miércoles, 12 de diciembre de 2018

THOSE WHO ARE FINE (Dene wos guet geit), Cyril Schäublin, 2017


"El título de nuestra película hace referencia a una canción tradicional suiza, "Dene wos guet geit" de Mani Matter. Es una canción sobre el reparto de la riqueza, sobre los que tienen y los que no. La película describe un timo que se aprovecha de la falta de contacto entre la generación de los nietos y la de los abuelos. La estafa parece desarrollarse en un espacio anónimo. Consideramos que este “delito” es una oportunidad para retratar y explorar nuestra ciudad natal. (opiniones del director)." Tres inmigrantes de origen magrebí hablan a orillas de un río o de un lago. Es una estampa relajada, cálida, personas que se conocen y hablan en su lengua dentro de la Europa del bienestar, la que preconizaba los derechos del hombre y del ciudadano y cada vez más se escora hacia la xenofobia, la desigualdad y la lucha entre ricos y pobres, el individualismo; la que vive en una permanente juventud que aparca a la vejez como algo vergonzante. Casi son los únicos personajes que no vuelven a aparecer durante la narración, pero son los personajes que cuentan una anécdota que va a dar pie a un retrato deshumanizado y vil de la sociedad europea, una sociedad de sueldos bajos, precarización de servicios, abuso a los ancianos y permanente alerta policial. La modélica Suiza, y en concreto la ciudad de Zurich, se transforma, ante nuestros ojos,  en un catálogo de personas sin virtudes, rendidas al poder del dinero o al agobio de su ausencia. No hay juicios morales añadidos a las imágenes, es el conjunto de sucesos el que provoca la naúsea derivada del individualismo sin freno.
Rodada en una aparente sucesión de historias cruzadas, es la anécdota contada por los "extranjeros"; que se ríen, en parte, de esa deshumanización por la que mentes sin escrúpulos estafan a ancianos haciendo creer que un familiar cercano necesita dinero urgentemente, demostrando la nula relación entre abuelos y nietos, la que permite contemplar toda una serie de estafas encadenadas que, sin embargo, no son perseguibles porque forman parte de nuestra legalidad cotidiana, de nuestra manera de concebir las relaciones sociales y las consecuencias de las mismas. El "call center" desde el que se vende el alma a cambio de una comisión, presiona con un discurso amable que impide pensar para conseguir un cambio de línea de internet, un seguro médico o una refinanciación de un crédito, accediendo a información sensible susceptible de ser usada por quien, ante el consumidor, muestra una cara amable y sugerente que se transforma, por la misma vía de la simulación, en la máscara perfecta para conseguir un dinero fácil y, aparentemente, sin rastro, en la vida privada.
La Suiza que no pregunta de dónde viene el dinero con la única salvedad de que sólo si se ingresa un millón de euros en entidades que no tienen más infraestructura que un ordenador y un vigilante de seguridad, se obtiene una protección de identidad de la que carecen los demás mortales, un país donde la policía se militariza para amedrentar a sus ciudadanos mientras los equipos de investigación sufren las carencias de líneas de móvil con acceso deficiente a internet por contratar los servicios de la teleoperadora más barata, que es la que vende el call center en el que trabaja la estafadora de ancianos. La asepsia, limpieza y orden de un país que no oculta la basura que se guarda debajo de la alfombra, donde las únicas conversaciones que tienen sus habitantes son las que, de manera mecánica, se mantienen con los compañeros de trabajo, sean estos empleados de banca, policías, asistentes sociales, pero para los que la vida privada es sinónimo de vacío y soledad.
La primera película de Schaüblin mezcla primeros planos claustrofóbicos de los rostros, manos, torsos de los actores, con otros tomados desde la distancia, como el naturalista que analiza el comportamiento gregario o asocial de los miembros de un grupo, utilizando, en ocasiones el dispositivo que Pawlikowski ha transformado en su seña de identidad visual con "Ida" y "Cold war", planos donde un gran espacio vacío sobrevuela a los personajes encima de ellos. Como si en esta sociedad de consumo hipercontrolada mediante dispositivos electrónicos que se vuelven imprescindibles para comunicarse, para contratar, para trabajar, cualquiera de nuestros actos fuera susceptible de ser rastreado, la cámara de Schaüblin toma distancia en el espacio público, donde el objetivo no se acerca y filma desde la lejanía manteniendo intacta la posibilidad de oir. El Gran Hermano nos vigila y no necesita exponerse abiertamente a ser reconocido, de todo queda constancia, todo deja rastro, todos somos localizables en cualquier lugar y situación. Hay sensación de desconcierto, de fín de ciclo, de ruptura traumática entre la realidad y el deseo. Los sueños de nuestra juventud se han  dinamitado a un ritmo mucho más acelerado de lo que costó su construcción, y ante tanta frialdad en las relaciones, tanta confusión entre éxito y dinero, parece que el único rescoldo de humanismo se encuentra, todavía, en aquellos que  no se han integrado por completo a nuestras sociedades y mantienen el contacto humano como seña de identidad y equilibrio emocional, aunque sean mirados con la desconfianza de quien viene de muy lejos.

DENE WOS GUET GEIT. Título internacional: "Those who are fine". Suiza. 2017. Dirección y guión: Cyril Schäublin. Fotografía: Silvan Hillmann. Edición: Cyril Schäublin, Silvan Hillmann. Diseño de sonido: Nicolas Buzzi. Intérpretes: Sarah Stauffer, Fidel Morf, Nikolai Bosshardt. 72 minutos.


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