sábado, 1 de diciembre de 2018

24 FRAMES (Abbas Kiarostami, 2017)

La fotografía, de la que el director iraní era un experto profesional, detiene el tiempo. La imagen queda fijada en un momento y lugar concreto sin mayores referencias que las de quien obtuvo la instantánea y pueda compartirlas con quien la contempla. La idea de partida de Kiarostami es espléndida, ¿podríamos, a partir de la imagen de una fotografía, recrear unos minutos de lo que pasó antes o después a la toma de ese instante?. Si Abbas Kiarostami murió el 4 de julio de 2016, y la película se terminó durante el año 2017 por su hijo y diversos colaboradores del cineasta, la primera pregunta, el interrogante más acuciante que lanza la película resulta evidente. ¿"24 frames" responde al espíritu verdadero buscado por Kiarostami con su experimentación de las imágenes, o su idea, plasmada por escrito, ha sido prostituida hasta el máximo imponiendo soluciones que se antojan a años luz del cine conocido del director? Imposible contestar, tanto podríamos estar ante eso, un experimento lúdico visual del director ensayando soluciones para el futuro con sus imágenes, como ante la perversión de una idea que no se quería dejar sin terminar. Si nos inclinamos por la segunda opción será por lo poco, casi nada, acostumbrados que estamos a que Kiarostami se sirviera de manera tan continua, tan evidente (a veces bastante amateur) de los efectos visuales, no por pensar en un aspecto lucrativo que una película como ésta no puede pretender.

Si ya "La dama de Corinto" de José Luis Guerín jugaba con la idea de que la pintura fue el origen del cine a través del juego del fuego y la sombra sobre una superficie, Kiarostami juega con ese mismo referente iniciando su apuesta con un cuadro. El cuadro es la sublimación del instante congelado, pero a diferencia de la fotografía, la complejidad reside en fijar en un segundo lo que lleva semanas, meses, de trabajo hasta su acabado. Kiarostami inicia su película con un cuadro de Brueghel el Viejo, "Cazadores en la nieve", es el "Frame 1", y la concluye con un plano de una mujer joven, de espaldas, adormecida ante una pantalla de ordenador, donde un fotograma avanza a lo largo de una escena de "Los mejores años de nuestra vida" de William Wyler. Cine y pintura se dan la mano a través de la fotografía, podría ser un resumen de lo pretendido por Kiarostami, demostrar la íntima relación del lenguaje entre tres artes diferentes pero que se basan en el mismo sentido. No creo que sea casual, por tanto, la elección del primer marco y del último, haciendo que dos obras separadas por 4 siglos se den la mano de esta manera.

El título, y el rótulo inicial de la película, resumen la idea básica del director, exponer al espectador a 24 imágenes que, de un aparente estatismo, van cobrando vida propia, como si, tras el revelado de la fotografía correspondiente, se nos permitiera acceder a lo que rodeaba a la imagen, a los elementos en acción, o a los animales, o personas (escasas) que pudieran interactuar con ese espacio. Kiarostami estaría proponiendo que la imagen fija ha desaparecido, o puede desaparecer en otra evolución más, cuando surgió la imagen en movimiento, pero con un añadido, que ahora ya no se trata de sustituir la imagen fija por la obtenida por otros dispositivos, sino que la imagen fija puede ser adulterada, manipulada, deconstruida a partir de ella misma, algo que parecía inmutable, salvo para transformarse en otra igualmente fija, ahora se desarrolla en el movimiento. El director propone hacer cine a partir de la imagen estática y cambiar el significado del propio concepto fotográfico.


No hay, no encontramos, entre las 24 imágenes que perduran alrededor de 4 minutos, un relato que las una, no se percibe una idea común o un propósito de establecer una historia. Hay elementos comunes que aparecen con frecuencia, una naturaleza casi omnipresente y la poca presencia humana, aunque el hombre es decisivo porque sin el hombre no habría imagen en pantalla. La presencia humana es la que capta el momento, y después lo transforma, de ahí la poca importancia que para la película tiene que, además, observemos al ser humano en acción. Es la naturaleza quien cobra mayor relevancia a través del paisaje, los animales (casi siempre domésticos) y los elementos. Imagen y sonido (demasiado uso de la música "ambiente" con unas imágenes que, en esos lugares, necesitan del silencio) constituyen el todo del experimento, y no puede decirse que Kiarostami no haya arriesgado en su cine; "Shirin" y "Five" serían las obras más cercanas, sin digitalización manipuladora, de "24 frames", y el director pretende que contemplemos sus escenas como si de cuadros que van tomando movimiento se trataran.













La idea de Kiarostami es que contemplemos la belleza de un momento, y que, admitido éste, dejemos que la acción, el movimiento, se desarrolle ante nuestros ojos. Pueden ser pájaros que se mueven en la nieve del cuadro de Brueghel, humo que sale de las chimeneas, impensables vacas que se mueven por la orilla de un mar cuyas olas rompen a los pies de los animales, patos que se mueven con libertad alrededor de un vallado, como si fuera un homenaje a "Five" con mar de fondo, ciervos que corretean sin parar por el paisaje nevado que, previamente, en el instante fotográfico, estaba vacío, como en las fotografías en movimiento de Eadweard Muybridge. Como estamos asistiendo a una contemplación, qué mejor espectáculo que el que nos ofrece una ventana abierta al paisaje y ante el que puede desfilar un pájaro, las ramas de un árbol o un gato que introduce la fugacidad de la vida en medio de un paisaje que invita al recogimiento, al calor del hogar. No miramos hacia la ventana, sino hacia fuera, hacia el paisaje y el frío de la nieve. No hay caminos en el horizonte en forma de Z en esta película, pero hay tanto amor por la imagen y su desarrollo que no cuesta dejarse envolver por su forma, su concepto, su poesía visual aunque no exista argumento, convencido de que éste es innecesario para trasladar la idea de fondo.







24 FRAMES. Irán-Francia. 2017. Director: Abbas Kiarostami. Productor: Charles Gillibert. Ahmad Kiarostami. Supervisor de efectos visuales: Ali Kamali. Sonido: Ensieh Maleki. Cámaras: Dariush Gorji Zadeh, Peyman Solhi, Delaram Delashob, Yousef Khoshnaghsh. Jefe de producción: Bahman Kiadarbansari. 115 minutos.

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