viernes, 26 de abril de 2019

VIRIDIANA (Luis Buñuel, 1961)

"¿Se ha comprendido que realmente en mi film ninguno de los héroes es malvado? Viridiana es la pureza misma; su tío no es un sádico ni un canalla, sino un buen hombre e incluso un idealista. Dice expresamente que él quería, en su juventud, hacer algo bueno por la humanidad y que su timidez se lo impidió. Se castiga terriblemente por un instante de debilidad en el que no hizo mucho mal. Los imbéciles también han pretendido que se vengaba mediante un testamento que ponía  a su sobrina en manos de su hijo, un libertino. Pero ese muchacho es un buen chico, simplemente. No es en absoluto un sinvergüenza". Luis Buñuel acerca de su película. No es fortuita esta mención a unas palabras del director sobre su película cuando ésta viene etiquetada por todos los calificativos de demérito que pueden recaer sobre su creador a partir de clichés procedentes del conservadurismo más recalcitrante. Blasfema, provocadora, atea, malvada,........según una de las notas de la censura que se conservan sobre ésta no había dudas sobre que debía ser prohibida por "Blasfema, antirreligiosa, Crueldad y desdén con los pobres. También morbosidad y brutalidad. Película venenosa, corrosiva en su habilidad cinematográfica de coordinación de imágenes, sugerencias y fondo musical", y hay que decir que no le falta razón en su conclusión, "corrosiva en su habilidad cinematográfica de coordinación de imágenes, sugerencias y fondo musical", genialidad corrosiva añadiría para que la definición fuera más precisa.

Es probable que cualquier cineasta deseara que el poder considerara su obra "hábil cinematográficamente" para coordinar imágenes, sugerencias y fondo musical, demostrando, por tanto, la pericia del creador para contar sin ser explícito, sugerir sin desarticular la imaginación del espectador con interpretaciones unívocas y unidireccionales. El relato de Bueñuel es lineal porque progresa temporalmente de manera cronológica, pero cada imagen se relaciona con otras estableciendo conexiones nada inconscientes en el espectador. Cuando Don Jaime (Fernando Rey) interpreta una pieza barroca, las imágenes se simultanean con las de Viridiana (Silvia Pinal) desnudándose; cuando ella descubre sus muslos, el tío de Viridiana, desde otra estancia, sin visión de la sobrina deseada, se equivoca de nota e introduce ese elemento de perturbación que se superpone a las relaciones que Viridiana establece con el mundo terrenal en esos días previos a su ordenación monástica, unos días previos a su retirada voluntaria del contacto con una realidad que desconoce. Los personajes no lo saben , pero están unidos desde el principio por un hilo invisible que los ata, ese hilo se manifiesta en una cuerda que Don Jaime ha regalado a la hija de la sirvienta Ramona (Margarita Lozano), una cuerda que une la alegría y la inocencia en los juegos de la niña y de ésta con Viridiana, pero que es enlace con la muerte en el suicidio de Don Jaime, y que va acercándose a la brutalidad cuando es usada como cinturón por uno de los mendigos acogidos por Viridiana y agarrada con desesperación por ésta cuando es objeto de un intento de violación, una cuerda que, bajo otras formas aparece en la brutalidad del trato con un perro o con falso leproso.
Un traje de novia, como objeto subyacente que atraviesa la historia en su parte central como elemento fetichista, sirve, al mismo tiempo, para informar del trauma del tío, del deseo insatisfecho de una noche de bodas trágica, de la reencarnación que para el hombre supone la imagen de la sobrina, tan parecida a la fallecida como la Madeleine de "Vértigo", razón por la que el tío ha mantenido la distancia para evitar el contacto con la joven sobre la que proyecta un deseo insatisfecho sin atreverse a romper el tabú sexual ni a emplear la violencia aunque esté a punto. Un traje de novia que acerca a la novicia a una boda simulada, con un hipotético marido ,pero también con esa idea del matrimonio religioso de por vida que está a punto de aceptar, un traje que, ultrajado, anticipa la idea de "comerse dos corderos" que el mendigo enfermo verbaliza cuando la casa señorial queda abandonada unas horas a disposición de los acogidos, y que actualiza, de nuevo, el hilo conductor sexual que inspira toda la película; más presente que su libérrima interpretación del hecho religioso o la dudosa eficacia de la caridad cristiana, tan en boca desde el poder para aplacar la realidad de un país aún sumido en el subdesarrollo.


Ese traje que marca una ruptura en la historia, del aspecto íntimo, fetichista, ceremonioso, con personajes retirados en sus respectivos espacios de soledad, alejados del mundo real, viviendo ensoñaciones pasadas o dedicaciones futuras que se desarrollan en esa primera parte, como si fuera un espacio suspendido en el tiempo; a la España real poblada de personajes de carne y hueso que parecen sacados de las pinturas negras de Goya; una España ruín, miserable, envidiosa, insatisfecha, pendenciera, de falso puritanismo y de falsa religiosidad que esconde a su mano izquierda lo que hace la derecha. Y sin embargo, esta evolución del retrato íntimo, como sonámbulo, de personajes que se niegan a aceptar una realidad frustrante; al relato coral, no sufre en el choque, no desfallece en la intensidad, no entra en una deriva narrativa para que el espectador se acomode a la nueva realidad, sino que todo fluye a la perfección fruto del calculado dibujo del personaje de Viridiana, eje sobre el que pivotan todos los demás y alrededor del cuál todos van desarrollando sus acciones, buenas o malas, inicuas o inocuas.
Desde muy pronto tuvo Buñuel que defenderse de su obra y las interpretaciones torcidas sobre sus intenciones, "las imágenes se encadenaron en mi cabeza, unas tras otras, formando una historia. Pero nunca tuve la intención de escribir un argumento de tesis que demostrara, por ejemplo, que la caridad cristiana es inútil e ineficaz. Solo los imbéciles tienen esas pretensiones". Sea cierto o no, la verdad es que en esta película las conclusiones son tan meridianas de interpretar como sutil su representación en imágenes. Hay una lucha constante entre la carne y el espíritu en el que termina triunfando la primera, probablemente por una intransigente, y excluyente, interpretación del segundo. Viridiana busca, durante toda la película, un refugio inatacable rodeada de gente confiable. Lo había obtenido en el convento, al que tiene que renunciar, y lo busca en la idea de una casa de acogida de sustrato netamente mesiánico para protegerse del liberalismo de ese primo desconocido, reconocido testamentariamente como hijo por Don Jaime y que representa todos los pecados carnales habidos y por haber en la mente reprimida de la joven, que ya había sufrido un colapso emocional y moral con las revelaciones carnales del anciano. Jorge (Francisco Rabal) funciona como otro de esos tantos objetos que permiten ir relacionando ideas y conceptos en el transcurso del guión. Jorge aparece como amenaza para las ideas de Viridiana, pero el tiempo termina convenciendo a ésta que no hay maldad en su comportamiento, sino humanismo, ganas de hacer, ganas de vivir, de disfrutar de la vida; igual que las que tenía su tío en su juventud y que perdió por culpa de ese vestido de novia que pervivió como una mortaja.

Sólo la censura podría ser capaz de transformar un final abierto, sugerente, pero abierto a posibilidades más acordes a una evolución conservadora de la relación entre los dos primos en una auténtica bomba conclusiva de la evolución de los personajes. El guión inicial de Buñuel preveía una escena con Viridiana llamando a la puerta de la habitación de su primo, entrando y cerrando la puerta tras de sí. Sugerencia plena para el espectador que atentaba contra la moral católica imperante. Obligado Buñuel a cambiar ese final, inventa otro mucho más subversivo que, sin embargo, es aceptado y así se rueda. Tras llamar a esa puerta y ser invitada a entrar en la habitación,  Viridiana se encuentra con Ramona en el interior, y mientras suena una canción rockbilly en el tocadiscos, Jorge invita a las dos a jugar una partida de cartas. A lo que el censor puso problemas iniciales al sugerirse una relación extramatrimonial entre los dos primos en el final original, el director respondió recreando el inicio de un placentero "ménage á trois" inimaginable para personas de buen vivir y mejor pensar. "No le extrañe que me divierta a mi manera, las noches aquí son largas y uno las mata como puede, no te vayas Ramona". "No me va a creer, pero la primera vez que la vi pensé, mi prima Viridiana terminará jugando al tute conmigo" es una frase perfecta para terminar una película perfecta en la que la cámara abandona la estancia en un travelling marcha atrás para dejar a ese trío adaptándose a una nueva situación. Lo que pasó tras ganar el gran premio en Cannes todo el mundo lo sabe, un ejemplo más de un amor por la cultura en España que perdura todavía hoy.


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