jueves, 27 de junio de 2019

MOUTON (Marianne Pistone y Gilles Deroo, Francia)


Sobre la imprevisibilidad de nuestras vidas, pero también sobre esa monotonía que provoca estabilidad y confianza, se sustenta el primer largometraje de los directores franceses Marianne Pistone y Gilles Deroo; caracteres vitales en los que influye, y no de poca manera, el azar, un azar en esta ocasión, muy distante como para convertirse en epígono del de Rohmer, pese a que ese ambiente marítimo del norte de Francia nos recuerde, en muchas ocasiones, algunas de las localizaciones del clásico, si bien la locuacidad de sus personajes se transmuta, en el caso de Pistone y Deroo, en ascetismo verbal, en gestualidad silente, en economía del silencio que se apoya en la fortaleza de las imágenes. Hay un azar caprichoso y cruel que juega con "Mouton", el aparente protagonista de la narración, pero que al incidir de manera directa sobre él, termina afectando al grupo de personas que se ha relacionado con el mismo una vez que entra a trabajar en un restaurante de playa en pleno invierno, tras ser acogido por los servicios sociales al negarse a seguir viviendo con una madre que, en la primera escena de la película, deja claras sus limitaciones personales y su falta de aptitud maternal.


"Mouton", apodo de Aurelien, parece limitado para relacionarse con el mundo que le rodea. La primera escena le coloca fuera de campo auditivo, la cámara se sitúa en la habitación donde la madre habla con la asistencia social mientras vemos cómo el chico se encuentra en otra y solo permanece el contacto visual. Parecería que la madre lucha por la custodia ante la inflexible rueda burocrática que ha decidido sustraer a Aurelien de ese mundo caótico que representa su familia, pero la verdad es muy diferente y el trabajador tendrá que revelar a la madre que todo es iniciativa y deseo del menor. Y ruptura. Porque la narración de los dos directores se sitúa entre la confortable linealidad del relato sencillo y aparentemente tranquilo, y el corte sorpresivo y mutante. Del trabajo a la burla, del primer amor al "bulling" aceptado como juego, del primer encuentro sexual al fin de la relación por el azar.


Más de la mitad de la película se concentra en Aurelien como catalizador del relato. Apenas hay movimiento de cámara, un ritual diario de vestirse, recoger la materia prima que a primera hora llega al restaurante donde también duerme, preparar los productos, ir aprendiendo el oficio; un lugar donde ser respetado como persona se antoja ya como un triunfo personal pese a esos rituales violentos y ofensivos a los que se deja someter con el grupo de amistades que va creando en esa pequeña población normanda. La parsimonia del personaje se muestra en la imagen, la cámara permanece fija o con ligeros movimientos dentro de ese espacio en el que "Mouton" ha alcanzado su "hogar", su "seguridad". La brevedad de ciertos planos secuencia se hacen coincidir con novedades imprevisibles que llegan a suceder en ese "huis clos" culinario, como ocurre con la llegada de una camarera a un lugar exclusivamente masculino y que permite la aparición del primer amor para "Mouton", un plano secuencia recorre el restaurante en busca del aprendiz, y lo encuentra oculto tras una cortina que separa el comedor de la cocina, besándose con la chica. Lo huidizo de lo furtivo rompe el plano secuencia ante el temor de ser descubiertos, cada uno por su lado antes de que el azar lo estropee todo. Por tanto, a ritmo moroso y constante, observamos el crecimiento natural de un personaje en medio de la monotonía cotidiana que le proporciona la estabilidad de la que carecía al inicio de la aventura.



Los creadores huyen de las explicaciones, del determinismo en los personajes. En la vida hoy estás y mañana quién sabe, cuando te levantas no sabes si escogerás un tartar para cenar o no cenarás, si irás de fiesta y te emborracharás o tus amigos te escupirán en  la cara mientras tu te ríes, o si lo que empieza con el himno nacional terminará con la amputación de un brazo en un suceso inexplicable. Esa ruptura, ahora sí brutal y radical en el relato, introduce una modificación sustancial en el mismo. De seguir a "mouton" de manera constante, pasamos a ver lo que los demás sienten, viven, padecen o disfrutan después de que "Mouton" pase a un fuera de campo absoluto. Ahora el relato se disgrega, se atomiza, se fragmenta. Lo que parecía un episodio vital de un personaje se muta en media docena de minihistorias muy concretas, muy precisas, muy intimistas, durante los últimos 40 minutos de película.


La vida de Aurelien ha cambiado pero ya no la vamos a ver, ahora acompañamos a su grupo de conocidos meses después del azar trágico que, de una manera u otra, marca a todos para el futuro. Probablemente la vida personal de todos ellos no se ha visto afectada de manera directa, pero ese azar que se cruzó con uno, ha dispersado al grupo, que se mantenía unido con una leve armazón de "outsiders" en un lugar en el que un mero viaje a Venecia se considera toda una proeza vital como sinónimo de lujo, y que ha saltado por los aires al mínimo contratiempo; y Deroo y Pistone deciden mostrarnos la fotografía del momento, el presente frágil en el que todos ellos se han instalado, sin más proyecto que el mañana inmediato. Y nosotros con ellos les acompañamos. pero sin esperanzas de saber qué les mueve ni qué les deparará el futuro,  y el relato se convierte, así, en el lujo de la indefinición, del ser humano libre alejado del guión férreo y determinista. Un relato abierto y sin final, como nuestras vidas.





MOUTON. Francia. 2013. Dirección : Gilles Deroo, Marianne Pistone. Guión : Marianne Pistone, Gilles Deroo. Fotografía : Éric Alirol, Jean-Baptiste Delahaye. Décors : Lionel Roy. Sonido : Jérémy Morelle, Adrien Fontaine, Aurélie Valentin. Montaje : Marianne Pistone, Gilles Deroo. Produccion : Boule de Suif. Reparto: David Merabet (Mouton), Michael Mormentyn (Mimi), Cindy Dumont (Louise), Benjamin Cordier (Ben-J), Emmanuel Legrand (Jumeau 1), Sébastien Legrand (Jumeau 2), Audrey Clément (Audrey), Louisette Choquet (la maman de Mouton)... Distribuidor: Shellac. Duración: 1h40





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