miércoles, 3 de julio de 2019

L,ÉPOQUE (Matthieu Bareyre, 2018)








Periódicamente suena la Follia de Vivaldi y el ambiente parece distenderse. El ritmo barroco de la música acompaña la noche en la que los jóvenes de París asisten, entre el desconcierto del Charlie Hebdo y Bataclan, la llegada de Macron, la amenaza de Le Pen y la ausencia de perspectivas, a su propio nihilismo y vacío presente. Los arcos de los instrumentos sobre las cuerdas y la rabia del discurso, del razonamiento, de la depresión, de una derrota que desemboca en violencia gratuita y sin objetivo, se complementan. La música de Vivaldi es contagiosa, rítmica, frenética, vigorosa, vibrante, como la palabra que va pronunciándose durante el documental, pero bastante ineficaz. Se une así Bareyre a un conjunto de obras del cine francés más reciente que sale a la calle para, ficcionalizando o no, radiografiar, o intentarlo, el espíritu de "La France Insoumise". No hay grandes discursos colectivos, ni idearios comunes, hay un destilado de frustraciones individuales que se agrupan sin perder ese individualismo. Aquí el sistema ha funcionado y ha sabido anular la capacidad social del grupo, que haya muchos jóvenes protestando no representa un riesgo inasumible para un Estado, en definitiva son fácilmente cauterizables uno por uno, porque no dejan de ser ciudadanos-estado sin conexiones permanentes con el resto del grupo. Bareyre da la voz a los jóvenes y trata de apartarse, aunque en ocasiones sea interpelado por ellos o interactúe con las imágenes.

Bareyre, como Sylvain George, Joseph Gordillo, Clement Cogitore, Benjamin Crotty, o Emmanuel Marre; entre otros; en sus diferentes estilos, épocas, pero huyendo claramente de la ficción más convencional si no respetando a pies juntillas sus cánones, dejan la cámara grabando para que el interlocutor se exprese. Muchas veces no será lo que se dice o expresa lo importante, sino el cómo, o no la persona sino lo que le rodea. Place de la Republique, Bastille, Champs Elysées, le Marais, los boulevares del 5º y 6º distrito; el espacio urbano se asoma a la película de Bareyre como un campo de batalla en el que la palabra "citoyen" ha perdido toda su resonancia republicana y la "liberté" brilla por su ausencia, non digamos la "égalité". El discurso del político sirve de base rítmica para un himno de "hip-hop" pero la esperanza del cambio sobre la vida de la gente corriente ha desaparecido. La policía no es la policía del pueblo sino la de Macron, la de Hollande, la de Sarkozy, como será la de Le Pen en el futuro. La policía representa el miedo y nuestros interlocutores no generan miedo sino a quienes están tan sometidos al sistema de control como los que incendian papeleras o rompen las lunas de McDonalds.

Vivaldi es el interludio, el ritmo equilibrado y furioso que recuerda al Cogitore de "Les indes galantes", ese cortometraje sencillo y furioso donde todo está en la puesta en escena para trasladar la rabia y al presión de los danzantes. Baréyre opta, equilibradamente, por intentar mezclar compromiso y hedonismo, y casualmente la Francia joven que disfruta de una noche de fiesta suele ser la Francia blanca y no la de segunda o tercera generación. Los problemas entre los jóvenes blancos de burguesía acomodada (también es cierto que uno de los mensajes más valientes y reveladores lo ofrece un estudiante de económicas que reconoce su cobardía y la mentira que rodea las relaciones del mundo moderno) y los de los jóvenes de banlieu de origen centroafricano, magrebí o asiático difieren sustancialmente entre sí; los problemas existenciales sobre soledad, amores, responsabilidad, dejan paso a los problemas del tercer mundo dentro del mundo privilegiado, son los problemas del excluído por su condición social y no por su nacionalidad. Y en ese cúmulo de declaraciones sobresale Rose, la francesa que quiere renunciar a su nacionalidad, para la que ojalá se cumpla su deseo de recalar en Togo o Mali, repugnancia hacia un país que deja morir en el Mediterráneo a centenares de personas, un país donde su nacionalidad francesa no es obstáculo para que sea requerida constantemente por la policía para identificarse por el color de su piel. En las lágrimas de Rose, como en la mirada de DJ Soall, o en la abatida confesión del estudiante se resume perfectamente la desorientación de un país, tres islas en medio de una multitud de imágenes y referencias que avocan a una conclusión incontestable, el miedo de la juventud y la ausencia de respuestas para su frustración.

No puede evitar Baréyre el juego, sean reflejos urbanos cabeza abajo fruto del reflejo sobre un estanque o el momento impagable en el que cámara y policía se retan y se filman recíprocamente. Un duelo de cámaras sobre el que nunca quedará duda acerca de quien ganaría en caso de enfrentamiento. Pistoleros del far-west midiendo su capacidad intimidatoria. A la policía las cámaras ajenas le incomodan porque graban sus abusos y al manifestante porque sabe que puede ser reconocido en el mundo del gran hermano en el que el móvil personal va dejando un rastro indeleble de nuestra vida, hasta cuando hacemos lo que no se quiere que se sepa. Dos cámaras frente a frente o un plano en travelling sobre un patinete, rápido sistema de huida cuando los C.R.S. cargan para hacer daño, son momentos de inspiración visual en medio de una  noche constante que no hace sino constatar que Paris ha dejado de ser una fiesta porque ahora "hay oscuridad en el país de las luces", por más que la música, no sólo Vivaldi, sea un elemento constante en la relación de estos jóvenes con el mundo en el que sobreviven, una música que permite, al menos, constatar que las miradas, los guiños cómplices, el roce de los cuerpos o el beso entre amantes de cualquier orientación sexual perdura en tiempos de desconcierto.











































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