viernes, 2 de agosto de 2019

CÓMPRAME UN REVÓLVER (Julio Hernández Cordón, 2018)

 
Vivir tras una máscara para ocultar tu identidad, ocultarte bajo un edredón para que parezca que no hay nadie; igual que un herbívoro pendiente todo el tiempo de la presencia del carnívoro, la vida de Huck tiene pequeños remansos de tranquilidad, pero no deja de ser una esclava intentando evitar una esclavitud peor, la del narco. Huck (la resonancia a la obra de Mark Twain no es casual) es una niña obligada a ocultar su verdadero sexo para no caer en manos de la mafia dominante, en un país cuyo futuro ha determinado que su destino sea, con luz y taquígrafos, dirigido por el narcotráfico, y no sólo en la sombra mediante el cohecho, el soborno y la amenaza. Este México de la pelicula habla de un futuro cercano en el que el Estado ha colapsado, apenas hay nacimientos porque las mujeres son escasas y tratadas como mercancías, cuando no directamente asesinadas, y la infancia es tratada como potenciales candidatos a soldados del cartel o prostitutas futuras, cuando no anticipadas.
La última película de Hernández Cordón (guatemalteco con claras relaciones vitales con México) nace de la desesperanza y el miedo. Un país que se acerca, año tras año, a la cantidad de 100 asesinatos diarios no puede dejar impasible al ciudadano medio, al que termina sufriendo en su vida la anarquía más absoluta, la que pone en riesgo la propia existencia ante la impotencia del poder político para cercenar la hidra que ha podrido al sistema desde la raíz hasta la cabeza. En ese estado actual de la situación no es difícil imaginarse como real la distopía que propone el director, porque lo vemos año tras año, y advertimos cómo la impunidad rodea al mundo del crimen organizado, impunidad que ya no se limita al mero ajuste de cuentas entre bandas, sino que afecta al ciudadano neutral en forma de secuestros, desapariciones, prostituciones forzosas, práctica del "snuff" con chicas cuyos cuerpos ni son devueltos a sus familias. Todo poder corrompe, y todo poder absoluto corrompe absolutamente, y cuando ese poder es oscuro, ambiguo, criminal, las consecuencias de sus abusos irán en creciente demostración de su villanía y desprecio por la vida y la dignidad humanas.

Cuenta Hernández Cordón que el germen de la película está en el miedo por sus hijas (las dos participan como actrices en la película, una de ellas encarnando a la propia Huck). “Díganle a sus políticos que ya es hora de legalizar las drogas, porque México ha puesto ya demasiados muertos” va contando Hernández Cordón a quien quiera oirle, porque en la historia de Huck y su padre no deja de sobrevolar la crueldad de una infancia eliminada antes de tiempo, de una vida sometida al capricho del violento, lo que no impide la resonancia de la literatura clásica de aventuras con protagonista juvenil o infantil, esa innata capacidad de supervivencia en medio de las peores calamidades, como la que despliegan los niños de la película para escapar de su destino anunciado, aunque sea utilizando los mismos mecanismos que los de los agresores. Si "Huckleberry Finn" planea sobre el relato (travesía fluvial incluída) mezclando el miedo a lo desconocido y el descaro infantil, tampoco podemos olvidarnos de esa mezcla que resulta de unir la deshumanización de "El señor de las moscas" y los niños perdidos de "Peter Pan" en ese grupo de chiquillos que se unen a Huck en una huida sin fin.


Huck es una esclava anticipada, un ser sin libertad para decidir moverse ni en el poblado en el que vive, encadenada por su padre para evitar que se exponga en la distancia, permanentemente vigilada en casa y permanentemente en peligro. Pocos saben que es mujer, y así conviene mantener la ignorancia del resto. La cadena es el símbolo de unidad con el único miembro de la familia que ha sobrevivido, aunque este padre está tan esclavizado como lo puede llegar a estar la hija, una esclavitud que se materializa en su dependencia de las drogas para mantenerse en pie y en trabajar para el narco. La violencia, que termina explotando en "Cómprame un revólver", está siempre presente sin necesidad de su uso explícito, tan irónico el estallido como hacerlo coincidir con una fiesta y el uso de la música. Toda la realidad que envuelve el día a día de Huck está marcada por la ley del más fuerte, que coincide con quien más armas disponga y más sicarios. La vida se mantiene mientras seas útil, en caso contrario rápidamente acabas en medio del desierto con un tiro en la cabeza.

El panorama que viene retratando Hernández Cordón del presente de Centroamérica no puede ser más desolador y perturbador. Su película más distópica no deja de ser tan creíble como los relatos urbanos de "Te prometo anarquía" o "Atrás hay relámpagos", y una continuación, aún más espeluznante de aquella "Las marimbas del infierno", tan tremendo como el cine de Amat Escalante, pero sin perder de vista la humanidad de los personajes sometidos a vejaciones constantes considerados como meras mercancías. Este cine no llega a las pantallas porque el espectador ha decidido, o han decidido por él, que no quiere conocer la realidad, que es mejor vivir en un mundo de ensueños donde un superhéroe nos salva una y otra vez o que la vida es una duda permanente entre reir y amar, o desamar. En ocasiones es necesario que las sociedades sean conscientes del estado de las cosas si quieren empezar a cambiar sus propias vidas; para eso el arte no suele estar de más de vez en cuando, y en el cine de Hernández Cordón hay calidad suficiente para reivindicarlo y proponerlo como referente del nuevo cine norte y centroamericano.


Título original: Cómprame un revólver. México. 2018. 84 minutos. Dirección: Julio Hernández Cordón. Guión: Julio Hernández Cordón. Reparto: Ángel Leonel Corral, Fabiana Hernández, Matilde Hernández, Jhoan Martinez, Wallace Pereyda, Sostenes Rojas. Música: Alberto Torres. Fotografía: Nicolas Wong. Productora: Burning Blue,Woo Films


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