viernes, 12 de julio de 2019

HELLHOLE (Bas Devos, 2019)


Una película hecha a partir de silencios, de conversaciones tímidas donde nadie se compromete, de miradas llenas de miedo y desconfianza. El plano inicial enfoca un cielo azul y luminoso, contrapuesto al sentido último del relato. Ese plano recurrente, que irá apareciendo en más ocasiones a lo largo de la película irá modificándose, no por el encuadre, sino porque ese cielo de Bruselas irá llenándose de nubes, cada vez más amenazantes, cada vez más oscuras, incluso hasta alcanzar la propia de la noche. Devos muestra una ciudad después de una sacudida violenta que ha conmocionado a toda su población. Los atentados de Bruselas de 2016 produjeron el mismo efecto paralizador que los de cualquier otra capital occidental desacostumbrada al terror indiscriminado encaminado a producir el mayor daño posible. El shock del momento no hace sino incrementar las sensaciones urbanas ya preexistentes, "hellhole" no es sino el lugar donde todos los personajes de la ficción viven, la capital de Europa, la mal llamada capital del yihadismo europeo.

Un médico, un adolescente de origen norteafricano nacido en Bélgica y una traductora en las instituciones europeas son los ejes sobre los que se asienta una historia en la que ninguno de ellos funciona como protagonista ni como motor de la narración, sino que aparecen como figurantes de un mundo en absoluta descomposición, incapaz de rearmar su optimismo y de dar calidez a las relaciones humanas. Seres aislados y solitarios obligados a enfrentarse a un miedo existencial reactivado por el miedo colectivo. Los espacios urbanos son retratados por Devos para interpelarnos sobre esa misma soledad. Cuanto mayor parece la pequeñez individual y la irrelevancia de las vidas diarias si cuando la cámara abandona los espacios privados  el exterior, la calle, los edificios, las paredes, aparecen igualmente vacíos, como abandonados. En la película de Devos el espacio público ha sido abandonado, el miedo ha generado un rechazo social a exponerse. El metro se transforma en un lugar hostil donde la mirada del viajero vigila de manera permanente a todo aquél que sube y se transforma en potencial terrorista. Al paisaje urbano occidental le ha surgido un nuevo decorado con vocación de permanencia, la presencia tranquilizadora y asistencial del policía ha sido sustituida por la del ejército, en traje de campaña y con armas de guerra. Un estado de alerta permanente que, en vez de tranquilizar, recuerda de manera constante que nos hemos convertido en sospechosos y que nuestra tranquilidad y confort es mera propaganda.

El cielo, que al principio puede parecer evocador, o hasta intentar acercar la materialidad de nuestra existencia a un sentido espiritual, también sufre esa transformación hacia algo intangible pero amenazador. La figura de un caza F-16 del ejército belga asume, de esta forma, la entidad de un personaje que se asimila al de las patrullas militares por las calles de Bruselas. Lo que es sinónimo de destrucción a través del hijo del médico, piloto militar desplazado a algún punto caliente del planeta, también se transforma en amenaza para la propia ciudadanía que sufraga ese coste, porque el arma de destrucción se convierte en elemento de vigilancia interna en un colofón excepcional de la película cuando un plano circular nos ofrece la perspectiva completa de las líneas geométricas y aerodinámicas perfectas de la aeronave en estado de reposo. Como un pájaro en su jaula, adormecido y latente a la espera de desplegar todo su poderío de muerte, en el que el color naranja  de la turbina nos recuerda que no todo lo que parece perfecto puede ser tranquilizador.

Así el dolor de cabeza incapacitante que sufre el joven, el espíritu depresivo de ese médico por el que terminan pasando pacientes sin enfermedades reales o el estado de confusión mental en el que se mueve la intérprete, vienen a representar la inexistencia de respuestas para la deshumanización del presente y la plasmación de los efectos del individualismo y la exclusión en las sociedades que conocemos. Programados para el placer aparecemos incapacitados para solventar las dificultades y las frustraciones, incapaces de vivir sin una ciudad ésta la hemos ido conformando de manera inhumana llena de muros y barreras; económicas, culturales, raciales, lingüísticas, generacionales. En su primera película Devos trazó un mapa preciso de los efectos de la violencia sobre un personaje, ahora amplía su campo de experimentación a las mismas consecuencias dentro de una ciudad, no permitiendo un momento de respiro ni esperanza. "Violet", VIOLET reseña esa primera película, era demoledora en primera persona, ahora "Hellhole" lo es en primera persona del plural.

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