domingo, 19 de mayo de 2019

KHOOK (PIG, Mani Haghighi, 2018)


Si la censura aprieta es momento de usar la ironía, la parodia, el humor negro. No nos engañemos, Haghighi está hablando de la muerte del cine iraní, una muerte que no necesita del hecho físico. Basta la prohibición, la cárcel, el destierro interior, el castigo, para que una enorme cantidad de cineastas poco afines a seguir al pie de la letra los dictados de la teocracia dictatorial que gobierna Irán se sientan amenazados, coartados para crear o, directamente, abandonen la empresa mientras los nuevos directores asumen como normal la falta de libertad creativa. Se decía aquello de "contra Franco vivíamos mejor" para justificar la aparente pérdida de creatividad de una serie de directores de relumbrón que, con la llegada de la democracia, parecieron perder pie acostumbrados a filmar contracorriente y con dobles sentidos en unos tiempos en que dejó de ser necesario. Parece difícil que vayamos a poder vivir esa realidad de apertura total en un régimen tan asentado en su país como el de los ayatolláh, así que tendremos que seguir disfrutando con sus guiños y su rabia interior imaginando que van dirigidos a quien no los entiende y no los siente como peligrosos, que no se trata sólo de lo evidente de una historia de género, sino que apuntan hacia más alto.

En Teherán el mundo del cine está en estado de shock, la cabeza de tres directores ha aparecido decapitada con una inscripción en su frente, "cerdo", palabra que no se sabe si describe al propietario o al autor. Hassan es un director afamado que empieza a sentirse molesto porque directores menos reconocidos que él hayan sido objeto del blanco de ese desconocido psicópata, pero al mismo tiempo empieza a sentir la incomodidad de ser considerado sospechoso al ser el único del grupo que tiene prohibido rodar por orden del gobierno durante dos años, teniendo que contentarse con filmar spots publicitarios en los que da rienda suelta a su imaginación desbordante. Su matrimonio no marcha bien, su hija ha crecido lo suficiente como para no hacerle caso, su actriz fetiche se ha cansado de esperar el levantamiento del castigo, una actriz debutante le acosa constantemente, la policía le hace preguntas para las que no tiene respuestas, y sus celos hacia una estrella emergente de la dirección le conduce a la boca del lobo del crimen. Los altibajos del protagonista y sus estados de ánimo llegan inmediatamente a las redes sociales, que rápidamente dictan su sentencia, Hassan es culpable de las dos últimas muertes, y por extensión de las de todos los demás porque no hay más sospechoso, incluída la muerte del director Mani Haghighi, si, el propio director de esta película, cuarta víctima del asesino.


Si Haghighi se sitúa como víctima, como elemento a eliminar, aparte de la broma inherente al hecho, ha de ser porque siente la amenaza de otro asesino silencioso sobre su obra. Los directores y allegados de Hassan que van siendo eliminados desconocerán los motivos, como los desconoce la policía y el propio Hassan. De hecho, tanto los motivos, como la identidad del "psychokiller" permanecerán desconocidos cuando salgan los títulos finales, porque en el fondo las razones por las que toda una generación de cineastas; Rassoulof, Mahkmalbaf, Panahi, Pourmoussa, tienen prohibido filmar largometrajes en su país no deja de ser una incógnita aunque imaginable, como una incógnita son quienes deciden lo que atenta contra la moral y el régimen islámico o no. Haghighi juega fuerte porque en su película, salvo sexo explícito, drogas y alcohol, salen muchas de las razones por las que "Occidente" es un cáncer para el Islam. El propio Hassan sólo viste con camisetas de grupos de hard rock y tiene su casa decorada con posters de las grandes estrellas de esa música, en un guiño atrevido el director en una de sus ensoñaciones imagina liderar una banda de hormigas femeninas rockeras con las que toca una canción de evidentes resonancias al "Hell Bells" de AC/DC; hombres y mujeres mantienen una cercanía y unas confianzas cercanas al flirteo que han de poner muy nerviosas a las autoridades de la moral iraní, pero la principal acusación de Haghighi ¿será entendida? ¿se verá tan peligrosa como para que en los próximos años pase a engrosas la lista de los castigados?

¿Quién es ese "Cerdo" que ejecuta a los directores y actores del país?, además cortándoles la cabeza, es decir, eliminando su capacidad de pensar. El anonimato del ejecutor señala directamente al régimen, aunque el régimen no lo sepa. Que sea un djinn quien avise del peligro puede ser casual, o una llamada a volver a la tradición del islam original del país, exento de intenciones de control político. En el camino Haghighi avisa, y carga, contra la credulidad de la masa y el poder perverso de las redes sociales hasta en un país hipercontrolado como Irán. Podía la película haber buscado un esteticismo calculado, o una puesta en escena definitoria de un estilo personal. Huye de ello y la imagen parece amoldarse a la estética descuidada y popular del protagonista, alcanzando sólo toques muy personales cuando entramos en el mundo de la imaginación o de la realización de los anuncios, o en el de las fiestas, lugares donde parece que, de puertas para dentro, el régimen no quiere entrar en la intimidad de la diversión alocada. Verán a muchos rostros conocidos del cine iraní, como si todos hubieran estado dispuestos al cameo en este divertido y muy negro homenaje al cine iraní en su entierro.

KHOOK (Pig). Irán. 2018. Guion y dirección: Mani Haghighi. Producción: Mani Haghighi. Fotografía: Mahmoud Kalari. Montaje: Meysam Molaei. Música: Peyman Yazdanian. Diseño de sonido: Amir Hossein Ghasemi. Sonido: Dariush Sadeghpour. Diseño de producción: Amir Hossein Ghodsi. Vestuario: Negar Nemati. Maquillaje: Mehrdad Mirkiani. Reparto: Hasan Majuni, Leila Hatami, Leili Rashidi, Parinaz Izadyar, Mina Jafarzadeh, Aynaz Azarhoosh, Ali Bagheri, Siamak Ansari, Ali Mosaffa. 107 minutos.

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