jueves, 28 de febrero de 2019

VOX LUX (Brady Corbet, 2018)



En 2016 Brady Corbet daba muestras de genio con la asfixiante "The chilhood of a leader", reseña , opresivo relato de corte "jamesiano" en el que la educación rigurosa y la condescendencia caprichosa va transformando a un niño en un tirano cruel, que culmina con el nacimiento de un líder neofascista en una sociedad militarizada y represora en una elipsis que del tan gusto del director parecen ser. Corbet cambia el registro, sin abandonar la participación de rostros muy reconocibles para el espectador, y partiendo de las cenizas del "Elephant" de Gus van Sant teñida por "Las vírgenes suicidas" copollianas y el halo de pureza que se destilaba en "Kreuzbeg", reseña , pretende hacer del caso concreto de Celeste (Raffey Cassidy en la adolescencia y Natalie Portman en la madurez) un retrato del mundo actual sin renunciar al reflejo cínico, inmisericorde, hipócrita de todos nosotros. Será el espectador quien decida si en ese camino se ha conseguido el mismo propósito buscado con su anterior película, aunque personalmente en varios momentos de su desarrollo pierde pie, cae en la ambigüedad de hacer más odioso al personaje que en conseguir reflejar que ese personaje no es sino el retrato de todos nosotros.

"Cuanto peor lo hago, más vendo", y en el fondo, este mensaje que evidencia el desenvolvimiento de todo lo que nos rodea, en donde cuanto más simple se hace el mensaje, más obscena la mentira, más barato el arte, más chabacano el comportamiento, más egoistas nuestras relaciones, mejor se consigue conectar con la mayoría de un público acostumbrado a que una noticia no tenga más desarrollo que el titular de un periódico o la cabecera de una cuña radiofónica, corre el riesgo de quedarse constreñido en el foco unidireccional de una persona que evoluciona mal con el éxito, en vez de ampliarse hacia todos los espectadores, como de manera muy solvente se conseguía en su anterior obra. Consolidar la carrera de un director resulta complejo, sobre todo cuando la primera película alcanza un grado de solidez como le ocurrió a Corbet. Mantenerse conlleva el riesgo de ser tildado de copiar un cliché que ha funcionado, arriesgarse aumenta las posibilidades de batacazo, nadar entre dos aguas, adoptando parte de lo que funcionó en la primera y añadiendo algún aspecto novedoso corre el riesgo de desequilibrar el conjunto.
Visualmente poderosa, con el magnetismo de la voz en off de Willem Dafoe, y una muy ajustada banda sonora en la música extradiegética, paradójicamente me resulta mucho más convincente y mucho mejor interpretada la primera parte, denominadas "Prólogo" y "Génesis", que la segunda; "Regénesis" y "Epílogo", y en esa diferente valoración influye notoriamente una decepcionante interpretación de Natalie Portman como la Celeste adulta. Exageradamente histriónica, "cartoon" de un ídolo rock, hipergestualizada en sus conversaciones, ridículamente dibujada como un ángel caído renaciendo de sus propias cenizas, muy "pasada de vueltas" su presencia choca con la contención interpretativa de los otros tres pilares de la narración, hermana (Stacey Martin), hija (Raffey Cassidy, que dobla papel) y agente (Jude Law). Porque el relato también habla de la mutación, del cambio generado en una adolescente a partir de un hecho traumático y su relación posterior con el mundo externo. En este punto las conexiones con "La infancia de un líder" no son anecdóticas, y es lo que relaciona ambas experiencias, en las que puede encontrarse el nudo gordiano de hasta dónde nuestro comportamiento es capaz de modificarse, incluída nuestra personalidad, en función del ámbito en el que te desenvuelvas.
Si el niño de su anterior película va convirtiéndose en un tirano desde la soledad en el seno de una familia estricta, donde la preceptora no deja de ser una extraña cuyo cariño no puede suplir la gélida relación con sus progenitores, el personaje de Celeste nos es presentado en un momento de clímax justo cuando no hemos todavía entrado en el detalle de los personajes y carecemos de referente alguno acerca de su forma de ser. Si bebe de "Elephant" es porque Celeste es una superviviente de uno de estos múltiples episodios de matanzas escolares en institutos norteamericanos, pero esa escena sirve para fijar cuál es su mentalidad en un momento muy concreto, un momento en el que todavía el mundo ha sido inexplorado y vive de lo que la rodea, el simple entorno familiar. Cuando pide al compañero que no dispare y le ofrece rezar juntos como solución, Celeste se presenta como un espíritu puro alejado de cualquier tentación; cuando el mismo personaje vuelve a su ciudad natal 16 años después para reiniciar su carrera musical como estrella del rock, la oferta que le hace a su agente es la de dejarse follar si le proporciona cocaína antes del concierto. La persona es la misma, su forma de ver la vida no.
Cuando Celeste, para recuperarse de las secuelas físicas y emocionales de la matanza, compone una canción de aires pop que interpreta con su hermana en la iglesia local, que se convierte en fenómeno viral gracias a las redes sociales, ni imagina ni sospecha, que su futuro va a quedar más condicionado por ese acto de reconciliación que por el hecho en sí de tener una cicatriz en el cuello y secuelas en la columna vertebral como consecuencia del disparo que, como el plano en el que sucede, rompe la estructura de la película apenas comenzada. La mente del adolescente, la formación del mismo, la "infancia" de una cantante pop que alcanza el éxito muy de repente, muy de prisa y muy joven, se distorsiona al vivir aquello a lo que todos debemos enfrentarnos de manera precipitada y sin margen de error ni rectificación. Los mitos de las drogas, el alcohol, la castidad, la virginidad, se derrumban de manera caótica y desordenada hasta cambiar, en pocos meses, su control previo por un caos autodestructivo en lo físico, pero sobre todo en lo psicológico. El carácter dulce, ingenuo, consecuente de Celeste, da paso, en otro de esos abruptos cortes de la película; acertado salto de 16 años en el tiempo; a un personaje en las antípodas del que hemos visto en la primera parte.
Es ahora cuando la crítica se hace más evidente, aunque siempre oculta detrás del primer plano otorgado al hecho concreto de la vuelta de Celeste al escenario tras un episodio de drogas y atropello saldado con dinero. En la era Trump, en la era de los telepredicadores políticos, la sociedad se demuestra vulnerable por su ignorancia, manipulable hasta el punto de aclamar ídolos que, en su comportamiento público ,no hacen sino ofrecer ejemplos de lo que no tiene que funcionar como referente. Celeste se ha convertido en un personaje mezquino, hiriente para los que la rodean, hipócrita y cínica desde el descreimiento hacia todo lo que, a sus escasos 14 años, creyó que podía ser un mundo habitable. Sólo en el epílogo la mujer puede recuperar su estabilidad, justo cuando deja de ser una persona y se convierte en el personaje creado por la industria; es en la actuación, en el mundo del pop artificial y manipulador donde un público mayoritario de mujeres asisten, extasiadas, a unos ritmos que no ocultan, en sus letras, parte de un mensaje arquetípico y reproductor de esquemas de dominación mental, unos ritmos que van magnetizando a los presentes hasta que aquellos que quieren, pero no se sienten confortablemente en compañía de Celeste, olvidan sus diferencias y cambian el rostro hierático por la sonrisa y el baile olvidando que el concierto se inicia con un sintomático rótulo, "LIES".
Corbet, como hizo en su anterior película, nos interroga sobre nuestra propia incapacidad de autocrítica y de reflexión, desnuda el mimetismo en el comportamiento de la ciudadanía, absorta en lo inmediato y que rechaza cualquier complejidad en el pensamiento y en el análisis. Cuanto más reprochable es el comportamiento del ídolo más se ansía su recuperación y su exposición pública. En un mundo de imágenes convence más la imagen falsa del escenario que la imagen real del defraudador, del delincuente, del sinvergüenza, del que se aprovecha de los demás, cuanto peor más aplauso se recibe. Celeste es un producto del marketing industrial, puro diseño de imagen que en nada se parece a la joven que creó una canción donde se cambió el "Yo" por el "Nosotros", para dar pábulo a esa idea absurda, infantil, y políticamente irritante por la que en cada desgracia masiva, atentado, accidente.....todos tenemos que ser víctimas, cuando las víctimas son muy pocas. En la solidaridad del dolor se cimenta la solidaridad con el éxito ajeno, aunque éste sea falso. Votando a Trump muchos creerán que podrán convertirse en él, pero la realidad demuestra que Trumps, o Celestes, hay muy pocos, justo los que "triunfan" en el dinero, en el poder y en el sexo, los paradigmas del occidente contemporáneo que tan bien sabe reflejar Corbet aunque esta segunda incursión del director plantee muchas dudas y muchos altibajos en su confección.

VOX LUX. Estados Unidos. 2018. Dirección: Brady Corbet. Producción: Christine Vachon, Brian Young, Michel Litvak, Andrew Lauren. Guión: Brady Corbet. Música: Scott Walker. Fotografía: Lol Crawley. Montaje: Matthew Hannam. Reparto: Natalie Portman, Jude Law, Stacy Martin, Raffey Cassidy. Narración: Willem Dafoe. 110 minutos

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