miércoles, 13 de marzo de 2019

LOVE ME NOT (Lluis Miñarro, 2019)


Hay que tener mucho valor para hacer cine sabiendo que el público no va a responder, hacer cine para que parte de la crítica especializada tenga puesto el ojo en el resultado final pendiente del nombre del director y/o productor esperanzada en los resultados precedentes importándote muy poco el silencio generalizado. Tras Lluis Miñarro y su productora resurgida, Eddie Saeta, hay títulos de directores como Apitchapong Weerashetakul, Manoel de Oliveira, Lisandro Alonso, Albert Serra, Naomi Kawase, Javier Rebollo; títulos que coinciden con parte de sus mejores películas además, nombres lo suficientemente importantes y atractivos, de estilo definido como para que el espectador no se lleve a engaño, porque su cine, y el de Miñarro de paso, no busca la complacencia fácil ni la complicidad rebajando la exigencia formal y de fondo de los relatos cinematográficos. En el riesgo se aumenta la posibilidad de fracaso, pero también se aumentan las posibilidades de remarcar la individualidad de autores ajenos a modas, tendencias o complacencias. Si Miñarro produce al "outsider" del sistema, cuando dirige también se apunta a la posibilidad de ser lapidado por el público y por la crítica amaestrada con productos de consumo rápido y olvido inmediato. ¿Significa esto que el cine de Miñarro es mejor por ser diferente? Obviamente no, en su filmografía hay mejores y peores resultados estéticos, pero en todos ellos hay un notorio esfuerzo por mantenerse fiel a un estilo, ser independiente y morir en el empeño. La originalidad está ahí para ser disfrutada o criticada, pero nadie podrá achacar a Miñarro venderse a lo comercial, y "Love me not" es muestra de ello, de lo mejor y de lo peor del cine del director/productor, pero en todo caso deambulando sobre el alambre con posibilidades evidentes de caer, porque el juego se desarrolla siempre en el riesgo.


Ahondando en esa valentía, hay que serlo para retomar el mito de Salomé en pleno siglo XXI, e intentar darle una lectura contemporánea en épocas de reacción antifeminista, de machismo militante, de contrarrevolución frente a una inexistente revolución. El mito bíblico de Salomé, exponente de las maldades humanas a través del cuerpo de mujer, el personaje caprichoso, lúbrico, tentador, que  encuentra la horma de su zapato en la férrea voluntad inquebrantable del Bautista, trasciende su carácter religioso para formar parte del ideario artístico del siglo XIX y XX mediante su recreación literaria por Flaubert, Baudelaire "La mujer es natural, es decir, abominable" , Genet.... "la Salomé decadente ofrece la satisfacción de un sadismo literario", en una trasposición del mito hacia la misoginia contemporánea, como si la tentación fuera patrimonio exclusivo de la mujer y el hombre no fuera más que una víctima. Miñarro con su Salomé realiza su película más gamberra, más adulterada, más mezclada en géneros y estilos; no siempre con acierto, no siempre con el engarce ajustado para que las partes de lo que se pretende no chirríen, pero con ese necesario punto de provocación que, respetando la trama sustancial del mito, lo subvierte, lo ridiculiza, lo politiza hasta llegar al apoteósis de la reivindicación trans en tiempos de homofobia militante, tomando el icono femenino por naturaleza como bandera de la diferencia y eliminando la diferencia de base entre hombres y mujeres, todos ángeles o todos demonios, pero no por razón del sexo.

Los personajes de Salomé (Ingrid García Jonsson), Herodías (Lola Dueñas), Antipas (Francesc Orella) y Yokanaan (Juan el Bautista, Oliver Laxe, quien bajo su estética va encasillándose en personajes mitad ascetas mitad iluminados) se nos hacen contemporáneos y son trasladados a un desierto innominado en Oriente Medio donde la "Coalición" limpia de terroristas la zona mientras decide qué destino le otorga a su preso más peligroso. La evidente economía de medios empobrece el empeño de situarnos donde no estamos, las metáforas políticas que identifican al profeta con un líder religioso integrista que anuncia la llegada de un tiempo de paz y amor enfundado en un mono naranja como los presos norteamericanos en Guantánamo, las dispersiones argumentales justificando la presencia occidental como nuevos romanos en periodo de expansión, pueden ser la parte más floja de un argumento conocido que va circulando delante de nuestros ojos, con la magnética presencia de una actriz dotada de esa mirada necesaria para hacernos creíble cualquier papel. La simbiosis de Ingrid García Jonsson con el papel de Salomé mantiene la película tanto como ésta se resiente en los momentos en que la imagen de la tentación rubia, encaprichada con el preso que salmodia en árabe desde su agujero en el suelo, desaparece de escena.

La nueva Babel mundial hace que Miñarro construya su artefacto mezclando lenguas sin pudor; inglés, catalán, castellano, mexicano, árabe; van desfilando por nuestros oídos, porque como dice el soldado catalán que intenta, sin éxito, obtener los favores de Salomé mientras ésta se ducha, "es bonito mezclar lenguas, al final sólo quedan las ideas, la imaginación". Cada personaje se mueve por sus deseos personales; sexo, poder, alcohol, sangre, liderazgo, y en el centro la mujer por antonomasia, ajena al deambular extraño del orden mundial cegada por un ansia inmediata de poseer un cuerpo sin importarle su ideología o su religión. La puesta en escena es claramente teatral, y hasta teatralizadas pueden entenderse gran parte de las situaciones, muchas de ellas jugando al teatro del absurdo, en las que el guión de Miñarro-Belbel sitúa la acción en un prólogo, dos actos y un epílogo, siempre con una luz fría y cortante en exteriores. No es tanto la credibilidad de lo que se nos cuenta como el abusivo ejercicio del poder o las consecuencias de su ejercicio lo que queda como poso de la trama central, completamente dinamitada y puesta patas arriba cuando la historia llega a su conclusión en un tugurio de México DF en el que se ha refugiado Salomé a ritmo de Eurovisión, viviendo cantando con sorpresa desnuda al final. En los nuevos tiempos reducir a la figura de mujer como ente de seducción ni tiene sentido ni es real, la transversalidad ha llegado al sexo y a los roles clasicos, anclarse a la idea preconcebida hace naufragar cualquier evolución, algo así como ocurre en el cine mayoritario, cortado por patrones estandarizados de los que Miñarro sabe apartarse, aunque muy pocos seamos capaces de disfrutarlo pese a sus altibajos.



LOVE ME NOT. España-México. 2019. Dirección: Lluis Miñarro. Guión: Lluis Miñarro, Sergi Belbel. Intérpretes: Ingrid García Jonsson, Lola Dueñas, Francesc Orella, Oliver Laxe. Fotografía: Santiago Racaj. Montaje: Nuria Esquerra, Gemma Cabello. Diseño de sonido: Alejandro Castillo. Sonido directo: Al Rey, Amanda Villavieja. Diseño de producción: Sebastian Vogler, Claudio Castelli. 86 minutos.
 

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