lunes, 19 de agosto de 2019

KRABI 2562 (Ben Rivers y Anocha Suwichakornpong, 2019)



Como ya ocurriera en "The sky trembles and the earth is afraid and the two eyes are not brothers", anterior película de Ben Rivers que se retroalimentaba de las sinergias de "Mimosas" de Oliver Laxe para construir una nueva historia partiendo del núcleo central, personajes y director de la película española; en "Krabi 2562", en esta ocasión codirigida con la directora tailandesa Anocha Suwichakornpong, se mezclan las capas de realidad y ficción, de cine dentro del cine (aunque sea cine comercial y cine extinguido), de componentes políticas apenas visibles pero asfixiantes, de documental tradicional que da paso a la ficción más desatada, pasando del presente más actual junto al pasado más reciente al pasado más ancestral del ser humano. Y todo ello con un observador-observado de primer orden, la naturaleza, presente como signo identitario que rodea el enclave de Krabi, uno de tantos escenarios turísticos por excelencia de Tailandia, país donde se desarrolla esta historia sin principio ni final y en la que parecen existir puertas invisibles que conectan todas las eras de la humanidad.

Una mujer que busca localizaciones para un rodaje acompañada por una guía local y que mantiene un hermetismo casi absoluto respecto a lo que ve y lo que siente, un equipo de rodaje de un spot comercial en uno de los paisajes más reconocibles de la zona, donde el trabajo se mezcla con las ganas de agradar a la espera de una noche más placentera que haga olvidar el calor asfixiante bajo el sol del trópico; una pareja de cavernícolas primeros habitantes de una de las cuevas de la zona en la que, disfrazado de neanderthal de comic, se introduce el actor del anuncio; entrevistas con los habitantes de la región, sus vidas, su día a día, sus recuerdos de la mujer hablando de ella en pasado; un cine abandonado, un dedo que aparece, una investigación policial tratando de recomponer la desaparición de la mujer un día antes de lo programado y sin avisar a su guía; éstos, y algunos más, son los componentes que conjugan la propuesta, anárquica, inconexa, imperfecta pero sólidamente pensada por la pareja de directores.

Y es que la película avanza a saltos y con rupturas tan marcadas como para evitar que se pueda hablar de un relato concreto o un propósito definido en la aparición de tantos personajes y personas, tantas etapas y tantos escenarios, pero al mismo tiempo se consigue mostrar la diferencia de enfoque que un mismo lugar produce en el habitante o en el turista de paso, entre un habitante del presente y un habitante del pasado, entre el significado de una escultura con forma de enorme pene en una gruta marina para quien acude a dejar ofrendas y el que lo visita para hacerse un selfie. Esta dualidad juega con la idea del misterio, y en ese sentido la presencia del fantasma, del espíritu, de entes vistos pero no reconocibles (quién sabe si no será una puerta dimensional que permita moverse por el tiempo) se entiende como la aportación asiática al relato, pues no de otra forma puede entenderse la referencia tanto a la "presencia" como ente, como a la desaparición de la trabajadora del cine, vasos comunicantes que introducen el misterio y lo inexplicable en las imágenes. En esos saltos entre realidad, ficción, historia, misterio, dictadura, prehistoria, naturaleza, fantasmas, la película alcanza su importancia porque hacen exigente la apuesta al espectador.

Puede producir rechazo, es indudable; puede producir incomprensión, nada puede ser asegurado con convición absoluta en lo que vemos; es complicado advertir, o puede serlo, dónde se encuentra la amenaza policial o militar en el relato, pero existe, como existe la despreocupación del extranjero o visitante por la realidad diaria de los habitantes del lugar donde se descansa, incluído el cameo que Oliver Laxe realiza como director del anuncio, más preocupado por conseguir compañía femenina para después del rodaje que de conseguir la iluminación correcta en la toma que se está eternizando a pleno sol. Y por el camino conseguir también hablar de la muerte de los cines, de espacios que eran el único entretenimiento local y que proyectaban 24 horas seguidas con las butacas prácticamente llenas y cuya revelación, casualmente, coincide con la desapariciòn de la mujer que busca las localizaciones como si se tratara de establecer un hilo que conectara ambas realidades. Y aunque resulte accesorio no conviene olvidar cómo empieza la película, con los niños de un colegio formados en el patio coreando las bondades de ser tailandés, de respetar a la monarquía y al ejército; la doctrina para sujetar a un país convulso de apariencia amigable, homenaje a "Viaggio in Italia" incluído, entiendo que como broma inocente en la pareja de humanoides y sus restos.

KRABI 2562. 2019. Reino Unido, Tailandia. Ben Rivers y Anocha Suwichakornpong. Intérpretes: Siraphun Wattanajinda Arak Amornsupasiri Primrin Puarat Nuttawat Attasawat Atchara Suwan Lieng Leelatiwanon. Productor: Maenum Chagasik. Productor ejecutivo: Meng Xie. Fotografia: Ming Kai Leung, Ben Rivers. Sonido: Chalermrat Kaweewattana. Diseño de sonido: Ernst Karel. Montaje: Aacharee Ungsriwong. Dirección artística: Parinda Moongmaiphol. Productora: Electric Eel Films. 94 minutos.


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