viernes, 1 de marzo de 2019

UN ASUNTO DE FAMILIA (Hirozaku Koreeda, 2018)



En la carrera cinematográfica de Koreeda hay un punto de inflexión revelador, cuando en 2004 firma "Nadie sabe" se produce ese momento de genialidad a partir del cuál muchos directores consiguen que sus filmografías empiecen a circular en relación a un tema concreto que da paso a muchas ramificaciones concurrentes. Con "Nadie sabe" el mundo infantil asume un eje central en sus obras, pero no como mero retrato de esa etapa de aprendizaje, aunque sea a fuerza de los golpes que da la vida, sino como obra de la influencia de los adultos y sus relaciones, o abandonos, para con los hijos. Parecía inevitable, para que el tema de padres e hijos pudiera tener continuidad, que el director buscara tramas donde la filiación pudiera ser cuestionada, condicionada, interrogada acerca de su verdadera importancia confrontando el vínculo sanguíneo o el mero vínculo afectivo. Si "Still walking" y "Kiseki" mantenían la trama en el centro de la familia sin cuestionar el hecho mismo de la filiación, con independencia de las rivalidades, celos o diferencias de trato hacia los hijos dentro de una misma familia, "De tal padre, tal hijo" planteó, abiertamente, las consecuencias de conocer que quien se creía padre de un niño, dejaba de serlo como efecto de un error en el hospital, ampliando ese espectro de duda hacia afectos que se consideraban inquebrantables por imposición de una sangre que no llegó a existir.

Tras esta película de 2013, Koreeda ha mantenido el tema de la filiación, real o adoptada, en el centro de su fijación artística, y sólo era cuestión de tiempo que las cenizas de la seminal "Nadie sabe" volvieran a resurgir, de manera ejemplar y muy cercana, como ocurre en "Un asunto de familia". Koreeda ha sabido unir todas las temáticas parcialmente analizadas en sus anteriores películas alrededor de la familia para, con la fluidez y calma habitual de su cine, sin emitir juicios de valor forzados o sugeridos al espectador, hablar de la incapacidad para ser padres de muchas personas que dan el paso por mera mímesis social, de la necesidad de otras personas de tener una familia, aunque sea ficticia, sustituyendo el vínculo genético por un verdadero vínculo afectivo; hablar de la infancia abandonada, de la soledad en la vejez, de la creación de fidelidades más allá de los lazos biológicos, muchas veces hipócritas y crueles. Koreeda no duda en utilizar aquello menos reconocible de Japón en el exterior, como es la marginalidad de quien no tiene trabajo y vive del trampeo, la mentira y la ficción, rodeado de la tranquilidad de una clase media que no quiere mirar hacia el interior de un callejón en permanente sombra causada por los edificios que le rodean.

Koreeda refleja, de manera admirable, el funcionamiento de una familia de la que va aportando pistas que permiten adivinar, antes de que se exprese la realidad de manera absoluta, que algo no cuadra, que detrás de la recogida de una niña de 5 años muerta de frío, que, con frecuencia, abandona su hogar, y la negativa a devolverla a su casa o entregarla a los servicios sociales hay algo más que hace de ese grupo de personas unos antisistema bien avenidos. Compartimos la vida de una familia disfuncional que hace de vivir al margen su seña de identidad, personas que se desenvuelven a la perfección al otro lado de la legalidad, sin causar grandes daños o irreversibles pérdidas, y que, para compensar su lado menos elogiable, intentan formar una familia a fuerza de apoderarse de sentimientos que, por razones biológicas no les corresponderían. El aprendizaje, como núcleo de la filiación, es llevado a cabo por estos progenitores como ejemplo de supervivencia. En un mundo hostil hay que prepararse para un día a día demoledor donde las carencias forman parte de su futuro. En esas carencias, en ese aprendizaje hacia el hurto y el timo, la compensación la otorga el cariño, un cariño real producto de la convivencia y de las ganas de sentirse una gran familia, pero para el que es necesario que cada uno se reconozca en su rol y se atreva a decir la palabra nuclear, "papa".
Plantea Koreeda el necesario debate sobre la moralidad de las acciones y si el fín elimina cualquier acto reprobable previo. Como casi siempre en el cine del director japonés la decisión sobre aceptar, o no, la bondad última de lo que vemos, siempre teñida de una inmoralidad precedente, queda al juicio del espectador y no al discurso tendencioso o condicionante del creador. Ahora que ambas comparten cartelera, el ejemplo contrario a la exposición de Koreeda sería el cine miserabilista y pornográficamente injusto de Labaki con "Cafarnaum". Koreeda plantea para interrogarnos, para hacernos sentir la incomodidad de tomar decisiones desde el afecto precedido por un delirio interesado en aparentar lo que no se es pero que crea un espejismo que funciona, aunque se parta del egoísmo que puede terminar produciendo un beneficio para el integrado, actuando como sustitutos de todo aquello que no funciona; como la familia o el Estado. Los personajes de "Un asunto de familia" crean un microcosmos autosuficiente y encerrado en sí mismo porque saben que , sus verdades, no pueden ser reveladas sin evitar la disgregación y cierre de esas relaciones creadas sobre la ficción de lo que no es.
En el cine de Koreeda no es necesario el alarde técnico, no es necesario el gran angular, ni el travelling, ni el plano secuencia hueco y egocéntrico. Necesitamos la fotografía exacta de unas personas, dibujadas desde la psicología y cercanas en su humanidad, lo que no exime de sus mezquindades. La cámara rueda en los pequeños espacios de una casa atestada de gente y objetos, y no puede hacerlo sino desde la altura que Ozu nos enseñó porque es la altura desde la que la gente se mira en Japón cuando comparte sus veladas sentados en el suelo, en sillas o tumbados en los futones. Todos tenemos tiempo para soñar, incluso para imaginar que se ven unos fuegos artificiales ocultos por las masas de ladrillo, acero y hormigón que engullen a unas personas que saben camuflarse de las miradas de sus vecinos en medio de la gran ciudad. Koreeda ha sabido unir los niños de "Nadie sabe", los afectos reales sobre los genéticos de "De tal padre, tal hijo", los medio afectos de hijos de padres diferentes de "Mi hermana pequeña" y el egoísmo familiar de "Después de la tormenta" para mostrarnos una de sus mejores películas, porque cuando llega la forzada separación nos damos cuenta de la necesidad que todo ese grupo de personas tenía de permanecer unido, de saberse necesarios unos para otros, de la fortaleza del vínculo creado desde una mentira agrandada por el tiempo pero que les había transformado en una familia mucho mejor y más real que la que la genética les había sorteado.

UN ASUNTO DE FAMILIA. Japón. 2018. Título original: Manbiki kazoku/万引き家族. Director: Hirokazu Koreeda. Guion: Hirokazu Koreeda. Duración: 121 minutos. Edición: Hirokazu Koreeda. Fotografía: Ryûto Kondô. Música: Haruomi Hosono. Productora: AOI Promotion / Fuji TV / Gaga Communications Inc. Diseño de vestuario: Kazuko Kurosawa. Diseño de producción: Keiko Mitsumatsu. Intérpretes: Kirin Kiki, Sôsuke Ikematsu, Lily Franky, Moemi Katayama, Sakura Ando, Mayu Matsuoka

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