coreografía habla de delicadeza y respeto, una mirada ausente y ensimismada en compañía de un hombre quizás signifique que puede más el momento de la danza que el de la relación amorosa y silenciosa, una profesora que envuelve en un abrazo a su alumna para enseñar el movimiento pensado por Duncan para acoger a su hijo antes de la partida dándole volumen, también transmite esa sensación de protección ante quien está aprendiendo pero, al mismo tiempo, presenta una discapacidad que le puede hacer más vulnerable frente al mundo; esa lágrima que discurre por el rostro de la vieja mujer, y también coreógrafa (Elsa Wolliaston, que ya trabajó con Manivel en La femme du chien) culmina el efecto de transmisión de la danza que cobra su mayor intensidad cuando, tras seguir a esa mujer en la vuelta del teatro a su casa (una escena ya vista en el cine de Manivel y que demuestra que el silencio es mucho más elocuente que la palabra), la sensación de soledad, de abandono, de dependencia, se cruza con el dolor personal intransferible de las propias experiencias, dando lugar a la propia versión del baile por parte de la anciana.

Y para todo ello, que hubiera podido dar lugar a un espectáculo lacrimógeno o de buenos sentimientos tan propios de una determinada concepción del cine como pornografía sentimental, Manivel se sirve de su mirada relajada, tomándose el tiempo preciso en cada momento para que el personaje no sólo se sienta a gusto, sino que pueda expresarse sin caer en el tópico de la palabra fácil o el gesto complaciente. El ritmo es tan importante como aquello que se quiere contar, y esta película necesita ese ritmo de prueba-error, de ensayo y repetición, de lectura y ensayo para dar a la danza el tono preciso y mayúsculo que se plasma en movimientos definitorios de lo que es una despedida definitiva de una madre y unos hijos con los acordes del estudio nº 2 opus 1 de Scriabin.

Cada espectador, y este tipo de cine así debe ser, obtendrá sus propias sensaciones con la reproducción del baile y con la presencia de sus protagonistas. El arte dificilmente puede ser contemplado como una realidad objetiva y unívoca donde lo personal ha de quedar aparcado. En las reacciones ajenas sentiremos el pinchazo propio o la indiferencia hacia unos brazos que se abren en un gesto de liberación dejando marchar, o recordaremos lo que se siente cuando una mano tierna y morosa acaricia una cabeza. No podremos olvidar que todo procede de unas muertes ajenas, pero al recuerdo de quien compuso la idea visual y de movimiento se le unirán capas de sensaciones intermedias aportadas por las mujeres que bailan, y a las que se sumarán las experiencias de cada espectador. El juego experimental de las imágenes con nuestras propias sensaciones provoca un continuo ir y venir de lo general a lo personal, como les ocurre a los rostros de las espectadoras que asisten a la representación de esa danza que ejecuta Manon Carpentier y que nosotros no vemos, como si de homenaje a Kiarostami se tratara. Manivel enseña cómo cada rostro reacciona de manera diferente y con sentimientos encontrados, hasta que el rostro de Elsa asuma la parte final de un relato en el que el dolor de esta vieja mujer se transforma en lo más parecido a lo que tuvo que sufrir la propia Duncan en una atmósfera de luz y sombra que recuerda a la excepcional conclusión que Manivel hizo en "Le parc".

 
LES ENFANTS D,ISADORE. Francia-Corea del Sur. 2019. Director: Damien Manivel. Intérpretes: Agathe Bonitzer Manon Carpentier Marika Rizzi Elsa Wolliaston.  Productores: Martin Bertier, Damien Manivel. Fotografía: Noé Bach. Guión: Damien Manivel, Julien Dieudonne. Sonido: Jérôme Petit, Simon Apostolou. Edición: Dounia Sichov. Compañía Productora: MLD Film. Co-producción: Jeonju Film Festiva. Distribuidora: Shellac. 84 minutos.

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