viernes, 17 de agosto de 2018

SOY CUBA (Mihail Kalatozov, 1964)

 

SOY CUBA (Mihail Kalatozov, 1964)

"De todas las artes, la que más nos interesa es el cine" Lenin.


Una de las primeras, sino la primera iniciativa cultural relevante del régimen revolucionario cubano tras alcanzar el poder en 1959, cuando aún mantenía intacto el germen de un ideal propagable, y parecía alejado del indudable carácter totalitario y dictatorial en que derivó, fue la creación del Instituto Cubano del Cine, que en 1961, consiguió que un grupo de cineastas soviéticos se desplazaran al país para conseguir reflejar "el verdadero alma del pueblo cubano" y las razones que se encontraban detrás del apoyo popular al levantamiento armado de Sierra Maestra, que facilitaron el triunfo y sostenimiento del régimen, pese a la cercanía del siempre amenazante imperio norteamericano. Cuatro nombres se encargaron de dar forma, visual y narrativa, a un relato de un perfeccionismo técnico incontestable, que como todo film de propaganda, termina adoleciendo de lo inestable y maniqueo de su mensaje, pero ante el que el riesgo y maestría de lo rodado cede de manera impecable para dar lugar a una serie de escenas que forman parte de la antología de lo cinematográfico.

escena de apertura, La Habana antes de Fidel

Kalatozov como director, uno de los grandes del cine soviético, eclipsado detrás de los nombres de Eisenstein, Pudovkin, Vertov; pero tan versátil como aquéllos e igualmente tan dotado de genialidad; Urusevsky como director de fotografía, y los guionistas, el poeta Yevtushenko y el cubano Pineda Barnett, proceden a construir un armazón prorevolucionario donde todas las clases sociales, todas las razas, todas las profesiones, van teniendo su lugar en el éxito del movimiento. Película construída en cuatro movimientos que van contraponiendo la intrínseca corrupción del capitalismo con el espíritu libre e inmaculado del socialismo de base. Un relato en el que sus cuatro historias funcionan como mediometrajes independientes, que van jalonando el camino de los cubanos hacia su liberación del yugo de Batista, y, por extensión, del yugo yanki que ha tomado la isla como lugar de recreo, juego, prostitución; como ese nuevo rico que sabe que, se piense lo que se piense de él, el dinero le va a permitir comprar cualquier voluntad, al menos la voluntad sin ideología, porque para ello surge el espíritu revolucionario dispuesto a purificar a aquellos elementos ya corroídos por la amoralidad occidental capitalista, concediéndoles la oportunidad de reconducir su comportamiento hacia el fín supremo de la libertad.
Lo que era la Cuba prerevolucionaria queda retratado perfectamente en el primer segmento, desde el prodigioso plano secuencia de apertura, en la terraza de un hotel lleno de americanos rodeados de jóvenes cubanas que se lucen en la piscina intentando atraer nuevos amantes y más dólares, hasta los entresijos de la historia del vendedor de frutas cándido y enamorado de su María, que por la noche se transforma en Betty; el equipo de producción y artístico se encarga de ir demostrando la perniciosa influencia del dinero exterior en la noche de La Habana y en el día a día de sus habitantes. Un mundo de lujo al alcance de muy pocos, mientras los que sirven a esos deseos malviven en barrios anegados por el barro, superpoblados y hacinados en chabolas sin un mínimo de habitabilidad. Un mundo desconocido para el extranjero que todo lo compra, hasta aquello que se le niega y que se ve inmerso en un espacio necesitado de todo, pero tan digno como para  no dirigirle la palabra, dejándole aturdido entre tanta pobreza y, al tiempo, tanta entereza. No obstante este intento de Kalatozov en reflejar el alma cubana, que da pie al germen revolucionario, resulta incomprendido y rechazado por la nomenclatura de los regímenes que pretendieron usar el cine como arma política desafecta a lo artístico, que es lo terminó primando en la apuesta del director y su equipo, y que, en definitiva, condenó al ostracismo a la película.
Los demás segmentos irán deambulando por la reacción rebelde del campesino que ve perdida su cosecha como aparcero ante la venta de la tierra a la United Fruits, reacción visceral que viene acompañada de la alegría de la juventud en la fiesta popular, señalando así el camino del futuro frente al que ya no tiene presente, la respuesta estudiantil frente al régimen policial represivo y asesino, concluyendo con la escena del enfrentamiento ante el campus universitario, que recuerda la escalinata de Odessa de Eisenstein y el prodigioso plano secuencia del entierro del joven estudiante, donde Kalatozov y Urusevsky diseñan un montaje digno de ingeniería industrial para hacer sobrevolar la cámara por las calles de la Habana vieja, siguiendo al cortejo fúnebre y entrando en el interior de una fábrica cigarrera para volver a salir al exterior como un pájaro al que se le hubiera acoplado una cámara y siguiera una línea recta preordenada, finalizando la película con el éxito de la revolución y la entrada de los "barbudos" en la capital después de conseguir convencer a los desideologizados, con la evidencia de que la violencia indiscriminada afecta incluso a la población que sólo deja pasar los días de la manera más tranquila posible. Según García Borrero, antes de 1959, en el imaginario fílmico sobre Cuba lo que predominaba era la visión hollywoodense entregada a través de filmes como Rompiendo las cadenas (We Were Strangers, 1949) o Santiago (1956). En ese tipo de película el discurso dominante nos hablaba de Cuba como un lugar donde imperaba el sensualismo latino y la irresponsabilidad colectiva, lo cual contrastaba con la superioridad moral del protagonista norteamericano, quien debía encargase de solucionar los problemas de los nativos, con Soy Cuba se rompe con esa visión de sensualidad irresponsable para mostrarnos otra cara de la  la explotación cubana a manos de las empresas norteamericanas, o de los propios individuos carentes de escrúpulos y que dan lugar a ese tipo de revolución popularporque el argumento de Soy Cuba contrapone dos mundos que, según la lógica fílmica desarrollada aquí, tenían que chocar irremediablemente: el mundo de la frivolidad, los concursos de belleza, los bares, la bebida y la música y el mundo de los cañeros, los estudiantes y los sectores pobres que no encontraban la manera de sobrevivir en el modelo socioeconómico que imperaba en el período representado.



Dos identidades recorren la película, la imagen, la omnipresencia de una cámara dispuesta a dejar huella en cada una de sus escenas, una cámara que utiliza focales que terminan distorsionando los bordes de la imagen para captar espacios reducidos como si fueran enormes, ampliando la profundidad del plano a fuerza de hacerlo ilusorio, una cámara que o se sitúa encima de los personajes rodando furiosos primeros planos, o los filma desde abajo, magnificando su estatura y la grandiosidad de su obra revolucionaria. Esa imagen alcanza el summum de planificación en la mencionada escena del entierro del joven estudiante; el féretro, las banderas, la multitud, el cortejo.....la cámara se eleva sobre todos ellos como si dispusiera de un motor que permitiera sostenerla en el aire en un tiempo donde los drones no existían, la cámara asciende, atraviesa calles, sigue fachadas, entra por ventanas, circula por estancias, vuelve a salir al vacío perdiéndose en el infinito siguiendo la marcha. El dispositivo es ingenioso, una especie de funicular permite ese recorrido para filmar cenital y elevadamente, aunque cierto es que en el último plano, con la larga calle recta, al equipo de filmación le resulta imposible ocultar la existencia del cable que dirige y estabiliza la cámara. El segundo elemento definidor del relato es la voz en off que inicia las cuatro historias, y a veces, las concluye. Es la voz de Cuba, de una Cuba dirigida hacia una nueva época que debe dibujar lo que era el antes de la revolución para justificar la misma, una voz que habla y deja frases del estilo "“mi azúcar se la llevaban los barcos; mis lágrimas las dejaban”; “tantas lágrimas en el azúcar, y sin embargo, es dulce”; “soy bares, casinos, hoteles, pero las manos de estos niños y viejos también soy yo”; “¿quién responde por esas lágrimas?”, una Cuba dramática que atiende a un anhelo de cambio ante tanta desigualdad y explotación.


Enrique Pineda Barnet, coguionista de Soy Cuba, relata, ante el escaso éxito de la película que "Con Evtuchenko lo más difícil eran nuestras ópticas, los temperamentos opuestos y estilos divergentes. Yo defiendo “la diferencia” como elemento enriquecedor. En general, yo imprecaba lo que estaba resultando algo “turístico”, “exótico” en el peor sentido, grandilocuente, y a veces cursi. Y tuve grandes discusiones sobre estos puntos, en particular, sobre la voz narrativa de Soy Cuba que me parecía y me sigue pareciendo reiterativa y didáctica, para colmo con una voz en tono de traducción imposible de calificar. En las discusiones tuvo que intervenir incluso Konstantin Simonov, la dirección de Mosfilm y todo el grupo. Me consolaba con mis cuitas a Urusevski que podía lograr, al menos, llevar algo a la atmósfera visual del filme. Al parecer, ambos gobiernos (Cuba y la URSS) no gustaron del producto final. No se nos dijeron las razones. Pero supongo que eran políticas, pretextadas con las estéticas. Que si la participación estudiantil tenía más peso que la obrera, que si tal personaje histórico tenía demasiado relieve por encima de tal otro ... Yo olfateo que la falta de autenticidad molestaba a los cubanos en tanto que turismo, y exageración. No puedo precisar en cuanto al público ruso, las diferencias culturales y la experiencia de ambos espectadores se me escapan". Volviendo al principio, "Soy Cuba" ha de verse no como documento real, sino como experiencia visual y fílmica, si atendemos a la ideología es posible que se nos escape el portento técnico que la envuelve y le da sentido, en el fondo, si las grandes obras de Eisenstein perduran no es por su contenido intelectual, ni su profundidad filosófica de guión, sino por la fuerza de su imagen y montaje. En Kalatozov y su equipo prima la perfección estética y con eso ha de bastar.


SOY CUBA. Cuba-URSS. 1964. 141’. Dirección: Mijail Kalatozov. Productores: Miguel de Mendoza y Simyion Mariachim. Guión: Eugueni Evtouchenko y Enrique Pineda Barnet. Fotografía: Serguei Urusevski. Música: Carlos Fariñas. Intérpretes: Sergio Corrieri, Salvador Wood, Luz María Collazo, José Gallardo, Celia Rodríguez, Jean Bouise, Isabel Moreno, Raúl García, Alberto Morgan, Zilia Rodríguez, Fausto Mirabal, Roberto García York, María de las Mercedes Diez, Bárbara Domínguez, Isis del Monte, Luisa María Jiménez, Mario González, Tony López, Héctor Castañeda, Roberto Villar, Roberto Cabrera.

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