viernes, 17 de mayo de 2019

CÉLINE (Jean Claude Brisseau, 1992)


Tras la inmersión brutal en los barrios marginales de Paris con “De bruit et de fureur” y el inesperado éxito de público con “Noce blanche”, Brisseau rueda “Céline” con la intención confesada de expurgar aquello que no pudo, o no supo, evitar en “Noce blanche”, como fue que el personaje interpretado por Vanesa Paradis se impusiera al diálogo interior de la película, dejándose el espectador fulminar por la mirada y el cuerpo de la mujer antes que por la intensidad de la historia y su corriente interna. Con “Céline” la sublimación de la idea tiene que ocultar a las actrices, que no por ello dejan de resultar igualmente importantes, haciendo que las imágenes trasciendan sobre los cuerpos, en esta ocasión más recatadamente mostrados por el director francés de lo que ha solido ser habitual en su cine; sin evitar el erotismo inmanente en la propia presencia de Céline (Isabelle Pasco), pero con otro propósito, el de buscar una respuesta espiritual a los problemas de la vida contemporánea, una salida a nuestros miedos. “Céline” se construye como la, posiblemente, película más bella formalmente del director, la que deliberadamente busca la emoción a través de la imagen, la que provoca un impacto visual más atractivo sin hacer recaer la mirada en el desnudo femenino.


En “Celine” hay una circularidad que se transmite a la imagen, con movimientos de cámara muy poco habituales en Brisseau para abrazar la totalidad del espacio en el que Geneviéve, la enfermera enferma, y Céline, la joven suicida en proceso de recuperación bajo los cuidados de la enfermera, se desenvuelven. El viejo molino en el que ambas van a refugiarse, en un proceso de aceptación y adaptación que va provocando la recuperación de Céline, y la progresiva dependencia de Geneviéve a la presencia y compañía de la mujer más joven, provoca el surgimiento de experiencias extrasensoriales de inexplicable origen y alcance que van haciendo de Céline un ser cada vez más espiritual, y de Geneviéve otro más asustadizo, más incrédulo y, a la par, temeroso de aquello que carece de explicación racional incrementando su siempre presente miedo a morir (la enfermedad es una constante en su vida). Brisseau avisa de la deriva que la película va a tomar con su preámbulo y con el sueño erótico que Celine vive poco después de su intento de suicidio. Para avisarnos de que lo que vamos a ver está inserto en nuestro ADN cultural se remonta al Egipto clásico, a las teorías de la reencarnación y la vida eterna, dioses y espiritualidad preparados para el renacimiento del faraón. A su vez, el sueño erótico de Celine nos descubre la posibilidad de desdoblar nuestra presencia, una corpórea y frustrante, otra espiritual y más placentera, aunque decepcionante cuando se retorna al mundo real para comprobar que despertar es “desagradable, que la vida es desagradable”.


La diferencia entre Céline y Geneviéve es la de la aceptación, la de querer mejorar aunque sea renunciando a la vida terrenal; “ser como nosotros es una enfermedad”, Céline descubre nuevas dimensiones que le ofrecen una vida futura en plena armonía de amor, el mundo entero y ella bañados de “amor”, una vida espiritual frente al fracaso evidente de la vida corpórea. Geneviéve pudo alcanzar ese estado místico porque en su camino de experimentación con el yoga sufrió el vértigo de verse fuera de su propio cuerpo, pero rechazó la posibilidad de continuar por esa experiencia y se encerró en el mundo racional, el mundo de la enfermedad y del sufrimiento incurable, prefirió el miedo a lo desconocido que a descubrir lo que su razón le niega. El pasado de Geneviéve y el presente de Céline se hermanan en el rechazo amoroso, una sustituida por otra mujer más joven y más hermosa, otra por no ser quien hasta ese momento toda la sociedad consideraba hija legítima de la alta burguesía. La oposición frontal hacia la vida tras el rechazo las identifica y permite a Geneviéve hacer de enfermera de cuerpos, pero también de almas, “perderlo todo a los 22 años en 2 días es duro”, dirá Geneviéve a la hasta entonces tenida por madre de Céline, “menos que a los 50”, responderá ella, abriendo la puerta a la natural superación de los reveses vitales por el transcurso del tiempo. La forma de remontar de cada una cambiará su ascendencia sobre la otra.

Cuando Brisseau utiliza el yoga como método de recuperación anímica de Céline juega a un esteticismo prácticamente desconocido en su cine, ayudado, y de qué manera, por la música de Delerue. Su cine de interiores se abre a la naturaleza y a la presencia armónica y equilibrada de una mujer hasta hacerla desaparecer fundida con el entorno, desaparecer por desdoblamiento anunciando la desaparición definitiva, transformando el relato de dos mujeres en reconstrucción en una experiencia panteísta y pseudomística de portentosa belleza compositiva incluso con la simetría de dos cuerpos que inicialmente se mueven descoordinados para terminar perfectamente sincronizados. La imagen ayuda a transmitir esa paz interior que Céline va adquiriendo a fuerza de trascender de sí misma. con la misma fortaleza que ayuda a ir aumentando la sensación de inseguridad de Geneviéve, cada vez más encerrada en el castillo interior de unas habitaciones donde el espectro empieza a ser visto con frecuencia, indicando a la enfermera que negarse a ver no significa que lo negado no exista, y que el miedo a lo que no se conoce es tan irracional como negarse a reconocer que Céline ha conseguido algo parecido a la perfección espiritual que es rápidamente aceptada por los vecinos desde la credulidad de los milagros.


Lloró Céline cuando la descubrimos bajo la lluvia y sentada en el suelo, llora Geneviéve cuando regresa sola a la casa tras la despedida de Céline; se abandonó la más joven a una suerte de desgana vital en la que vuelve a recaer Geneviéve más de cuatro años después al sentir el desgarro de la soledad y la fragilidad de su vida, amenazada siempre por una insuficiencia cardiaca; el relato es ida y vuelta, es transmisión, recepción, compartir entre ambas; es un circuito constante de una a otra como un ciclo de agua por el que éste sale por un conducto y entra en otro para que ambas, en tiempos y circunstancias diferentes, sientan, padezcan y busquen la solución en el mismo sendero. La alumna adelantará a la maestra al abrirse a experiencias sensoriales y dimensiones sólo entendibles mediante la fe, no la fe católica, ni la fe budista, ni la fe animista, pero al tiempo con todas ellas. 


La sombra alargada que desde la oscuridad empieza a emerger delante de Geneviéve desaparece cuando la luz del sol penetra en la habitación por la ventana. Ha de ser la sombra de la muerte cuyo miedo se concreta no en la sombra, sino en el miedo a morir. El mensaje de Brisseau sería el de que no hay que tener miedo a lo desconocido o a lo irracional de nuestras experiencias, llegará el día en que ambas amigas puedan volver a reunirse en otro estado de felicidad plena, pero mientras tanto la que no ha decidido apartarse del mundo podrá aprender a manejar las habilidades que enseñó a Céline y se negó a evolucionar mucho antes. La cámara nos muestra cómo; el giro de la misma nos invitará a salir de nuestro cuerpo, aceptar que podemos levitar, equilibrar nuestros cuerpos en posturas aparentemente imposibles, coordinar nuestros movimientos hasta tal punto que el espíritu pueda abandonar la carne hasta convertirla en una piedra inmutable al estímulo externo. La cámara saldrá por la ventana del dormitorio acercándose hacia el árbol, el sol, el ruido del viento en las hojas, el árbol por ejemplo, que cobijó a Gautama antes de convertirse en Buda, entonces, sin movernos de donde reposamos, nuestro espíritu será capaz de visitar espacios desconocidos y de equilibrio perfecto.


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