miércoles, 14 de noviembre de 2018

KROTKAYA (A gentle creature, Sergei Loznitsa, 2017)

«Soy un experto en hablar en silencio, toda mi vida he hablado en silencio. He vivido en silencio verdaderas tragedias. ¡Y es que yo también he sido un desgraciado! ¡Todo el mundo me ha rechazado y olvidado, y eso nadie lo sabe!… Fiodor Dostoievski

Nada más lejos de la realidad que emparentar esta película con la obra de Dostoievski, o, al menos, decir que su relato breve inspira la película; nada más alejado que intentar relacionarla con su homónoma "Une femme douce" de Robert Bresson, ésta si, inspirada y creada a partir del original literario. Loznitsa, empeñado en ajustar cuentas con todas las Rusias, con el Imperio, con la URSS y con Putin, se embarranca en el exceso y la desmesura, para terminar desconcertando con un final (de aproximada media hora) que arruina su apuesta minimalista previa, y avoca al espectador a la fácil solución de que la protagonista no tiene salida. En el plano de apertura ya intuímos a un  personaje que se mueve fuera de plano, y en ese movimiento que se sale de nuestro cuadro advertimos el carácter tenaz y la necesidad de respuestas de la protagonista cuando un paquete enviado a su marido a prisión, le es devuelto sin explicaciones, ese es el leitmotiv de su comportamiento durante dos horas en un descenso a los infiernos que ya conoce, pero que no puede eludir. La película se hace intemporal, incluso sin fronteras, aunque las referencias heroicas remiten a la Federación Rusa, no hay una explicación directa del tiempo y el país, como si en Rusia todo fueran vasos comunicantes en los que el militarismo, el expansionismo, la represión y la pobreza emparentada con la corrupción no tuvieran época ni dueño.

Si en algo ha inspirado el genial escritor ruso a Loznitsa no es en la trama argumental, sino en el dibujo de personajes absolutamente achicharrados en lo moral, de una bajeza humanista y existencial completa; haciendo de Loznitsa uno de los representantes de ese cine que el año pasado fue vilipendiado de principio a fín, y que, ante el silencio de Cannes este año, parece que es apropiado recuperar. La mujer sin nombre del título, esta gentil criatura que empieza un camino sin retorno hacia el estercolero humano que continúa conformando las relaciones entre los ciudadanos y entre estos y la administración en Rusia, se ve envuelta en una trama kakfiana (ésta sí es más tangible) en la que todas sus peticiones de información son respondidas con el silencio, y cuanto más se interesa por entregar ese paquete con productos básicos de subsistencia, y saber si su marido permanece o no en esa prisión, más cerca se ve, ella misma, de terminar encarcelada o víctima de una trata de blancas.

Lo mejor de esta película se encuentra en lo que de vuelta a sus orígenes tienen algunos pasajes o imágenes, todas ellas alejadas del diálogo y la representación de lo peor del ser humano. Una parada de autobús, un viaje en transporte público, una sala de espera, recuerdan al primer Loznitsa, el que era capaz de representar al género humano sin necesidad de subrayar ni de dirigir el pensamiento del espectador. Ese Loznitsa, tan naturalista y tan alejado de su cine panfletario como en "Maidan" o "The event", vuelve a nosotros, aunque sólo sea unos segundos de un plano, una escena sostenida, o una escena repetida en bucle, recordando películas como "Hoy voy a construir una casa, Retrato, Paisaje, La estación, El asentamiento", películas que vuelven a nuestros ojos cuando Loznitsa se vuelve observador de su personaje y deja de tratarle como mero objeto de humillación continua. Es cuando la película más parece algo cercano a un documental intemporal confirmando el comportamiento egoista, maltratador, deshumanizado del grupo frente al individuo sin tener que explicárnoslo.

La ciudad carcelaria de Loznitsa funciona como, casualmente, otra película  ucrania de esta temporada, "Volcano", un lugar sin normas donde el poder se ejerce desde la corrupción y el crimen consentido, donde el soborno y la amenaza se convierten en moneda de cambio continua en las relaciones, donde reclamar y exigir es un billete seguro para el ostracismo y la represión del sistema. Ese limbo sin derechos tanto apela a la historia stalinista, como al absolutismo zarista y al imperialismo putiniano; un espacio donde la lucha del individuo por una respuesta, no por una solución, se convierte en una actividad tantálica en la que si apenas se roza la meta, se vuelve al punto de partida, o incluso, más abajo que éste, y en el que la protagonista va sumergiéndose en un pozo de incomprensión y rechazo ante el que no puede articular palabra ni modificar el gesto pétreo y dolorido de la derrota.

Donde Loznitsa pierde el control de lo que está contando, con esa conseguida carga de tensión emocional y amenaza física que siempre sobrevuela la historia, pese a su continuo exceso, es en su desenlace, con decepcionante recurso al onirismo que explota como una pompa de jabón tras regalarnos una larga escena de agresión sexual al estilo Gaspar Noé absolutamente gratuita. La escena de la Cenicienta recompensada y desagraviada por su tenacidad y constancia, peca de incredulidad, ese "dramatis personae" final en el que las personas que han ido humillando a la protagonista, vestidas de un blanco chejoviano y rodeadas de militares cuyos uniformes se inspiran en los de la NKVD staliniana, pero que al tiempo, podrían ser invitados a una fiesta aristocrática de Alejandro II, como a uno de los mitines en los que el "padrecito" de la madre Rusia arengaba a sus camaradas, en una interminable sucesión de parlamentos, se justifican ante ella, pero sin estar ella, destila falsedad de principio a fín y elimina ese pretendido tono documental de su obra, colaborando a olvidar lo precedente por una astracanada que desmorona un conjunto redundante y reiterativo que termina pesando como plomo en los pies de alguien lanzado al agua.

KROTKAYA. FRANCIA, ALEMANIA, PAISES BAJOS, UCRANIA, LITUANIA. 2017. DIRECCIÓN: Sergei Loznitsa. PRODUCCIÓN: Marianna Slot. GUION: Sergei Loznitsa. FOTOGRAFÍA: Oleg Mutu. Intérpretes: Vasilina Makovtseva, Marina Kleshcheva, Lia Akhedzhakova. Montaje: Danielius Kokanauskis. 143 minutos.


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