viernes, 7 de septiembre de 2018

EXTINÇAO (Salomé Lamas, 2018)



EXTINÇAO (Salomé Lamas, 2018)


Ejercicio de paraficción, o paradocumental, cuyo hilo conductor es un trabajador civil del ejército ruso que se califica como nacional de Transnistria, un corredor físico que funciona como territorio “no man,s land”, en el que conceptos como Moldavia, Transnistria, Crimea, Ucrania, Rusia, URSS, van formando un ecléctico ejercicio de difuminación de fronteras creadas más, a conveniencia de los hombres que atendiendo a realidades culturales o identitarias, y que implican una sucesión de diálogos, representaciones, meditaciones en voz alta sobre lo que ha supuesto el fín de la URSS, la desintegración de la Federación Rusa y el auge imperialista presente encabezado por Putin bajo el lema de “guerra sin guerras, ocupación sin ocupaciones”, asfixiando territorial, militar y económicamente a las repúblicas que pretenden actuar como estados independientes ajenos a los intereses de Moscú, fomentando la disgregación de territorios internos de esos países que, alguna vez estuvieron bajo el dominio soviético y que hay que tratar de volver a captar para la órbita nacionalista. 


En un calculado blanco y negro que recuerda al uso fotográfico de las películas de Bela Tarr, la directora portuguesa se adentra en territorios que le pueden resultar muy ajenos pero que guardan relación con sus obras precedentes de escasa visibilidad en España; unidas entre sí por esa idea del extrañamiento melancólico, la sensación de estar, pero no de pertenecer al lugar en el que se dice se ha de permanecer. Transnistria, como Osetia, Abjasia, forman parte de ese grupo de repúblicas autoproclamadas, que, en el fondo, no han llegado a ser verdaderos estados. Únicamente reconocida internacionalmente por Rusia, Nicaragua y Venezuela, Transistria es una estrecha franja de terreno de minoría rusa enclavada entre la frontera de Moldavia y Ucrania, dos de las repúblicas desgajadas de la Federación Rusa y opuestas a la política oficial del Kremlin. En 1992, tras una breve guerra de alrededor de 4 meses, que dejó alrededor de 20000 víctimas, y en la que Rusia y Rumanía, sin actuar oficialmente, permitieron la participación de tropas propias en el conflicto interno de un tercer país, se llegó a esa situación de país que no existe pero que mantiene frontera, gobierno y un régimen prosoviético en el corazón de la Europa del Este.


La cámara sigue a Kolya en un ejercicio de amortajada aspiración independentista, con un pasaporte ruso por su trabajo, pero nacido moldavo, y de sentimiento de pertenencia a un país inexistente que aplica sus propias leyes en un “status quo” que funciona como una bomba de relojería susceptible de volver a estallar en cualquier momento, cuando a la metrópoli le convenga agitar el avispero de sus exrepúblicas para ir ampliando su espacio de influencia. Los cruces de frontera que realiza Kolya no dejan de suponer el absurdo de explicar una situación inexistente para la comunidad internacional, pero real en la vida diaria de unos ciudadanos que se mueven de Moldavia a Bulgaria pasando por Rumanía, y de Moldavia hacia Rusia, sin tener muy claras las razones por las que se sienten extraños en cualquier lugar. En ese camino Kolya parecerá encontrarse con sujetos extraídos de un pasado que se ríe de la catástrofe disgregadora de la URSS, al tiempo que recelan de la actual situación. La cámara parece hundirse en el rostro de Kolya mientras las palabras son pronunciadas por otros, los fundidos en negro para ocultar la cámara en los pasos fronterizos no impide que los aduaneros comenten los porqués de una directora que se desplaza tan lejos de su hogar para filmar algo que, supuestamente, debería desconocer pero que tampoco se revela, el equipo aparenta ir a rodar una película de ficción, no un retrato de ese territorio suspendido en un tiempo que no existe, desgajado de la realidad, decrépito como las viejas construcciones soviéticas.


Las degradadas, y abandonadas, instalaciones de la arquitectura soviética, permiten a Lamas aplicar un juego meta-referencial sobre el fín de los imperios. Estructuras cuya finalidad ya no se identifica permiten lanzar fuegos de artificio en su interior, fuegos que rebotan contra la cúpula generando el efecto de imposibilidad de escape. Son luces que no pueden expandirse, obligadas a permanecer en un espacio reducido y para consumo interno, algo así como la realidad de Transintria, un terreno que sigue el cauce del río Dnieper, un territorio oscuro, gris, encogido sobre sí mismo, cuyos fuegos artificiales, de existir, no pueden ser vistos desde fuera. Un ejercicio de autoafirmación que produce melancolía y extrañamiento, como los tímidos intentos de Kolya por salir al exterior y caminar entre los árboles o la niebla, una extensión del “no man,s land” que se aferra al espíritu de los hombres y los mantiene en una catatonia expectante pero inactiva; como los conflictos soterrados y congelados que amenazan con llegar a su deshielo en cualquier momento y desbordar los cauces de tranquilidad. Una Europa que presume de paz pero que limita las fronteras de su continente a una línea imaginaria que cruza desde los países nórdicos hasta el mediterráneo, olvidando lo que no conviene recordar que sucede en su justo centro.

EXTINÇÃO/EXTINCTION. Portugal, Alemania. 2018. 80 min. Dirección y guión: Salomé Lamas
Producción: O Som e a Fúria, Lamaland, Mengamuk Films, Walla Collective, Screen Miguel Nabinho, Apoyos financieros: Agora Works in Progress 2016 Thessaloniki International Film Festival. Apoyos adicionales: Screen Miguel Nabinho, Walla Colective, Bikini, Yuki, Bogliasco Foundation, Rockefeller Foundation Bellagio Center, Berliner Künstlerprogramm des DAAD, Fundação Calouste Gulbenkian, Instituto do Cinema e Audiovisual (ICA).
Asistente de dirección: Stanislav Danylyshyn. Fotografía: Jorge Piquer Rodriguez. Sonido: Salomé Lamas, Stanislav Danylyshyn. Montaje: Telmo Churro, Francisco Moreira. Música Andreia Pinto Correia

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