miércoles, 3 de octubre de 2018

LAS HEREDERAS (Marcelo Martinessi, 2018)

LAS HEREDERAS (Marcelo Martinessi, 2018)

La mirada de Chela se esconde entre paredes, puertas medio abiertas, en los reflejos de espejos que la protegen de los demás. No se atreve a mostrarse abiertamente y vive sumida en una profunda depresión mientras observa, con miedo y decepción, cómo el patrimonio familiar heredado va desintegrándose y desapareciendo; igual que su relación de pareja, con el mismo abandono, la misma falta de pintura, las ventanas y puertas envejecidas que la mansión en la que continuan viviendo, más como una inercia de generaciones que por disponer del dinero suficiente para mantener un nivel de vida de alta burguesía. Chela vive con Chiqui, ambas forman una pareja de lesbianas que han superado la sesentena y que es aceptada con normalidad en su ámbito de relaciones sociales y de vecindad, Chela es pasiva, abrumada por la expansividad y acaparación de Chiqui. Prefiere permanecer entre las paredes de su dormitorio, a oscuras o en penumbra, acostada, que presenciar la constante visita de desconocidas a su casa para comprar de saldo los objetos que demuestran un pasado desahogado. Cuando Chiqui ha de ingresar en prisión el único sostén que parecía mantener a Chela desaparece, ¿cómo enfrentarse a un futuro sin compañía y sin ingresos?.
Cómo una película que habla de relaciones humanas, de amor, de sexualidad desde la sugerencia y el deseo, de nuevas formas de convivencia más que asentadas, y que deberían ser asumidas sin comentario alguno, es capaz de ser recibida en su país con el abandono de la sala por la mitad de la cámara de representantes, cuando el Estado paraguayo decidió homenajear al director y su equipo tras conseguir dos osos de plata en la pasada edición de Berlín, es algo que se me escapa; o cómo una diputada de izquierdas abandona el hemiciclo donde se desarrolla el acto lanzando improperios contra las lesbianas presentes y que aparecen en pantalla aún más inexplicable. Sobre todo, y ante todo, porque cuando se produce el acto, la película todavía no había sido estrenada en Paraguay. Todo muy sintomático, todo muy conocido, todo amparado por el prejuicio constante de una moral dominante que, afortunadamente, en la película está ausente, privada de cualquier juicio sobre sus personajes, ajena a cualquier argumento moral para analizar la vida de Chela.
Porque la película la protagoniza una pareja de lesbianas que se adentra en la vejez, cierto, pero el lesbianismo está tan presente como el despertarse todas las mañanas, desayunar, pintar cuadros. No es el objeto de la película, pero está implícito porque es la condición de, fundamentalmente por su presencia casi constante, Chela, merecido premio a la mejor interpretación en Berlin para Ana Brun. No se es lesbiana a ratos, como no se es de izquierdas sólo por las mañanas, salvo que se sea un hipócrita, y es en esa normalidad personal donde la película no necesita de subrayados argumentales para que vayamos conociendo la vida de los personajes y comprendamos cuánto ha perdido Chela por ese carácter asustadizo, por ese miedo a ser libre, por su represión interna para no alardear ni exponer a las claras su condición que, sin embargo, para todos los demás, bascula entre lo evidente, y lo genuino, de una relación cuyas fisuras se conocen siguiendo a esta mujer una vez que comienza una vida temporal en solitario, mientras se decide la situación de prisión provisional para su compañera.

Es en ese momento de soledad compartido con una nueva empleada de hogar que va acostumbrándose, poco a poco, a las rutinas y manías de su jefa, donde Chela empieza a descubrir nuevos alicientes, sensaciones que hace mucho tiempo que no sentía. Es el entorno, y no necesariamente el más cercano, quien se preocupa por un bienestar mínimo como compensando una deuda que nunca se pensó reclamar. Quien hizo bien en las dificultades de los demás parece merecer una devolución en forma de trabajo sumergido gracias al único bien disponible capaz de generar ingresos. Un ya viejo Mercedes se transforma en improvisado taxi (más bien remise como distinguen en Sudamérica), para trasladar a ancianas a sus partidas diarias de cartas (una referencia de ficción al documental chileno La Once), que desembocan en la aparición de un nuevo personaje, la hija de una de ellas, mucho más joven que todas las demás, más atractiva, más liberada. Un espejo que funciona como deseo y envidia para Chela, que ve en Angie todo lo que ella no pudo ser por no atreverse y, al tiempo, un cuerpo de mujer al que le gustaría acariciar.

Cuando nuestra protagonista parecía haberse atrevido a mirar directamente desde el interior de las habitaciones, su pasado vuelve a perseguirla, su timidez y su miedo vuelven a estrechar la mirada al escaso espacio que deja una puerta semiabierta o una cortina sin terminar de cerrar. Un espacio limitado por el que mirar, pero también un espacio escaso por el que te pueden ver. En la sorpresa se puede reaccionar afrontando la condición de lo que se quiere o renunciando completamente a los deseos refugiándose en un encierro más íntimo que real. El miedo al rechazo, como el miedo a descubrir abiertamente esa diferencia que la marca, termina devolviendo a Chela a ese lugar de penumbra del que lleva muchos años sin salir y en el que la hemos conocido; agrietándose, marchitándose, por dentro y por fuera como esas habitaciones en las que cada vez hay más huecos, como si desmontar la casa para sobrevivir implicara, al mismo tiempo, quedarse vacío de manera definitiva. Tanta renuncia a ser uno mismo termina por pasar factura, pero también puede ocurrir que suponga una reacción para la que nunca es tarde. Para Chela y un viejo Mercedes puede abrirse un periodo de aventura tan estimulante y vivificante como la conductora esté dispuesta a experimentar. La noche se cierra con un abrazo de solidaridad cómplice con la mucama, y la mañana se abre como el portón que permite la salida de carruajes de la vieja mansión. Lo que pase a partir de ahora está en manos de lo que se desee y hasta donde se quiera llegar.

LAS HEREDERAS. Paraguay, Uruguay, Alemania, Brasil, Noruega. 2018. Director: Marcelo Martinessi. Guión: Marcelo Martinessi. Productores: La Babosa Cine. Pandora Film. Mutante Cine. Norsk Filmproduksjon A/S. Esquina Filmes. Actores: Ana Brun, Margarita Irún, Ana Ivanova, Nilda González, María Martins, Alicia Guerra. Productores: Sebastian Pena Escobar, Christoph Friedel, Fernando Epstein, Agustina Chiario, Julia Murat, Hilde Berg, Marina Perales, Xavier Rocher. Fotografía: Luis Armando Arteaga. Edición: Fernando Epstein. Música: Fernando Henna. Duración: 97 min.

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