miércoles, 8 de mayo de 2019

TERET (La carga, Ognjen Glavonic, 2018)



Huyendo de la representación explícita del crimen, no querer ver no te hace más ignorante ni te deja de hacer cómplice de las situaciones a las que das la espalda. “La carga” huye del componente moral de los actos, se limita a exponer realidades y a hacernos partícipes de lo complicado, por no decir imposible, que resulta que en situaciones límite nuestra moral personal sea capaz de superponerse a la barbarie generalizada del poder. Uno de los principales méritos del dibujo del personaje de Vlada (Leon Lucev) que realiza el director serbio Ognjen Glavonic, es el de omitir cualquier intento de que el espectador asuma una posición crítica o favorable hacia su comportamiento, simplemente, como ya hizo en su anterior “Depth two”, trata de colocarnos en el espacio, en el tiempo y en las sensaciones ambivalentes de quien no queriendo hacer lo que cree estar haciendo no tiene mecanismos para evitarlo si quiere sobrevivir.


Ante la representación del mal absoluto se puede optar por mostrar la crudeza evidente del acto criminal en sí, que suele ser la opción más seguida en el mundo del cine, por ser la más fácil y la menos arriesgada para producir emociones seguras, al tiempo que es la más exhibicionista, o limitarse a proporcionar los datos y que el espectador asuma la irrepresentabilidad del horror. La dialéctica entre la opción de Pontecorvo en “Kapo” y la de Lanzmann en “Shoah” es de sobra conocida, mención aparte de la intervención intelectual de Godard. La ética de las imágenes frente a la estética de las imágenes, para Lanzmann los campos fueron el lugar de lo irrepresentable y el hecho de enseñar cualquier imagen de aquella realidad inimaginable no haría más que dañar a ésta, pues fuera cuales fueran cualquiera de las dos, nunca podrían dar cuenta de su verdadera envergadura. Jacques Derrida lo explica de la siguiente manera “«Lo que aparece al desaparecer en Shoah, esta ausencia de imágenes directas o reconstituidas de lo que “eso” ha sido, aquello de lo que se habla, nos remite a los acontecimientos de la Shoah, es decir, a lo irrepresentable mismo. Mientras que todos los films, cualesquiera sean sus cualidades o sus defectos, por otra parte – no se trata de eso –, que han representado el exterminio, no pueden remitirnos más que a algo reproductible, reconstituible, es decir, a lo que no es la Shoah. Esta reproductibilidad es un terrible debilitamiento de la intensidad de la memoria. La Shoah debe seguir la vez en el “eso tuvo lugar”, y en lo imposible de que “eso” haya tenido lugar y sea representable».



O en palabras de Lyotard “No puede ser representado, a no ser con falla, nuevamente olvidado, pues desafía a las imágenes y a las palabras. Representar “Auschwitz” en imágenes, en palabras, es una forma de hacerla olvidar”. De manera no tan extrema Glavonic se alinea con esta opción y carga contra su propio país sin necesidad de mostrarnos el exterminio de bosnios, croatas o kosovares. No estamos en el horror irrepresentable de Auschwitz, pero estamos en la reproducción de técnicas conocidas allí. El ambiente, lo que se dice, y lo que se calla, sirven para exponer el mal y plantearnos la dificultad de su representación fehaciente. ¿Cómo imaginar el asesinato de miles de personas a sangre fría, desarmadas, civiles o militares, adultos o niños, enterradas o desplazadas para hacerlas desaparecer por el simple hecho de una diferencia cultural o racial? Es fácil representarlo en imágenes, pero es irreprochable no hacerlo porque en nuestra mente racional debería ser imposible manejarse en ese tipo de códigos (es lo que le ocurrió a Jan Karski cuando intentó convencer a Roosevelt y sus intermediarios del alcance y vesanía del horror nazi, y que también recoge Lanzmann en su “Le rapport Karski”).


El título de la película, el entorno en el que se desarrolla, en medio de la guerra serbio-kosovar con los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado en 1999, el carácter clandestino de un viaje, la entrega de un salvoconducto a un camionero para evitarle problemas o preguntas incómodas en el trayecto, la búsqueda de carreteras secundarias, los misteriosos golpes que de vez en cuando, y cada vez con menos frecuencia, proceden del interior de la caja del camión, el desanclaje parcial de las bisagras de una de las puertas; conforman una información suficiente para que el espectador se represente una realidad estremecedora que previamente había servido a Glavonic para hacer su documental sobre los crímenes de guerra serbios sin mostrar imagen alguna del horror; con el simple testimonio de víctimas y verdugos fuera de plano y una sucesión de imágenes de los lugares donde esas barbaridades pudieron tener lugar junto con algunas de las evidencias recogidas tras la apertura de las fosas.


La maestría del documental no consigue que la película tenga esa misma fuerza al centrar la experiencia en un solo protagonista y su viaje. De estilo lacónico, cortante, frío como el paisaje por el que el camión va transitando hacia su destino, el hieratismo del conductor procede de su propio rechazo interior al encargo y la conciencia íntima de que con ese trabajo está asumiendo una enorme carga de futuro, tanto personal como familiar. Estructurada en tres partes; viaje, entrega y familia, el personaje de Vlada se mantiene en todo momento en el centro de nuestra mirada, cambiando los acompañantes ocasionales del trayecto o los seres con los que se va relacionando hasta llegar a su destino, en un retorno que no es sino un breve paréntesis para volver a tomar la carretera y seguir con su macabro viaje bien pagado en lo económico pero con un enorme coste emocional.


Si algo hay que agradecer al director es la valentía de exponer las vergüenzas criminales de su país, sin coartadas, sin justificaciones, sin querer minorar responsabilidades porque otros hubieran hecho algo parecido. Y obviamente, como todo régimen criminal, éste contará con el apoyo, más o menos convencido, más o menos inevitable, de una corte numerosa de colaboradores silenciosos. La esperanza queda en los jóvenes, en su huida para escapar de una realidad irrespirable o en oposición íntima a esa misma realidad buscando escapes momentáneos. Que nadie nos ponga nunca en la tesitura en la que se encuentra Vlada, que nadie nos obligue a optar por el mal menor o por nuestro propio sacrificio extremo para rechazar la barbarie conforme a nuestro pensar subjetivo y racional. Vlada es consciente de las heridas que van a quedar sin cerrar en su país y en su familia, pero a diferencia de Bartleby, aunque él preferiría no hacerlo, no encuentra manera de oponerse a repetir las entregas de su carga.

TERET (La carga). Serbia. 2018. Dirección y Guión: Ognjen Glavonic. Fotografía: Tatjana Krstevski. Edición: Jelena Maksimovic. Produción: Cinémadefacto / Kinorama / Non-Aligned Films / Three Gardens Film. Intérpretes: Leon Lucev, Pavle Cemerikic, Tamara Krcunovic, Ivan Lucev, Igor Bencina. 98 minutos

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