martes, 16 de abril de 2019

LA PORTUGUESA (Rita Azevedo, 2018)



 ENLACE A ÚLTIMO CERO

Hacer justicia a las excelencias de “La portuguesa” mediante este artículo se me antoja misión inalcanzable incluso en el supuesto de conseguir la inspiración suficiente para transformar en palabras tanta delicadeza, tanta imagen sublime, tanto texto tan bien calculado y medido, tanta referencia histórica, cultural, artística. La película de Rita Azevedo no hace sino confirmar una carrera extraordinaria que no cesa, y que, aunque tarde, comienza a llegar a  nuestras pantallas, como es en este caso, cuyo estreno está previsto para el día 26 de abril, aunque limitado a muy pocas pantallas entre las que aún existe la posibilidad de estreno en Valladolid. En “La portuguesa” se reúnen todos los alicientes para que un reducido núcleo de espectadores ansíe su estreno y un amplio y mayoritario sector de la población que va al cine no le preste atención. Es así, excelencia, composición, puesta en escena, diálogos, luz, mirada, silencio, tiempo, suelen provocar la deserción mayoritaria en tiempos en que los estudios psicológicos advierten de que nuestra capacidad de atención se ha reducido de 10 minutos a escasos segundos.



Basta un gesto, un desaire, un movimiento de una falda, una mirada, una cabalgada por el bosque para que el personaje de la portuguesa del título demuestre su carácter. La mujer nos queda oculta por el velo de que nadie se refiera a ella por su nombre, es “la portuguesa”, o la esposa del conde von Ketten, y sin embargo su personalidad e individualidad nadie la domestica ni la anula, ni durante el año de viaje de novios ni en los once largos años de espera durante la interminable guerra entre el marido y el obispo de Trento. Alejada de su país, abandonada en un castillo que se cae a pedazos, tildada de hereje en territorio extranjero, la protagonista (Clara Riedenstein, a quien ya vimos en “John From”, otra excelente película portuguesa de la última década) asume que ha de moldear su carácter sin abandonar su esencia, como el de ese lobo que adopta para criarlo y acostumbrarlo al humano, sin que pueda renunciar nunca a su lado animal y salvaje. El tiempo de la espera no se transforma en imágenes de la desesperación por el deseo de la vuelta, asistimos a lo cotidiano, a la maledicencia, a las rupturas de lo tradicional…con la misma serenidad de quien ha asumido que Portugal ha quedado atrás y en el recuerdo.




Respecto a su anterior ficción, “La venganza de una mujer”, su único film estrenado en España, hay una continuidad en su concepción formal de la imagen que, ahora, se sublima, y es posible que en ello influya un aspecto no menor; la sustitución del escenario, y el decorado, que “teatralizaban” la precedente, por espacios reales y abiertos en la naturaleza, en los que no sólo ese espacio es utilizado para la composición, sino que es objeto de una reconstrucción aprovechando lo existente, añadiendo el toque estético de una profundidad de campo gloriosa, de un efecto visual sorpresivo, de un color en consonancia armónica con la naturaleza. Y uno podría sentirse abrumado ante tanta perfección del encuadre, tanta exquisitez en el detalle, tanta resonancia pictórica en la colocación de cuerpos y vestiduras, y sin embargo la propuesta no lo hace, sino que a cada escena, a cada plano, que funcionan un poco a manera de “tableaux vivants”, se mantiene viva la necesidad de seguir contemplando la exquisitez sensorial que une imagen y palabra con un sentido humanista completo de la existencia y su sentido.



En la relación entre el conde y la condesa, separados durante años con breves encuentros donde la picardía (la escena del baño en tinajas) hace las veces de elipsis sexual, se establece un hilo invisible que me relaciona “La portuguesa” con otra de las películas más perfectas de los últimos años, “Phantom thread” de Paul Thomas Anderson. Al igual que en ésta, la relación amorosa entre los dos personajes, menos física, con menos contacto en la película de Rita Azevedo por la separación, contiene algo de enfermizo, de lucha de caracteres no dispuestos a cejar en su singularidad, una para no caer en los roles atribuidos a su sexo y otro para no ceder en el papel predominante de la relación de pareja, donde la enfermedad, y la posterior convalecencia, ejercen el efecto sanador que el envenenamiento consensuado ejercía en la relación entre el modisto y la modelo. En ninguna de las dos hay puntada sin hilo, en ninguna de las dos sobra un solo minuto de metraje, en ambas el sentido del tiempo es esencial para que el relato progrese aunque la inmovilidad pareciera, a priori, jugar en contra de ese dinamismo.



Pocas películas del presente juegan con la profundidad de campo como lo hace Rita Azevedo con sus personajes en el paisaje, sea éste más o menos abierto, más natural o más arquitectónico. Cuando éstos, normalmente no más de dos, se sitúan a la misma distancia del espectador en el plano es porque en ese preciso momento hay una identificación social en la igualdad, ya sea la referida escena del baño, la conversación entre las dos cuñadas…, aunque, por centímetros, siempre alguno de los personajes estará más adelantado que el otro. Ejemplo notable de ese uso del espacio, incluso del más reducido, se observa en las primeras escenas, por ejemplo con la mujer justo después de dar a luz, rodeada por el conde, la nodriza, la ayuda de cámara, la ama…….todos orbitando alrededor de ella que, todavía dolorida por el parto, mantiene su esencia inquebrantable de fortaleza y su decisión de ir donde quiera, o en la interpretación musical de una pieza de malos recuerdos para el conde no presente. 



A cada quien las imágenes les recordarán otras de la historia del arte, desde el primigenio renacimiento hasta el prerrafaelismo británico, pero no hay que dejar de pensar en que, siendo la historia del arte una sucesión continua de acumulaciones en las que lo anterior sirve de base para lo nuevo, “La portuguesa” es tan moderna y tan nueva como para acercarse sin rubor a todos nuestros antecedentes occidentales artísticos sin perder su originalidad; partiendo del texto de Musil  para llegar a Byron o hasta los cuadros románticos de Friedrich, desde los ecos de la música renacentista hasta la distópica presencia de Ingrid Caven recitando-cantando, a su manera, un poema medieval, desde los más encriptados códigos diplomáticos de la firma de un tratado de paz hasta la libertad intemporal de una mujer joven galopando o bañándose desnuda en un lago. La composición creada por Rita Azevedo, con la valiosísima complicidad de su actriz; la fotografía presente, pero no invasiva, de Acàcio de Almeida y los textos de Agustina Bessa Luis hacen de “La portuguesa” una película de reclinatorio. Ojalá puedan verla y se sientan tan impactados como quien escribe. Aunque sea cine condenado a minoritarias audiencias hay que felicitarse por su existencia.
A PORTUGUESA. Portugal. 2018. Dirección: Rita Azevedo Gomes. Guión: Rita Azevedo Gomes a partir del relato de Robert Musil («Die Portugiesin»). Diálogos: Agustina Bessa-Luís. Fotografía: Acácio de Almeida. Montaje: Rita Azevedo Gomes. Intérpretes: Clara Riedenstein, Marcello Urgeghe, Ingrid Caven, Rita Durão, Pierre León, João Vicente. Asistentes de dirección: Patrícia Saramago, J. Pinto Nogueira. Sonido: Olivier Blanc. Música: José Mario Branco. Dirección de arte: Roberta Azevedo Gomes, Elsa Bruxelas. Vestuario: Rute Correia, Tãnia Franco. Dirección de producción: António Cãmara Manuel. Producción: Basilisco Filmes. Coproducción: Duplacena. Distribuidora en España: Numax. 136 minutos.

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