miércoles, 21 de noviembre de 2018

HAMADA (Eloy Domínguez Serén, 2018)



“Menudo plan, parecéis todos clavos oxidados”. Zaara, la joven saharaui sin pelos en la lengua, se dirige así a sus "hermanos", los amigos con los que comparte existencia en un campamento de refugiados en Argelia, cerca del Sahara liberado, pero también del Sahara ocupado por Marruecos, con la connivencia e inactividad de España, que abandonó la colonia sin restituirla a sus verdaderos habitantes, creando una situación diplomática internacional que permanece en “stand by” por mucho que la ONU se haya pronunciado cantidad de veces sobre la solución definitiva, facilitando que, mientras tanto, Marruecos colonice la zona para asegurarse una mayoría de población cuando toque hacer el prometido, y siempre pospuesto referéndum. La situación postcolonial y el abandono internacional del pueblo saharaui está presente en la nueva película de Eloy Domínguez Serén, porque, en definitiva, no es posible ocultar una realidad que tanto afecta al día a día de este pueblo, pero la película alcanza su propia importancia, a mi juicio, precisamente por no centrarse en esa realidad y por no buscar la estética orientalista vana del desierto. Ahí reside la importancia de un documental cuyo guión no puede predeterminarse por lo imprevisible de la vida diaria, aunque se viva dentro del tedio; mirar a la gente y evitar lo obvio es su logro.

Sólo en un par de ocasiones siente la necesidad el director de “embellecer” la imagen, perocon un claro sentido en el relato. Obedece a un sueño, o pesadilla, que uno de los jóvenes protagonistas del documental va recordando, un sueño con el ruido del mar y la presencia del mar, ese mar que era parte esencial de la vida saharaui y se ha transformando en un recuerdo que los mayores transmiten oralmente a sus hijos, o se ha reducido al contenido de una lata de conservas en medio de la nada. El desierto pierde su leyenda romántica para transformarse en algo estéril, vacío, sin salidas, la imagen estética carece de sentido relacionada con lo que se cuenta y por ello no se utiliza el recurso fácil de la postal viajera. Es la hamada la meseta propia de las zonas desérticas, constituida por bloques desiguales de losas rocosas duras, generalmente calizas, sin agua, sin vegetación, sin fauna ni flora, un terreno sin vida donde las personas han terminado asentándose por carecer de un espacio propio, un lugar que sobrevive por la ayuda exterior para cualquier cosa; para la vivienda, la alimentación, el vestido. Asentamientos provisionales que se han transformado en la más definitiva de las constataciones de la dejadez humana, el mantenimiento por la vía de hecho de lo que el derecho no permite, la negación de la subsistencia mediante la consolidación del territorio de nadie, porque nadie está interesado en colonizar el desierto.

Esas imágenes de dunas, arena en suspensión, caprichosas formas geométricas formadas por el viento (ese viento que sopla en nuestros oídos con el diseño sonoro de la película, otro de sus aciertos), siluetas humanas recortadas en la lejanía que miran un horizonte sin fín, extraordinariamente coloridas si son mujeres, un horizonte que quema las pupilas y las pestañas con el reflejo del sol sobre la arena, es la única concesión estética del documental, un paréntesis alejado de cualquier idea de oasis, un paréntesis de belleza en medio de la nada y cuya contemplación ideal desde la butaca o desde la comodidad del turista que aterriza, de manera ocasional, en los campamentos para dar rienda suelta a su justificación ideológica, no es la del propio saharaui, en cuya mirada hay nostalgia y pesar por partes iguales. Porque lo que la película transmite perfectamente es esa idea de abulia sin fín en una juventud sin salida. Chicos y chicas que mantienen sus obsesiones y sus deseos sin querer rendirse definitivamente a la evidencia de que, en el campamento, sólo les queda algo tan intangible como la identidad como nación. Sin trabajo, sin diversiones, sin estructuras comunitarias, un día es igual al anterior e idéntico al siguiente. España se transforma en su ideario como un Dorado al que dirigirse, legal o ilegalmente, porque aunque se transmite la idea de que en España no hay nada, comparado con el campamento hay tanto en perspectiva que resulta racional ese deseo de desplazarse a Europa.

Durante los meses que la cámara acompaña a estos jóvenes, prever lo que pueda ocurrir para guionizar lo que se desconoce no puede ser la idea de partida del documental, el ojo del director recoge esas vivencias al mismo ritmo que los protagonistas las padecen. Niños tirando piedras, partidos de vóley femenino con gafas de sol y pañuelos tapando la cara, biciletas sin cubiertas, talleres mecánicos en los que no se sabe muy bien si el coche desguazado no estará en mejores condiciones que el que se está reparando, casas en construcción, o reconstrucción, que parecen auténticas ruinas inhabitables. Calles sin asfaltar donde el recuerdo de una larga ducha se representa como un lujo y un placer indescriptible, fiestas folclóricas para agasajar a la caravana de cooperantes que son vistas con escepticismo por Zaara (“¿y esto para qué?, nada merece realmente la pena), el cine que, igual que llega a las noches del desierto, pasa sin dejar rastro, mientras la joven se desespera por encontrar un trabajo de lo que sea que le permita comprarse un coche.

La película hubiera quedado demasiado desesperanzadora si el director no supiera introducir cierto sentido del humor que refleja, además, cierto igualitarismo en las relaciones hombre-mujer en la cultura saharaui, al menos en la forma con que estos jóvenes  aparecen en pantalla. La manera de expresarse de Zaara con ellos, su empeño por aprender a conducir, su obstinación por trabajar, su deseo de comprarse un coche con el que poder ir de viaje con sus amigos y salir del reducido espacio del campamento, funciona como contrapunto optimista ante tanto vacío existencial que les rodea, condenados a pasar horas y horas tumbados para soportar las horas centrales de calor, o simplemente, para ahorrar unas energías que nada exige que se gasten. Pocas distracciones en la edad de pensar, casi exclusivamente, en ellas, una discoteca improvisada en una casa con luces de colores, un baile sugerente sin levantarse de la alfombra, una noche de tormenta, adivinar la marca de los coches que pasan por el campamento con los ojos tapados, y un deseo persistente de viajar que, a la vuelta de las noticias de los que se fueron, se transforma en otra decepción más. El sueño de España se desvanece en otra pesadilla de discriminación, paro, odio y humillación. La tormenta que ilumina el desierto anticipa esa desilusión matizada por la ilusión de conseguir conducir un coche sin que éste se cale; igual que sentíamos el extrañamiento del director durante su estancia nórdica en la excelente «No cow on ice», su anterior largo, Domínguez Serén refleja con perfección las sensaciones amargas de todos los que se dejan filmar, esa sensación de pertenecer a una cultura que carece de lugar, de nación sin estado, de pueblo sin propiedades, de juventud en marcha hacia ningún lugar.

HAMADA. España. Suecia, Noruega, Alemania. 2018. Dirección y Guión: Eloy Domínguez Serén. Productores: David Herdies, Michael Krotkiewski. Coproductores: Kari-Anne Moe, Gudmundur Gunnarsson/Fuglene (NO), Heino Deckert/Ma.ja.de (DE). Aparecen: Zaara Mohamed Saleh, Sidahmed Salek & Taher Mulay Zain. Fotografía: Eloy Domínguez Serén. Edición: Ana Pfaff, Eloy Domínguez Serén. Sonido: Eloy Domínguez Serén. Diseño de sonido: Ted Krotkiewski, Thomas Jæger. Con apoyo de: Swedish Film Institute, Norwegian Film Institute, SVT, DR, Aftenposten and Fritt Ord. 89 minutos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario