miércoles, 19 de septiembre de 2018

DJON AFRICA (Filipa Reis, Joâo MIller Guerra, 2018)


DJON AFRICA (Filipa Reis, Joâo Miller Guerra, 2018)


Miguel, alias "Djon Africa", se mueve por las calles de Lisboa, las menos reconocibles, las menos visitadas, las de una "pequeña Africa" en la exmetrópoli de un imperio a la que han ido a parar miles de nacionales de los países mas empobrecidos del continente que fueron su colonia, como una herencia dejada por el ocupante que interroga el verdadero papel de éste en tierra extraña. Miguel quiere vivir a su manera sin preocuparle la opinión ajena, su estética es personal, cercana al hip-hop, vive con su abuela sin preocuparse por un futuro que se acerca para expulsarle de una juventud y acercarle a otro tipo de responsabilidades. Entre pequeñas chapuzas, y pequeñas estafas o hurtos, su vida diaria transcurre entre la desidia y la vagancia. Tras aprovecharse del mundo capitalista del centro comercial que le está vedado como algo muy lejano, haciendo de señuelo para que una amiga llene su bolso de prendas mientras él hace todo lo posible para aparecer como sospechoso, un encuentro casual en el exterior de ese mundo ajeno le remueve algo que desconocía de si mismo. Más africano que portugués, su sensación de extrañamiento es más propia de la falta de integración a un país que mantiene diferencias económicas por la raza  que por convicción de sus raíces caboverdianas, hasta ese momento ignoradas. Cuando una mujer le para en la calle y le confunde con su padre, de quien nada sabe desde los tres años de edad, y le desea que no se parezca al jugador, estafador y mujeriego Miguel, al que conoció en Cabo Verde, una necesidad de saber, de reinventarse, de encontrar su sitio en este mundo se activa en el joven.

¿Quién es su padre? ¿Cuáles son sus raíces? ¿Qué importancia tienen en su personalidad? ¿Dónde está su familia? A Miguel, nacido en Portugal, con una novia blanca, que no busca trabajo porque no quiere, ni estudia porque no le apetece, la llamada de África es como un sueño exótico al que agarrarse para explicar su falta de sitio en Portugal. "Ahora te preocupa tener un padre en Cabo Verde en vez de ayudarme" le dice su abuela cuando pide información sobre quién era su padre, dónde puede estar en la actualidad, qué sabe de la familia que queda en África. Es ahora cuando llegan los títulos de crédito, cuando para el director y para el guionista, Pedro Pinho, el mismo de "A fabrica de nada", parece empezar la verdadera película; del mismo modo que Portabella, por ejemplo, en su "Pont de Varsovia" hizo pasados 20 minutos de película, como aquí. Y se hace desde la ensoñación, a bordo de un avión como etapa inicial de un viaje, desde la imaginación de un duermevela a bordo, donde tras una de las varias conversaciones que va a tener con mujeres durante el viaje, negándole una y otra vez su condición de caboverdiano porque ha nacido en Portugal, unido a su desconocimiento del país, su política, sus costumbres, su dialecto creole, no siendo caboverdiano quien dice que lo es por sus orígenes, sino por quien vive y ha vivido en el país y no se ha limitado a comer "cachupa" y a beber "grogue" como herencia familiar, se representa el ideal de lo que debe ser la mujer africana.

Ese sueño erótico-musical que persigue a Miguel, él pretende identificarlo con sus orígenes africanos, amante de la música rítmica, y atraído por los cuerpos femeninos, esa pasarela improvisada en la que la música caboverdiana hace desfilar y bailar, por el pasillo del avión, a una decena de jóvenes de su misma raza, demuestra la concepción limitada que tiene el viajero de sus orígenes, confundiendo el estereotipo turístico con la realidad que es algo más que música, diversión, baile y sexo. Miguel viaja a Cabo Verde como quien cree que ahí va a encontrar la respuesta a su desconexión con la realidad, convencido de que nadie va a cuestionar su africaneidad dado el color de su piel y la nacionalidad de su padre, para darse de bruces con una realidad muy diferente, muy diversa, muy distinta a la que él ha inventado en un imaginario que quiere que le incluya en un grupo, en un país, en un continente simplemente por su deseo. Estas ensoñaciones desaparecen de manera progresiva, incluso las conversaciones pasan a ser más directas y las mujeres terminan imponiéndose al hombre con la palabra, enseñando a Miguel que, realmente, lo desconoce todo del país al que ha viajado y en el que, el único familiar localizado y que podría permitirle tirar del hilo de sus orígenes, hace un año que ha muerto.

Si en "Gabriel y la montaña" (reseña de Gabriel e a montanha) la irrealidad va cerniéndose cada vez más sobre el joven brasileño Gabriel, convencido como está de ser cada vez más africano, cuando en realidad, cada vez es más turista y más descerebrado en su intento de encontrar ese "lugar en el mundo" que le haga especial, el viaje de Miguel le va convenciendo de todo lo contrario. Sin palabras, sin discursos, sin incurrir en tópicos de viajero veraniego, el peregrinar del protagonista en busca de algún resto de sus raíces le va haciendo abandonar la costa, los bares, las fiestas, para ir conociendo e intimando con los lugareños, participar de sus actividades, conocer, tocar, sentir la tierra de la que proceden sus genes. La película se convierte, entonces, en un viaje interior dentro del viaje físico, un periodo reflexivo en medio de la naturaleza, donde Miguel siente la fuerza de milenios y el bagaje de generaciones y generaciones de personas, obligadas muchas de ellas, primero por la esclavitud, y después por la necesidad, a abandonar su país, embarcarse en travesías llenas de peligros y terminar viviendo en ghettos más o menos marginales, de las grandes ciudades, en este caso, portuguesas. Cuando Miguel pasa unos días con una anciana que, también por azar, conoce en una travesía marítima, es cuando descubre, de verdad, lo que es el Africa de sus antepasados y siente que hay algo de él que pertenece a esa tierra, aunque también hay mucho dentro de él, que le aleja del continente.
Pedrinho.- Aleluia. música caboverdiana final de la película



La música resulta esencial para entender al personaje de Miguel, no sólo porque le enlaza con sus raíces, algo que en la primera escena de la película para él era impensable, sino porque incluso en el último plano fijo en las calles de Lisboa, en el seno de ese barrio de mayoría negra, tras producirse otro cruce azaroso digno del recuerdo rohmeriano, el mensaje de optimismo termina significando el convencimiento para el protagonista de su origen pero que no por ello su lugar se encuentra en África, porque el país de cada uno está donde le quieren, donde le necesitan y donde le esperan. Rodada siempre con frescura y descaro, con la destacada actuación de Miguel Moreira interpretándose así mismo, desbordando naturalidad en las situaciones, magníficamente fotografiada por Vasco Viana, otro de los destacados nuevos profesionales del cine portugués, que sabe dotar de un significado a la luz para diferenciar lo que vemos del mero reflejo turístico de un país evitando cualquier parecido con un clip promocional del país, "Djon Africa" debería estar llamada a ser una de las revelaciones de la temporada si no supiéramos que, de antemano, sus posibilidades de comercialización son muy escasas. Entendemos finalmente por qué Miguel, tras una vida a cámara lenta, como si mover los pies le supusiera un doble esfuerzo, el del caminar y el de vencer la resistencia innata a desplazarse, a hacer algo, en el momento decisivo decide echar a correr, como si ya no hubiera más tiempo que perder. El Gabriel de la película de Felipe Gamarano se pasaba corriendo muchos minutos del metraje, el Miguel de "Djon Africa" sin embargo, sólo corre una sola vez, ni tan siquiera tras ser cooperador necesario de un hurto lo ha hecho; sólo cuando entiende que es necesario, cuando descubre que "yo soy mi padre", cuando entiende que alguien le está esperando de verdad.

DJON AFRICA. Portugal/Brasil/Cabo Verde. 2018. Directores: Filipa Reis y João Miller Guerra. Guión: Pedro Pinho​, João Miller Guerra. Fotografía: Vasco Viana. Sonido: Ruben Santigo. Edición: Eduardo Serrano, Ricardo Pretti y Luisa Homem.  co-Produccion: OII and Desvia, Uma Pedra no Sapato, Terretreme. 96 minutos. Intérpretes: Miguel Moreira and Isabel Cardoso

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