miércoles, 3 de abril de 2019

LETO (Verano, Kirill Serebrennikov, 2018)



En "Leto", del director ruso Kirill Serebrennikov, otro de esos muchos incómodos artistas, empresarios o políticos disidentes al régimen de Putin que, casualmente, terminan encarcelados, abonando la tesis de que en Rusia la palabra democracia no deja de ser un oxímoron; si algo puede reprocharse es su "asepsia", su estética preciosista en tiempos de represión (claro que ahora también la hay), su limitada muestra de enfrentamiento con el poder, pese a que en su sustrato lo que subyace es el intento de cambio, de remodelar viejas estructuras perennes desde la década de los 20 y que, en el periodo de los 80 en que se sitúa la acción , parecen empezar a ser cuestionadas, al menos para aceptar la influencia occidental en la creación artística. "Leto" es la historia de un triángulo amoroso que no parece consumarse en la práctica, aunque en la teoría es como si así hubiera ocurrido; es una historia que comienza en el Leningrado de 1980 con un concierto de rock al que los espectadores tienen  que asistir como si de un espectáculo de música clásica se tratara, y concluye en un momento indeterminado años después, donde los asistentes a otro concierto rock-glam-pop mantienen ese comportamiento constreñido por el pasado pero donde las emociones, al menos, pueden expresarse con mayor expansión, o donde no es cuestionable llorar por el pasado perdido, la amistad truncada o el tiempo que no volverá, ese tiempo de verano en el que la felicidad parecía desbordar la existencia.



Siendo la película, como es, un relato de una historia amorosa en medio de la creación artística, y, por lo tanto, un relato hasta convencional de esas idas y venidas en un matrimonio en el que va introduciéndose una tercera persona que, inicialmente, llega como nuevo músico, pero que termina convirtiéndose en un nuevo miembro de la familia, con las connotaciones afectivo-sexuales que ello provoca además de las derivadas de la rivalidad artística; una película en la que priman su cuidado diseño "indie", su fotografía preciosista en blanco y negro, sus breves planos secuencia siguiendo el caminar de los protagonistas, sus entradas y salidas de escena, con miradas que sustituyen a la palabra, con paseos evocadores por las calles de Leningrado o sus bosques y lagos cercanos, el momento de genio se produce con los estallidos de  furia rebelde de las recreaciones musicales con estilo videoclip de los 80 trasladados a pleno siglo XXI en las que los protagonistas, acompañados de un corifeo extraño a la narración, que sólo aparece en momentos muy puntuales para recordarnos, como mortales, que aquello no sucedió, dan rienda suelta, en su imaginación, a lo que debería haber sido una representación del rock real aunque sea mediante la copia de clásicos, fundamentalmente británicos, de ese periodo, desde el Psychokiller de Talking Heads, al Perfect day de Lou Reed y Nico, el Passenger de Iggy Pop, David Bowie, T-Rex.....y no el acartonado y deprimente espectáculo que se ven obligados a ofrecer para no molestar demasiado a la jerarquía cultural del país.



El genio de esos planos secuencia musicales hacen de "Leto" el relato enérgico del que su parte "amorosa" y de creación artística carece. Los interludios musicales, con letras que los protagonistas entienden como directamente relacionadas con su existencia y sus ganas de cambio, son el momento revolucionario de unos jóvenes que tuvieron que vivir en una situación de censura absoluta, y donde cada canción necesitaba autorización para convencer a los burócratas que esa música, propia y adaptada, no dejaba de ser expresión del pueblo contraria a la sociedad capitalista y el consumismo.  Serebrennikov no alienta la crítica despiadada y directa contra aquella situación cuando es consciente de que la realidad de su momento se parece a la del rock soviético de los 80, pero en sus imágenes se deja traslucir esa corriente de choque contra el inmovilismo desde la primera escena, ésa en la que la esposa de Mike Naumesco (Roman Bilyk), Natasha (Irina Starshenbaum), dulzura y amor en cada una de sus miradas y apariciones, se introduce furtivamente con unas amigas en un concierto que la banda de su marido ofrece en el Club de rock de Leningrado, bajo la severa mirada de la oficialidad dispuesta a parar el recital en cualquier momento, para, como acto de rebeldía, exhibir carteles de admiración al grupo que producen la reacción inmediata de la represión por actuar contra el canon impuesto.

A ese entorno llega Tsoi (Teo Yoo), un incipiente compositor ruso-coreano, con ganas de agradar al líder local y ser acogido en su entorno de creación, pues no existe libertad para componer, y menos para actuar, si no se pertenece a ese club cuyo referente es Mike; una llegada que se desarrolla en una larga escena de verano campestre en las orillas de un lago donde todo fluye con lentitud y sensualidad. A Mike le intriga y le atrae la personalidad y el talento del joven recién aparecido, a Natasha le va intrigando la personalidad y el talento hasta devenir en atracción evidente que, en años de apertura mental y sexual, es tolerada y hasta instigada por Mike. Es en ese triángulo donde la película podría encallar por reiteración o por apariencia de falta de progresión, pero como ocurría en "El estudiante", su anterior película, con los raptos violentos mesiánicos de su protagonista, las escenas musicales le otorgan ese punto necesario de idealismo, rebeldía, ensoñación y ruptura para que, el relato de apariencia lineal, se sustraiga de un mecanicismo narrativo previsible proporcionando momentos de verdadera inspiración creativa que rompen lo convencional en pedazos para dar paso a la imaginación de una juventud anhelante que aspira a cambiar el mundo. Hay en Serebrennikov un germen de gran cineasta que, con esta su notable segunda película consolida su excelente opera prima, y quizás, cuanto antes, necesitaría ser adoptado en Francia, por ejemplo, para huir de conformismos y dejar de pensar en el riesgo de la cárcel o el miedo a ser libre y poder crear con más libertad que los líderes de los grupos Zoopark o Kino.


LETO. (Verano) Rusia, 2018. Título original: Petra. Director: Kirill Serebrennikov. Guion: Lily Idov, Mikhail Idov, Kirill Serebrennikov. Duración: 108 minutos. Edición: Yuri Karikh. Fotografía: Vladislav Opelyants. Productora: Hype Film / KinoVista. Intérpretes: Irina Starshenbaum, Teo Yoo, Roman Bilyk. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario