miércoles, 19 de diciembre de 2018

A FAMILY TOUR (Ying Liang, 2018)

 
Ficción no exenta de tintes autobiográficos, en la que el director se metamorfosea en directora a través de la presencia preocupada, incómoda, nerviosa, desesperanzada de Yang Shu (Gong Zhe). La directora de la ficción filmó una película, "La madre del recluso", donde documentaba el sufrimiento de la madre de un condenado a muerte después de un juicio nada garantista tras el homicidio de seis policías en una comisaría de Shanghai. La película incomodó al régimen dictatorial chino y tras persecución, prohibiciones, detenciones, represalias familiares, la directora decidió abandonar China para refugiarse en Hong Kong con una nueva nacionalidad perteneciente a ese ente condenado a ser absorbido definitivamente en 2049, y una nueva vida sin olvidar el pasado. A grosso modo es lo que le ocurrió al director cuando rodó "When night falls", una ficción alrededor del mismo suceso que ha provocado el exilio de la directora protagonista de su siguiente película. Encontramos así la primera de las múltiples referencias a la realidad de la China continental interfiriendo en la libre vida de sus ciudadanos, en su libertad de creación y en su libertad de crítica; al tiempo que el metalenguaje transforma un suceso real del director filmando sobre otro suceso real en una ficción que, continuamente, se refiere al pasado y presente del director y su directora protagonista. Sin espejos que devuelvan imágenes, "A familiy tour" es un continuo desfilar de autorreferencias que se retroalimentan.

La película es un drama familiar lleno de sinsabores surgidos a partir del momento en que Yang no renunció a ese proyecto cinematográfico y abandonó China. Han pasado cinco años sin contacto físico con su familia, sus padres fueron represaliados, el padre ya ha muerto, la madre lo estará si no se somete a una necesaria operación para sobrevivir. Los contactos se han realizado a través de videoconferencias por internet donde las conversaciones han callado lo comprometedor para una madre que tiene que permanecer en China y ha renegado públicamente de una hija para poder sobrevivir con cierta armonía. En ese contexto, el viaje al que hace referencia el título es  la reunión que organizan para encontrarse en un país diferente que no deja de ser otra China. Yang y su familia se desplazarán desde Hong Kong a Taiwán para seguir el circuito que su madre, bajo la vigilancia de los funcionarios del gobierno disfrazados de guías turísticos, va a realizar por el país. Impedida de volver a China, pero protegida por haber adquirido la nacionalidad del marido, hongkonés, y prohibida la salida de la madre para reunirse en Hong Kong con su hija, la única opción de ambas, para verse y mantener alguna conversación sobre el pasado, las ausencias y las pérdidas, es que Yang y su familia sigan a  ese autobús que se desplaza por la isla coleccionando lugares, un tiempo muerto en estado neutral.
Esa retroalimentación sirve, igualmente, para ir triplicando las visiones de una realidad, el marido hongkonés, la madre china y la protagonista "apátrida", no dejan de ser las realidades permeables, pero diferentes, de tres estados que tienen su origen en uno solo, la China comunista, la China insular de Taiwán y la China descolonizada de Hong Kong, cada una diferente, pero todas en la órbita de absorción por parte del imperio; con sus dialectos, pero que permiten que todos puedan comunicarse entre sí; con sus pasados y sus represiones, pero con ansias de libertad. La película juega con la componente política que supone un régimen dictatorial en relación con otros dos que pueden considerarse democracias de corte occidental. Esa corriente crítica del cine chino más reciente que, sin ser abiertamente combativo, porque no hay libertad absoluta para hablar de todo ni criticar al gobierno, no deja de apuntar las deficiencias del régimen, y se asienta en el relato íntimo de los adultos cuya vida ha cambiado radicalmente por el simple hecho de actuar con libertad una, y de ser familia de la rebelde los demás.
Ying Liang asume el relato como una corriente que fluye con parsimonia, con el necesario tiempo de reflexión para que la personalidad de sus personajes vaya calando en el ánimo del espectador. No hay pirotecnias ni acumulación precipitada de datos. El cine dentro del cine aparece como un territorio inatacable de libertad que no sirve para moverse fuera del contenido del mismo, pero que permite a la exiliada seguir con su camino de extrañamiento con la seguridad de encontrar apoyo, aunque también con el convencimiento irreparable de haber quemado todo los puentes para volver a su país de origen, incluso cuando el estado de salud de su madre lo requeriría. Así, las noticias que la madre va contando, como el desplazamiento del cementerio en el que yacían los restos del padre, el derribo de la vieja casa familiar, la demolición del viejo parque infantil en el que jugaba de niña suponen la desaparición de la memoria, la eliminación incluso del espacio del pasado, como si de una manera consciente, la transformación del espacio urbano en China también contribuyera, de alguna manera, a hacer desaparecer cualquier vestigio de la existencia en su país natal de la directora.
Cuando en los planos finales, Yang Shu contempla con su hijo la proyección de la película que le generó tantos problemas, en el marco del festival de cine que la ha invitado a Taipei coincidiendo con las vacaciones de su madre, la mirada podría interpretarse como la de "¿para qué ha servido un esfuerzo que no me ha hecho más feliz ni ha resuelto el problema?", o la pregunta definitiva de "¿para qué sirve el cine?", justo en el tiempo previo anterior al rodaje de su nuevo proyecto, nuevamente con metarreferencias a su presente y la desaparición de periodistas en Hong Kong críticos con la revolución de los paraguas amarillos, como si empeñarse en esa senda no fuera sino un camino de autodestrucción innecesario que a nadie preocupa, una reflexión de una mirada que se enlaza con la de la madre, dormida, mientras ve en una tablet la película prohibida de su hija; una conclusión amarga sobre un trabajo que se transforma, por sus efectos, en apariencia inútil e ineficaz hasta para los seres más cercanos. 
Hay sutileza en la propuesta, hay armonía en los encuadres y en las composiciones geométricas de los planos; no buscando una belleza impostada, sino utilizando el propio elemento arquitectónico de la ciudad. Hay también esa lentitud calmada de las cosas importantes que cuesta sacar de dentro para llegar al otro cuando se sabe que, en el camino, se ha perdido mucho que no va a poder recuperarse. Es el drama sin dramatismos, el viaje que no deja de ser una despedida anticipada salvo que la situación del poder cambie radicalmente, algo que no depende de los personajes. Coinciden la verguenza y el pudor de leer las reflexiones íntimas recogidas durantes esos años pensando en el momento de contárselas a su destinataria, con las grabaciones de los interrogatorios que sufrió la madre y que entrega también a su hija, porque la película, como la isla en la que se desarrolla la narración, es un espacio batido por las olas y el viento, que trae y lleva, que deja y quita, que sosiega y desmoraliza por partes iguales.
 
 
A FAMILY TOUR. Taiwan, Hong Kong, Malasia, Singapur. 2018. Director: Yiang Ling. Intérpretes:NAI AnGONG ZheTEO PeteTHAM Xin Yue. Productores: Jeremy Chua, TSENG Wen Chen, C. Melanopterus. Coproductores:LEE Shuping, FANG Meng Jen, TAN Chui Mui, Jordane Oudin. Productores ejecutivos: YU Pei Hua, WANG Wei, Winnie TSANG, Jeremiah Oh, Amos Why. Fotografía: Ryuji OTSUKA. Música: Fang. Guión: YING Liang, CHAN Wai, 3 3. Sonido: LEE Yu Chih, KAO R.T. Edición: LIU Xue Xing. Productoras: Taiwan Public Television Service, 90 Minutes Film Studio, Potocol, Shine Pictures. 107 minutos

No hay comentarios:

Publicar un comentario