viernes, 16 de noviembre de 2018

EN ESAS TIERRAS, SUB TERRAE (Nayra Sanz Fuentes, 2017, 2018)

Dos cortometrajes donde la naturaleza puede funcionar como hilo conductor, como punto de conexión un tanto forzado para comprender que ambos dialogan, pero en los que el trasfondo termina primando sobre ese espacio libre. No desmerece a "En esas tierras" la soberbia composición cinematográfica, el propio concepto narrativo y la brutalidad del escenario en el que se rueda "Sub terrae". La inevitable presencia de la muerte en nuestras vidas elimina cualquier intento poético cuando nos asomamos al abismo en el que la basura se convierte en el nuevo oro a desenterrar, algo que choca respecto a "En esas tierras", donde prima lo calmado, lo poético, pero también el eco disonante de la diferencia excluyente. Puede ser "Sub terrae" una de las obras más rotundas, más impactantes, más ajena al artificio y de la que desaparece todo lo superfluo del reciente cine español, sus apenas 7 minutos condensan lo irrisorio de nuestra presencia en la tierra, lo fugaz de nuestro recuerdo, el abandono al que vamos siendo progresivamente empujados cuando los más cercanos se olvidan de nosotros, pero sin olvidar que la vida, por el hecho de serlo, no es mucho más envidiable que la muerte, que hay vidas ante las que uno se cuestiona el porqué de ese empeño por sobrevivir en esas condiciones.


La presencia de los zopilotes a la espera, en los aleros de las construcciones donde se encuentran los nichos semiabandonados de un cementerio cualquiera de Centroamérica, podría invitarnos a pensar que esas aves se alimentan de los restos de los allí enterrados. La cámara deambula por los corredores desiertos de ese lugar, entre lápidas con flores y la mayoría deterioradas por el paso del tiempo, cuando no rotas. No nos extrañaría encontrarnos a la vuelta de la esquina con los huesos humanos esparcidos por el suelo. Y en cambio, parece que las aves se hacen cada vez más presentes cuanto más nos alejamos de esos pasillos, y más nos acercamos a los límites de ese espacio neutral entre la vida y la muerte. Cuando la cámara de Nayra Sanz se asoma al vacío de la hondonada sobre la que se asienta el cementerio, comprobamos que la múltiple presencia animal responde a una competición entre vivos y no a un deseo de los vivos de aprovecharse de los muertos. El final del cementerio conduce al inicio del inframundo, como si los sueños delirantes de El Bosco se hubieran hecho realidad apenas un centenar de metros más abajo. Ante nuestros ojos aparece un vasto espacio usado como vertedero, y entre las columnas de camiones que descargan los desechos de aquellos que permanecen encima, una multitud de personas y un sin fín de aves, se afanan por aprovechar los restos de lo inútil. Inútil aunque siempre habrá alguien que aproveche lo que tú tiras como decía el clásico griego, pero en este caso la presencia de esa realidad a continuación de haber contrastado el escaso eco de nuestros pasos sobre la tierra, invita a la reflexión acerca de los porqués de tanta desigualdad y de tanto afán por sobrevivir en un mundo lleno de infiernos. La ausencia de palabra, el sonido de las aves y los motores de los camiones ayudan a adentrarnos en esa idea de mundo irreal, de submundo infernal al que han sido condenados los parias, ocultos en una hondonada, fuera de la vista que nos puede ofender íntimamente. Una breve pero gran obra.

A cambio, "En esas tierras" alarga su duración, mezcla la imagen filmada con el dibujo de la miniatura árabe, va entretejiendo pasado y presente para acercarnos a una realidad que nos molesta, que hasta algunos consideran impropia de nuestra cultura, y es que 7 siglos de presencia árabe en España no pueden ser borrados como si no persistieran lazos entre nuestra cultura actual y la procedente de la herencia musulmana. El pasado de la entrada árabe y la batalla de Guadalete va dando paso a la presencia musulmana en España a través de dos realidades muy presentes, la rehabilitación de edificios históricos y el limón. Musulmanes trabajando en la reconstrucción de un edificio de ladrillo con arcos de inspiración árabe y musulmanes trabajando en la recolección del limón, una fruta que los árabes, como el naranjo, el almendro, introdujeron en España y aquí se quedaron. Perduró lo traido a "estas tierras" y expulsamos, no aceptamos, despreciamos a quienes lo trajeron. Dos mundos que las personas tratan de mantener como el agua y el aceite, mientras la herencia de uno se revive día a día en nuestra cotidianeidad. La historia se hace innegable presente, la naturaleza se expande sin entender de credos ni lenguas, el trabajo forma parte de nuestra obligación diaria más allá de nuestra procedencia, pero esos puntos en común, esa poesía buscada en la imagen serena de un amanecer o en el fruto colgando de un árbol tampoco nos puede esconder la realidad de que, tras cada conquista o invasión, ha existido la violencia.



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