lunes, 12 de agosto de 2019

CHRIS THE SWISS (Anja Kofmel, 2018)


Christian Würtenberg es el personaje alrededor del que Anja Kofmel realiza su primer largometraje mezclando capas personales, familiares, históricas; mezclando realidad y ficción para componer una obra atrayente desde sus primeros fotogramas y que consigue provocar en el espectador la aparición de numerosas dudas y preguntas que la película rehúye resolver porque la guerra, y sus normas, quedan fuera de cualquier parámetro racional.  Anja y Christian eran primos, Anja era una niña en 1992, Chris un joven periodista que se representaba en el imaginario de su prima como una especie de héroe intemporal. La aparición del cadáver de Chris en medio de un bosque durante la guerra de Croacia, en los años de las más duras bestialidades vividas por Europa en la segunda mitad del siglo XX, vestido con un uniforme paramilitar de un grupo fascista, con un tiro en la cabeza, pero oficialmente muerto por estrangulamiento, quedó en el seno familiar como uno de esos hechos inexplicables y que causan tanto dolor conocidos como mantenidos en el limbo por generaciones.


Pasados los años, la directora decide, a través de un documental, buscar la verdad de lo sucedido, o intentarlo al menos; sabedora de que van a persistir las lagunas, de que se encontrará con versiones diferentes de los mismos hechos, de que habrá hechos que será imposible reconstruir. Y para ello se sirve de tres dispositivos visuales que van a marcar las diferentes posibilidades de credibilidad del relato para que el espectador no se sienta manipulado en su observación, o al menos tenga herramientas objetivas para discernir dónde se encuentra lo verídico y dónde lo imaginado o subjetivo. Estará la imagen real, la imagen grabada en el momento, a unos centenares de kilómetros de Viena, donde personas que han convivido durante generaciones reviven, nuevamente, los odios y rencores religiosos y étnicos del pasado, pasando de ser vecinos a asesinarse. La imagen captada por el reportero de guerra toma así, la condición de testimonio incuestionable, ajena a cualquier manipulación, la grabación de las matanzas, las deportaciones, los bombardeos indiscriminados crean el contexto en el que Chris decidió ingresar. 


En un segundo nivel se encuentra la propia encuesta periodística de la directora, su propio viaje, transcurridos más de 20 años, a los lugares de la guerra donde perduran las evidencias físicas, y psíquicas, de aquel horror, en busca del rastro de su primo y de los ejecutores, así como las circunstancias que le empujaron a empuñar las armas. Aquí ya no hay objetividad, porque la cámara ya no busca el hecho, sino que recoge impresiones, las propias de la directora y las de los paisanos, compañeros de la prensa o mercenarios con los que Chris se alistó para tener un contacto más directo con el frente, aún a riesgo de verse envuelto en situaciones inhumanas a las que pretendía dar una explicación. Y por último nos queda lo que vivió Chris durante esos meses en la guerra. Pero para ello, salvo alguna fotografía o instantes filmados por una cámara de vídeo en el frente, no existe documento objetivo que permita su reconstrucción. Alguna conversación reproducida subjetivamente por otros corresponsales, algunas páginas de un diario con el que Chris pretendía escribir un libro a su vuelta son los únicos retazos físicos de sus andanzas por el frente. Por ello Anja Kofmen se sirve de la animación para dar rienda suelta a la imaginación, tanto a los fantasmas que la asediaban de niña recordando a su primo, como a los mismos fantasmas a los que tuvo que enfrentarse Chris para mantenerse con vida e intentar hacerse pasar por un paramilitar convencido e intentar transmitir humanidad al conflicto y a los combatientes.


Con esta estructura visual Kofmen consigue avisar al espectador de cada una de las “subjetividades” que pueden encontrarse en el relato, pero en vez de separar de manera estanca cada una de ellas, su mayor logro se encuentra en armonizar sucesivamente todas ellas para que formen una unidad en la que, sin duda para quien escribe, los pasajes “inventados” a través de la animación, en un blanco y negro tenebroso y terrorífico, resaltan sobre la imagen real, demostrando que el documental es un género con una piel muy fina que permite la ósmosis entre géneros sin que se pierda calidad ni honestidad, porque, en el fondo, la historia de Chris es una más de tantas como ocurren en las guerras, declaradas o sucias, una historia que importa a la familia en cuanto posibilidad de cerrar heridas o encontrar a los responsables del asesinato del periodista, pero que no impide acercarse a los claroscuros de la propia profesión de reportero de guerra, a las conexiones internacionales entre grupos fascistas, a la proliferación del mercenario como profesión rentable y sin escrúpulos, a la propia realidad enfrentada de cuáles eran las verdaderas intenciones de Chris, que ya había formado parte de las tropas de combate sudafricanas en los años de la independencia de Namibia, y lo que es más importante, nos ayuda a cuestionarnos como seres racionales capaces de comportarnos peor que las bestias en cuanto las normas desaparecen y mandan las armas. “Chris the Swiss”, sin contar nada que no sepamos, se convierte en uno de los aparatos cinematográficos más solventes para interrogar al espectador mediante ese uso inteligente de la animación que otorga al documental un inesperado valor artístico.


CHRIS THE SWISS. Croacia, Finlandia, Alemania, Suiza 2018. Dirección y guión : Anja Kofmel.  Animación: Simon Eltz, Serge Valbert. Fotografia: Simon Guy Fasler. Montaje: Stefan Kälin. Música: Marcel Vaid. Sonido: Markus Krohn. Producción: Samir y Sinisa Juricic, Heino Deckert, Iikka VehkalahtiCompañías Productoras: DVF, First Hand Films, IV Films, Ma.ja.de Films, Nukleus Film, SFR Schweizer, SRG SSR Idée Suisse. 90 minutos.

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