miércoles, 12 de junio de 2019

MACAO (Josef von Sternberg, 1952)


El local de apuestas "Quick Reward", con su toldo amarquesinado y sus neones, evoca otro local donde el capitán Renault se ofendía al enterarse de que se jugaba en su interior en el mismo instante en que recibía el sobre con el correspondiente soborno por hacer la vista gorda. "Quick" y "Rick,s" mantienen cierta eufonía y ambientes exóticos proclives a la delincuencia, a la corrupción, al sexo, al amor rápido y a la traición permanente. A ese lugar tan atemporal como mercantilista que es Macao, llegan tres viajeros al mismo tiempo y por diferentes motivos desde el cercano Hong Kong. Nick Cochran (Robert Mitchum), un fugitivo de la justicia americana por un delito menos grave de lo que él creyó al principio, Julie Benson (Jane Russell) una buscavidas de puerto en puerto pero deseando regresar a su país y, de ser posible, con la pareja perfecta; y Lawrence C.Trumble (William Bendix), un aparentemente anodino viajante de cosméticos y medias. Estos tres personajes desembarcan, en medio del calor sofocante del sudeste asiático, en un puerto cuyas tres millas alrededor, el territorio de la ciudad-colonia, es controlado por la mafia local dirigida por Vincent Halloran (Brad Dexter) con la ayuda de la policía y suficiente mano de obra barata, acompañado por la chica enamorada de los diamantes y que sabe tirar los dados para que la casa siempre gane, Margie (Gloria Grahame).

Macao, o como se dice al iniciarse el día que sigue al primer crimen «Esto es Macao. Una fabulosa mancha en la superficie de la tierra junto a la costa sur de China. 35 millas en barco la separan de Hong Kong. Macao es una antigua colonia portuguesa. Atractiva y pintoresca. La encrucijada del lejano Oriente. Su población, una mezcla de todas las razas y nacionalidades es en su mayor parte China. Llamada El Montecarlo del  Oriente, Macao tiene dos caras. Una, tranquila y abierta la otra, velada y secreta. Aquí, millones en oro y diamantes cambian de manos constantemente. Parte, en las mesas de juego y misteriosamente durante la noche. Macao es el paraíso de los fugitivos porque más allá del llamado límite de las tres millas, acaba la autoridad internacional». Macao es un lugar para almas solitarias, perdedores refugiados en un pequeño espacio de territorio donde la aparente libertad no deja de ser una cárcel al aire libre.


La película se ha iniciado con una típica persecución portuaria (recreación de estudio), donde un grupo de personas persigue a un hombre vestido de blanco entre los callejones oscuros y los pantalanes inestables de ese puerto que hace de ciudad flotante. Las sedas de los nativos y los trajes blancos de los occidentales en la penumbra, los reflejos de la luna sobre el agua, las redes puestas a secar que hacen de entramado a través de los que la cámara filma. Una típica escena de cine negro con asesinato final y caída al canal. La duda sobre si el perseguido pertenece a los buenos o a los malos se despeja enseguida, se trata de un policía infiltrado norteamericano enviado para engañar a Halloran y que éste abandone el refugio, que se ha convertido en celda dorada, de sus tres millas de impunidad y poderlo enviar de vuelta a los EEUU para ser juzgado. A partir de ese preámbulo el desarrollo de la historia viene marcado por esa obsesión policial y el papel de los recién llegados a la ciudad. El macguffin sobre quién de ellos será el nuevo policía enviado a completar la misión, junto con la alta chispa erótica que ya se ha prendido en el barco de llegada entre Mitchum y Russell, pareja que ya había coincidido en pantalla el año anterior en "His kind of woman"de John Farrow y un no acreditado Richard Fleisher, producidos igualmente en la sombra por Howard Hughes, "protector" de Jane Russell; unido a las miradas de deseo que la Grahame dirige al aventurero cosmopolita, hacen que el relato se decante más por la resolución de la tensión sexual entre este trío, que por la deslavazada historia policial, más propia de un tebeo juvenil que del director de tan alto número de obras maestras como es Sternberg.


Y es que éste estaba a punto de colgar la claqueta, apenas si había rodado un par de películas en la década de los 40, y finiquitada su relación con la Dietrich parece que su genio director se había esfumado. Eso, y cruzarse con Howard Hughes pueden ser razones suficientes para acabar con cualquiera. El megalómano y egocéntrico personaje de Hughes disponía del dinero para los rodajes, pero a cambio ejercía un control absoluto sobre todo el producto, chocando con el propio ego del director, dividido entre varios frentes, no sólo el del productor imponiendo su idea de la película, probablemente nefasta para que su chica luciera todo el palmito que la censura permitía, sino el de Robert Mitchum y su clan, enfrentados y díscolos ante el conocido carácter dictatorial del director en los rodajes.  Y todo esto se nota en la película, que toleramos por la merecida fama de su creador y la solvencia de sus actores, pero cuyo guión apenas se sostiene sobre un armazón endeble e increíble, lleno de patrañas argumentales cuyas explicaciones se hurtan porque, verdaderamente, ha de ser muy complicado poder dotar de lógica a todo aquello. Y cuando el asunto se pone feo usemos a la pin-up para que la cámara recoja su escote, sus muslos, sus interminables caderas, enfrentando a la mujer fatal voluptuosa con la mujer fatal frágil de una Gloria Grahame todo contención y mesura; la voluptuosidad de un cuerpo frente a la transmisión de una mirada.

Casualmente al año siguiente Howard Hawks rodará "Los caballeros las prefieren rubias", y así la Monroe parecerá vengar a la Grahame de "Macao", repitiendo Jane Russell ambos papeles protagonistas en las dos películas. En una de esas escenas, como tantas, que se salvan por la imagen del cineasta y la solvencia de los actores, pero no tanto por su entereza argumental, tras escapar Mitchum de un secuestro que no viene a cuento, al conseguir reunirse con la morena Russell ésta aprovechará para echarle en cara que "prefiere a las rubias", no es verdad, pero la Russell no lo podía saber, aunque la escena servirá para que lance todo tipo de objetos a Mitchum, tijeras incluídas, eso sí, adelantando lo suficiente la pierna derecha para que apreciemos todo su esplendor a través de la apertura de la bata. Esta, y no otra, ha de ser la contribución de Hughes a la historia del cine, poner a prueba el código Hays. 

Pero incluso siendo una película mediocre en sus propuestas y sus soluciones, la chispa de Sternberg sobresale de vez en cuando, aunque casi brillan por su ausencia los travellings laterales y los movimientos de cámara inclusivos tan propios de sus películas de la década de los 20 y los 30, y los números musicales de Russell se acercan más al music-hall de Las Vegas que al cabaret berlinés que tan bien transmitía Dietrich con sus canciones, se mantienen las sombras proyectadas en las paredes, la noche y sus luces tan bien captadas por su ojo, alguna réplica y contrarréplica ácida y ajustada a esa tensión sexual permanente, o el brillo de una idea genial para separar el mundo de los sueños del mundo de la realidad, como esa casa de juegos donde en la planta baja se apuesta y en la planta de arriba se recogen las ganancias mediante cestas en las que las croupiers colocan joyas y los cajeros devuelven billetes. Es probable que Sternberg no compartiera el resultado final, pero el tono marcado por la producción se resume en esta frase del papel de Jane Russell «Trabajé en los clubs nocturnos de Miami. Primero haciendo fotos y luego vendiendo cigarrillos. Ya sabe, medias negras muy altas y faldita corta». Pues eso es lo que le ocurre a "Macao", conocida en España como "Una aventurera en Macao", que hay ideas tan cortas como las falditas que tuvo que usar Russell para vivir, por eso Hughes se sirvió de Nicholas Ray para terminar de "rematar" el producto.



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