jueves, 18 de julio de 2019

MAYA (Mia Hansen Love, 2018)


Un shock, una experiencia extrema personal, un stress emocional o físico intenso, consigue hacer aflorar nuestras mejores y  peores versiones; quizás las más humanas, como reacciones naturales  que son, ante adversidades inevitables y, la mayor parte de las veces, imprevisibles. Cuenta Mia Hansen Love que "recuerdo, en 2012, ver en televisión a cuatro periodistas franceses descender de un avión tras pasar 10 meses secuestrados en Siria. El menor de todos parecía muy tocado, ausente. Esa historia me inspiró ‘Maya’". Este personaje es el que, en teoría, toma la directora para construir su sexto largometraje, películas las suyas en las que la reconstrucción, formación, adaptación, evolución de las personas suelen constituir el eje sobre el que giran sus evoluciones narrativas. Cuando Gabriel Dahan (Roman Kolinka) vuelve a París tras ser liberado de un cautiverio traumático con torturas, malos tratos, vejaciones, simulaciones de ejecución; su retrato externo, su desenvoltura ante las situaciones cotidianas, parece no haber sufrido mutación alguna, como si una máscara impenetrable reforzada por una coraza hubiera impedido que el horror se proyectara hacia su personalidad, pero al mismo tiempo, esa máscara parecería no permitir que sus sentimientos afloren al exterior. Parecería un personaje que precisa del movimiento continuo pero que, como un vegetal, ha perdido la capacidad de decidir, de escoger, de centrarse en un mundo abiertamente hostil que le exige una respuesta inmediata y necesita alejarse de todo para recomponerse.


Ese traumatismo inicial se utiliza por Hansen Love como inductor de su decisión, pero queda aparcado de manera radical durante el desarrollo de los hechos posteriores. La experiencia provoca la reacción, pero no sabemos si, realmente, el carácter y la capacidad de decidir de Gabriel se han visto afectados hasta el punto de parecernos un autista emocional en muchos de los momentos de la película, o si el personaje ya era así, si solo disfrutaba de la vida como reportero de guerra y, apartado temporalmente de ese mundo por la comprensible reacción tras el secuestro, el resto le parece tan vacío e innecesario como su rostro y su movimiento aparentan. Es la directora un ejemplo de sutileza, en su cine puede hablarse más o menos, pero muchas veces una imagen resulta más clarificadora que un innecesario parlamento. Cuando Gabriel aterriza en París, en un día desapacible y lluvioso, tras el protocolario saludo al político que aprovecha la oportunidad, llega el momento de saludar a los familiares. Una mujer queda en segundo plano, resulta extraño que la pareja no se aproxime de manera inmediata, termina siendo la última en abrazarse a Gabriel pese a que después les veamos constantemente juntos. A los pocos días descubrimos el porqué, pero la directora ya nos dió una pista visual de ese alejamiento en el recibimiento. Ese es el "toque" Hansen Love en sus narraciones.


Porque un resumen del argumento produciría en el espectador despistado un erróneo juicio de lo que va a ver. Aquí va un intento: Reportero de guerra rescatado de las manos del ISIS se muestra incapaz, en ese momento, de retomar su trabajo. Habiendo vivido en su niñez en Goa (India), decide romper con el presente y retroceder al pasado para recomponerse, abandonado en la infancia por su madre, cooperante de una ONG en la actualidad, se instala en la vieja casa familiar y visita a su padrino, propietario indio de un hotel en la zona, donde conoce a Maya, la joven hija del padrino, a punto de entrar en  la universidad y que muestra una especial curiosidad por el occidental con raíces indias. Con el objetivo de volver a ver a su madre, la atracción entre ambos empieza a hacerse evidente, culminando en un viaje que emprenden, de manera un tanto fortuita, en solitario, para visitar algún lugar cercano en la región. Leído así todo parecería indicar que nos encontramos ante la enésima aventura de iniciación pseudomística en un país como la India, donde el amor imprevisto viene a suplir las carencias afectivo-emocionales de un hombre herido en su interior y que necesita volver a empezar. Pero decir esto sería faltar a la verdad del estilo y la narración pretendida por la directora, pues no pudiendo negar que lo que he extractado sucede, no sucede al modo y manera de una visión pseudocolonial del tercer mundo ni sucede en el modo y manera de aventura romántica a la puesta del sol con templos y paisajes recortándose en el horizonte. Y también es contradictorio que esas imágenes arquetípicas aparezcan ante lo ojos del espectador, acostumbrado a contemplar escenas similares en películas de muy poco vuelo, pero en ese ofrecimiento el resultado intelectual y visual es mucho más rico y complejo que el de un relato lineal orientado, desde el principio, a un melodrama romántico de "final feliz".

Si algo es difícil de elogiar entre los cineastas contemporáneos es la creación de un estilo propio, de una filmografía que pueda decirse como reconocible entre tanta mediocridad y calco argumental y estético. El apabullante dominio de Hansen Love con la imagen no está dirigido a que ésta predomine sobre el relato, sino a integrarse con él de tal manera que la fluidez, la sencillez, la honestidad de lo que vemos, forme parte, sin alardes técnicos (aquí la ayuda en este caso de la directora de fotografía Hélène Louvart se antoja imprescindible) de la propia estructura narrativa. La imagen no se nota, pero es fundamental para la credibilidad de lo que se no cuenta. Nuestra mirada no se adultera con juegos técnicos que alteren nuestra percepción y nos distraigan de lo esencial. Tal armonía visual no hace sino acompañar a los personajes con una delicadeza que elimina cualquier cursilería en la historia. Es la imagen la que transmite realidad a lo que se nos cuenta y la que ayuda a que una serie de tópicos, en abstracto, se transformen en una verdad inatacable, esa verdad de los sentimientos que van acumulándose mediante la sucesión de elipsis que eliminan tiempos muertos, pero al mismo tiempo proporcionan información suplementaria en cuanto vemos los rostros de los personajes pasadas las semanas o meses.


Cuándo Gabriel se ha recuperado, cuándo se han enamorado los dos protagonistas de la historia, cuándo y por qué surge la necesidad de Gabriel de volver a su trabajo, cuándo volverán a verse si es que eso llega a ocurrir, son preguntas que la película va dejando en su camino para que cada uno proyecte su sentimiento, pero no para que se obtenga la respuesta. La mayoría del cine actual está gobernado por un determinismo en la acción que condiciona lo que los personajes hacen mediante un guión férreo orientado a una resolución que se anticipa desde los primeros compases. Guión habrá, incluso con el mismo determinismo, en el cine de Hansen Love, pero el espectador no lo siente; la rehabilitación de Gabriel, el enamoramiento de Maya, la elipsis que anticipa la confesión de Gabriel, suceden con tal naturalidad, los acontecimientos se desbordan huyendo de subrayados que, con creciente perplejidad, asistimos a la naturalidad de la vida, al reconocimiento de las ausencias irremplazables, a los afectos inconclusos, a los amores temidos, a las dependencias unidas por hilos invisibles; y cuando todo esto va progresando y te has dado cuenta, lo que parecía común, corriente, normal, ha explotado en tu cerebro como cada vez que piensas en tus propios errores, en tus propios miedos, en tus ensimismamientos mudos y sin compartir, y así llegas a la conclusión de haber disfrutado de una gran película.

MAYA. Francia. 2018. Dirección: Mia Hansen-Løve. Guion: Mia Hansen-Løve. Producción: Philippe Martin y David Thion (para Les Films Pelléas y Razor Film). Fotografía:  Hélène Louvart. Montaje:  Marion Monnier. Diseño de arte:  Mila Preli. Productoras: Les Films Pelléas, Razor Film Produktion GmbH, Arte France Cinéma, ZDF/Arte, Orange Studio, Sofinergie 5 FCM, Dauphin Films, Pio & Co. Intérpretes:  Roman Kolinka, Suzan Anbeh, Judith Chemla, Alex Descas, Pathy Aiyar, Aarshi Banerjee, Pascal Hintablian, Johanna ter Steege, François Loriquet, Sandrine Dumas, Nicolas Saada, Violaine Gillibert. 107´.

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