martes, 21 de mayo de 2019

THE LONG GRAY LINE (Cuna de héroes, John Ford, 1955)


¿Qué razones conducen a una película a permanecer en un cajón del olvido cuando no a un cierto desprecio condescendiente teñido de prejuicio ideológico? En cualquier lista donde se solicite nombrar a los diez más grandes directores de la historia del cine John Ford ocupará uno de esos lugares, muchas veces encabezando algo tan subjetivo como escoger entre lo inigualable y lo sublime. El listado de obras del director es tan importante, no sólo por su número, sino por su calidad, que cuanto más de su cine se vuelve fácilmente accesible, más razones hay para admirarlo, apartándose de significados y significantes políticos, sociales o culturales. Para los detractores de Ford, pocos es verdad, siempre hay una mancha que reprochar en su cine, si alguna de sus películas puede rozar la misoginia, si encarna valores de un conservadurismo exacerbado, si en su dibujo de la vida militar hay demasiado idealismo, mucha edulcoración y poca crítica antibélica, pero ¿no será su cine un simple reflejo de lo que veía en esas sociedades militarizadas y aisladas?, esas enormes familias uniformadas obligadas a convivir durante décadas en remotos destacamentos, en largos periodos de instrucción, con esa mezcla de disciplina y lealtad obediente, fiel y ciega donde los hombres se preparan y combaten y las mujeres crían y mantienen el orden en el hogar. Algo así debe suceder con "Cuna de héroes", donde el entorno sepulta a la obra hasta apenas ser mencionada como una de las grandes entre las grandes del, probablemente, más grande de todos.

Es muy diferente retratar un hecho histórico a reivindicarlo propagandísticamente sin fundamento; y el cine de Ford podrá analizarse ideológicamente, pero se correrá el error de valorar el arte por lo anecdótico y no se será capaz de aislarse del envoltorio político coyuntural y apreciar su forma, su historia, sus personajes, la indudable transmisión de una emoción en la que “The long gray line” es uno de los más bellos representantes de su cine, porque el “crescendo” emocional al que Ford somete a sus protagonistas, y al mismo tiempo, al espectador, en muy pocas ocasiones se ha logrado de esta manera progresiva, constante, masticable hasta que la lágrima asoma entre los párpados de manera espontánea, natural, sin falsas trampas para engañar al espectador. Es la vida de un matrimonio la que nos lleva desde momentos que nos acercan al “slapstick” más alocado (esa llegada de  Tyrone Power a West Point parecida al personaje del pueblerino que llega a la gran ciudad y todo le sobrepasa, como le ocurría a Gene Kelly cuando se cruza con Cyd Charisse en Bailando bajo la lluvia), que hace de Power una especie de Keaton apuesto, hasta que Marty Maher contrae matrimonio y “sienta la cabeza” con la bella irlandesa procedente de la añorada isla, Mary O,Donell (Maureen O,Hara) y la película se hace más madura, como lo es el fín de la juventud y la llegada de responsabilidades que nos restan alegría. Es la historia de Marty Maher, pero es la historia de la vida con mayúsculas.



Las razones por las que el capitán Kohler (Ward Bond) llega a confiar en Maher para que vaya asumiendo responsabilidades como instructor de los cadetes de la prestigiosa academia militar quedan en el olvido, el instructor sin instrucción aprende al mismo tiempo que sus cadetes ganándose un respeto basado en la confianza y la cercanía. Esa hora inicial puede resultar la más divertida en su conjunto de la filmografía fordiana, al nivel de excelencia, sobreentendidos, jocosidad de “The quiet man”, un humor que nos desarma, que nos deja indefensos, ante el torrente emocional que nos espera en su segunda parte, esperable pero a la que no queremos enfrentarnos, cuando esos chicos criados para la guerra pero sin la guerra, empiezan a desfilar hacia los campos de batalla del siglo XX. Es posible que esa relajación de la risa, y hasta la carcajada, de su planteamiento nos haga confiarnos, y cuando empieza el drama, que no es sino el lento transcurrir de una vida, con sus alegrías y sus tristezas, el cambio de tono, previsible porque somos conscientes del calendario, y hasta anunciado, produzca, con la misma naturalidad, el nudo en la garganta.







El relato cerrado de Ford en el entorno de la academia militar, con sus categorías, sus clasismos, sus incidentes menores y mayores, no produce en ningún momento sensación de encierro. A través de elipsis, cada vez más prolongadas en las que la mayor será la que casi abarca el periodo de entreguerras, que Ford aborda sin mayores explicaciones porque sabemos que la vida de Marthy y Mary goza de la estabilidad de la monotonía y el afecto, y que la Academia siempre funciona bajo la estricta uniformidad de hacer cotidiano lo que siempre se ha hecho de esa manera tradicional, porque 20 años no son nada en la vida de una institución aunque para una persona sea un tercio de vida activa. 20 años sin guerras son un bálsamo para quien prepara oficiales para la guerra, pero los momentos dolorosos del instructor se reavivan en las trincheras del Somme o en la batalla del Pacífico. No necesitamos escenas bélicas porque Maher tampoco sabrá lo que es el combate, sólo, como nosotros, sufrirá las consecuencias de los listados de bajas colgados en el tablón de anuncios y su metódica dedicación colocando cintas negras en las páginas de los anuarios académicos para recordar a los caídos. Cada vez que su ánimo flaquee, será Mary O,Donell la que le recuerde dónde debe permanecer.

El reflejo visual de la vida militar edulcora los problemas exaltando la camaradería y la fraternidad; la discrepancia se ahoga bajo el peso de la disciplina, el orden y el mando; la visión de las paradas militares es, sin duda, hagiográfica; pero en ningún momento se percibe un alarde reclutador ni manipulador. No hay que olvidar que la película se rueda justo después de la guerra de Corea, que el código Hays y el anticomunismo estaban en pleno apogeo en los años de Eisenhower (presidente de 1953 a 1961 y alumno también de Maher) y pese a ello Ford no pretende hacer, o no me lo parece, un lavado publicitario del ejército, ni un discurso ideológico en un país donde bandera y patria son aceptados sin mucha discusión. Ford utiliza el ejército para hablar de una vida real, la del sargento mayor (después de más de 50 años en el ejército no fue un gran progreso en el escalafón el alcanzado por nuestro querido protagonista) Maher, la de su esposa, la de su padre, la de sus cadetes, que al graduarse alcanzan el título de alférez y se sitúan inmediatamente por encima del propio Maher en una carrera siempre inalcanzable para éste, y que, íntimamente, le frustra pese a las compensaciones; unas vidas todas ellas que, de manera sublime, vuelven a Maher en los planos finales de la historia.


Porque la intensidad emocional de su final es difícilmente igualable, esos últimos quince minutos atesoran la esencia del cine de Ford, su respeto a la tradición, si, y a la amistad, y a la familia, y a valores intensos que, en ocasiones, pueden no ser compartidos pero que en la cascada de sensaciones que transmite la aparente sencillez de sus formas, huyendo de encuadres imposibles o efectos visuales artificiales, te transportan a la esencia misma de una navidad infantil que dejaste atrás hace mucho y en la que ya no crees, o te sientes como el propio Maher tras entrevistarse con el presidente y antiguo alumno, honrado por una parada militar heredada desde los inicios de la academia, la larga fila gris del título, ese espectáculo que, si no fuera porque hay que asociarlo a la peor realidad del ser humano, que es la guerra, resultaría admirable desde todos los puntos de vista. Ese desfile que homenajea a Maher en su jubilación es la recapitulación de una vida, todos los seres cercanos que han ido desapareciendo, todos los muchachos que vieron truncados sus sueños por una bala, una bomba, un torpedo. Digno de admiración es que desde las antípodas el cine de Ford cale de manera tan profunda y te haga olvidar hasta tus propias convicciones, como a ese oficial que, disimuladamente, utiliza sus guantes para enjuagarse las lágrimas inevitables.


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