miércoles, 29 de mayo de 2019

NOUS NE VIEILLIRONS PAS ENSEMBLE (Maurice Pialat, 1972)

 
Utilizando su propia novela que parte de se experiencia personal, y exponiendo públicamente lo que fue un suceso biográfico, Pialat habla de su pasado entre dos mujeres, una esposa, Françoise, de la que no se divorcia pese a no mantener en común más que un documento oficial y una convivencia aparente, pero no real, entre cada periodo de distancia por trabajo; una circunstancia que nos transmite el miedo a la soledad del personaje masculino, y una amante a la que desprecia, humilla y somete a su voluntad en un vaivén de rupturas, desencuentros y reencuentros sin solución de continuidad y sin atisbo de decisión, que igualmente acepta esa relación con la amenaza de una soledad en caso de ruptura. En la deriva del ni contigo ni sin tí, Pialat utiliza el episodio personal para dar paso a un retrato generacional a medio camino entre la liberación sexual, la ausencia de ataduras y convencionalismos sociales en las relaciones de pareja y, al mismo tiempo, el enorme peso de la indecisión y de la falta de compromiso definitivo, reflejando a un hombre violento, posesivo, manipulador, junto a una mujer indecisa, voluble, frágil y sumisa. Caracteres que van evolucionando a lo largo de la historia hasta la ruptura definitiva, o no tanto, pero al menos hasta que ella, Catherine (formidable Marléne Jobert) consigue mantener su decisión. Personajes adultos que buscan el referente paterno para darse de bruces con un desapego ancestral o con el rechazo a una relación que advierten perjudicial.

Pialat abandona cualquier intento explicativo, cualquier narración cronológica; su relato huye del consabido romance, pasión, enfriamiento y ruptura, y desde su puesta en escena busca  transmitir  sensaciones más que hechos, desde las más agrias hasta las menos dulces, y siempre con un punto de nostalgia o de fin de ciclo incluso cuando todo parece fluir con armonía. Asistimos a una relación amorosa condenada a su fín desde el momento inicial de ese despertar común en el que ya apreciamos la distancia sideral entre ella y él, entre el deseo femenino de que aquello que tan bien comenzó pueda perdurar y el desapego constante de un hombre ensimismado en sus propias necesidades y raptos de furia injustificable. Esa decisión de huir de la cronología de una desintegración hace que las escenas no tengan una sucesión temporal, pero sí mantienen una lógica interna envidiable, la que hace avanzar el relato mediante elipsis no remarcadas a través de las que avanzamos para conocer cada vez mejor lo que une y separa a esa pareja. Tras un día de aparente tranquilidad podemos encontrarnos ante la representación de una reconciliación sin existir discusión por medio, o al revés, o sentir que entre una y otra escena han podido pasar muchas cosas  a las que el relato no hace referencia pero que nos van proporcionando la idea exacta del tipo de relación enfermiza y dependiente que ambos mantienen mediante la interpretación de algo tan aparentemente relativo como una mirada, un reencuentro en la calle, una espera dentro del coche.

¿Cómo sostener ese armazón sin caer en el melodrama? A través del naturalismo, de la impagable credibilidad de dos actores que, en vez de limitarse a interpretar, nos transmiten la realidad ficcional de una relación de pareja atípica y en pleno estado crítico, si es que en algún momento mantuvieron un momento de idilio tranquilo y reposado, una interpretación llena de verdad en los diálogos, en los desprecios, en los amores. La sencillez con la que la historia discurre por esos vericuetos que conducen al fín no hace sino limar la perplejidad ante situaciones aparentemente increíbles como esa camaradería que transmite la esposa de Jean (Jean Yanne), Françoise (Macha Méril), aceptando las relaciones extramatrimoniales del hombre y mostrándose más como amiga que como compañera, una mujer ante la que el hombre no saca a relucir su carácter machista, dominante, violento; porque aunque el relato sea fluido y definitorio de una relación bastante tóxica entre los amantes, no busca camuflar o esconder el retrato inmisericorde de un personaje masculino dibujado con indisimulado desprecio, el propio que destila el maltratador, no tanto de obra (que también) sino el de los pequeños gestos cotidianos, el del comentario hiriente, el de una pretendida superioridad intelectual frente a la considerada como "tontita", el de la mirada torva, el de la crítica a un detalle físico de la amante, un comportamiento que sabe que es reversible con una simple carantoña o aparición tras una despedida.

"Contrariamente a lo que se piensa a menudo, prácticamente no había improvisación. El texto estaba escrito y muy bien escrito. En plató, entre Pialat  y yo, después de algunos días de ajuste, fue bastante bien. A mí mi personaje me parecía demasiado blando, pero eso era lo que él quería. Así que se lo di. Confié en él. Para mí cuando a un actor le gusta el cine de un director, tiene que tener en él una confianza ciega. Aquel año rodé cinco películas en catorce meses: estaba especialmente feliz de hacer esta porque para mí era algo diferente. Me gustaba, así que no quería pelear. Para Jean Yanne fue más difícil. No le gustaba interpretar a ese personaje excesivo. Es más, estaba en total desacuerdo con lo que Pialat le hacía decir. Había muchas fricciones. Al cabo de tres semanas de rodaje todo el mundo quería parar." Marléne Jobert sobre el rodaje.
Pialat puede ser seco, duro, directo, pero no es aséptico. Su cine transmite vida, aunque ésta sea desagradable. Sus personajes masculinos suelen ser áridos, violentos o contenidamente violentos, ya sean amantes, maridos o padres; como esas relaciones familiares tormentosas que atraviesan muchas de sus grandes obras, como si su infancia y juventud hubieran tallado en pedernal su propia naturaleza hasta transformarle en un ser anacrónico dispuesto a filmar todo aquello que tan bien conocía, pero que transmite al espectador mucha de la repulsa hacia el ser humano, y al mismo tiempo proporcionar la innegable atracción hacia comportamientos que valoramos como posibles y conocidos. Es el humanismo del cine de Pialat el que sobresale por encima de las debilidades o vicios, mayores o menores, de sus personajes, porque viendo "Nous ne vieillirons pas ensemble" sabemos, desde el principio, que esa relación no tiene futuro, pero no por ello perdemos el interés hacia lo que vemos, desde la alegría y bienestar del baño marino hasta el recuerdo de esa imagen femenina dejándose mecer por las olas y que, como a Jean, nos va a acompañar en la memoria por mucho tiempo que pase desde la ruptura. No envejeceremos juntos, pero los recuerdos nos acompañarán siempre, aunque sea para arrepentirnos de los errores evitables.
 Jean: En "Ordet" hay un hombre que llora.
Francoise: ¿Porque?
Jean: Su mujer ha muerto.
Francoise: Cuando alguien nos deja, es como si hubiera muerto.
Jean: Es peor, porque sigue existiendo. (Diálogo de la película)
 
NOUS NE VIEILLIRONS PAS ENSEMBLE (No envejeceremos juntos). Francia. 1972. Dirección:Maurice Pialat. Guión: Maurice Pialat. Música: Jean Claude Vannier. Interpretación: Marlène Jobert, Jean Yanne, Macha Méril, Christine Fabréga, Jacques Gallan. Productor: Jean Pierre Rassam. Fotografía: Luciano Tovoli. Montaje: Arlette Langmann, Bernard Dubois. Productoras: Empire Films, Lido Films, Les films corona. 103 minutos. 
 

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