jueves, 30 de agosto de 2018

LA VIDA PRIVADA DE SHERLOCK HOLMES (Billy Wilder, 1970)



LA VIDA PRIVADA DE SHERLOCK HOLMES (Billy Wilder, 1970)



En el inicio de la película siento el aroma clásico de una historia de aventuras, como el olor del café recién molido que llega al cerebro mucho más, y mucho mejor, que el sabor a través de nuestro paladar. El anuncio de una sucesión sin fín de sucesos ignorados, ocultos para preservar la fama y buen nombre de los implicados se abre ante nosotros como la caja testamentaria de Watson. Pero los ignorantes directivos de la United Artist, que se estremecieron de miedo, empapados en sudor frío, al comprobar que la película de Wilder se alejaba bastante del concepto clásico de la pareja Holmes-Watson, y cuya duración se alargaba a las tres horas, optaron por cercenar la libertad creativa del artista y metieron la tijera para que aquello quedara reducido a un simulacro de la idea original, pese a lo cuál funciona con la precisión milimétrica de la pareja perfecta de guionistas Wilder-Diamond. Por eso ese aroma que desprende la apertura de la maleta dejada por Watson y que sólo podría abrirse 50 años después de su muerte (una escena que me transporta inmediatamente a otra película de corte muy similar para mi gusto, “El hombre que pudo reinar” de Houston) termina resultando anacrónica con el resto del relato. El anuncio de un sinfín de historias y anécdotas, la productora lo limita a una sola y un preámbulo; todo ello igualmente delicioso, maravilloso, entretenido en el sentido más puro de la palabra, pero siempre cabrá la pregunta, ¿qué habría sido de esta película si se hubiera respetado la idea de Wilder?.

escena borrada
Probablemente el señuelo de la historia policial y de espionaje que aglutina casi hora y media de metraje habría quedado más diluida por el peso del conjunto; los personajes de Holmes, sobre todo, y Watson, mucho mejor definidos si fuera posible; el origen de los traumas holmesianos mejor explicado, la personalidad atormentada de éste más patente que la predominante figura imperturbable del británico en sus labores de investigador, solamente bordeando la depresión cuando los periodos de inactividad se alargan demasiado. Hay evidencias que nos permiten llegar a ese tipo de conclusiones, el guión conservado de la obra, una escena rodada de casi 15 minutos de una comicidad propia de la afilada mente de Wilder eliminada por la productora y que no tiene, siquiera, integrada la banda sonora, que puede verse subtitulada con los diálogos impresos, otra composición de otra aventura en un tren compuesta con páginas del guión, fotografías de su rodaje y, en este caso, la banda sonora de los diálogos. La pieza ideada iba a ser, como anuncia el preámbulo con la apertura del legado de Watson, la narración de pequeñas aventuras en cascada, hechos avergonzantes, escabrosos, pudorosamente ignorados por el cronista Watson para mantener el nivel heroico y de infabilidad del héroe, un héroe magnificado a partir de la alteración de la realidad para hacerlo superlativo, pero al no respetarse esa voluntad del fallecido Watson, los productores cambian la naturaleza de la película dejando una evidencia inicial de su despropósito. Afortunadamente para nosotros lo que quedó para nuestro deleite ha mantenido su excelencia, porque la esencia se ha mantenido, y como los personajes, que simulan y ocultan bajo un velo parte de lo que son, la insinuación y el bosquejo pueden terminar resultando más apasionantes que la constancia expresa.

La película se centra en dos historias, una eminentemente personal de la vida de Holmes, y otra en la que surge el brillo en los ojos del personaje ante una aventura donde se mezcla el amor, el erotismo, la rivalidad con un hermano, el Foreing Office, donde puede más el Holmes investigador que el Holmes persona. Con la historia del ballet ruso y la proposición por parte de la primera bailarina de ese ballet para que Holmes acepte tener un hijo con ella, obteniendo un hijo que reuna la perfección de mente y cuerpo, Wilder y Diamond juguetean con la siempre sospechada relación de homosexualidad entre el detective y el médico, dos solteros viviendo juntos en plena Inglaterra victoriana. El juego referencial está parodiando una anécdota real que le ocurrió a Bernard Shaw, cuando recibió la misma propuesta de una modelo de su época, quien le sugirió que los hijos de ambos serían  perfectos ante la mente del intelectual y el cuerpo de la mujer, a lo que éste respondió que aquello podría resultar catastrófico porque nada impedía que el hijo nacido tuviera el cuerpo del escritor y la inteligencia demostrada de la mujer, consiguiendo que Holmes utilice el rumor de su homosexualidad para desembarazarse de una proposición poco apetecible.
“Watson- Espero que no me encuentre presuntuoso, pero ¿ha habido mujeres en su vida, verdad?
Holmes- La respuesta es sí... ha sido usted un presuntuoso. Buenas noches.”
Junto con la respuesta ingeniosa de Holmes para no herir el orgullo de la mujer y evitar el lance sexual, Wilder y Diamond diseñan todo un gag visual de comicidad y equívoco sublime mientras Watson pasa de ser el objeto codiciado por todo el cuerpo de bailarinas del ballet a serlo de los bailarines abiertamente homosexuales del mismo. El efecto del gag es tan demoledor como la asunción femenina que hace Jack Lemmon de su disfraz en “Con faldas y a lo loco” y demuestra lo nervioso que se siente Watson ante cualquier insinuación que cuestione su virilidad.



Lo que sigue a continuación, aunque existe un fino hilo de unión entre ambas historias con la desaparición de seis enanos de un circo, se circunscribe al ejercicio deductivo de la mente del detective, y su progresiva caída en las redes de un amor que le ciega y hace peligrar el éxito de una investigación militar del gobierno de su graciosa majestad. Wilder y Diamond juegan a hacernos simpático el papel de Gabrielle Valladon (Geneviéve Page) para que sintamos sensaciones parecidas a las que puede estar experimentando el receloso y misógino Holmes, atribuyendo, en este caso, el papel más sensato, más racional, aunque sea por miedo a Watson, introduciendo el guiño cinéfilo de transformar a Christopher Lee, de Sherlock, que había sido el papel ya interpretado por éste en el cine, en su hermano Mycroft. En la presunta búsqueda de un marido desaparecido en las altas tierras de Escocia se encuentra la rivalidad germano-británica por seguir aumentando su poderío militar, en este caso naval. Holmes aparece así como un ser melancólico, sumido en una apatía y aburrimiento mortecinos, dejándose acariciar por las notas de un violín que remueven su pasado y tolerando la existencia con sus consabidas dosis de cocaína (el clásico literario hablaba de morfina), quien solo recupera su actividad e ingenio cuando el dilema aparentemente irresoluble se cruza en su camino. Sólo un error de cálculo estropea su ingeniería mental, hacerse acompañar por una mujer que sabe que su seducción nublará parte de las capacidades de tan superdotada mente.


Todos los personajes parecen, de manera calculada, ocultar una parte de su personalidad que va quedando en evidencia con el transcurso de los minutos. El pasado amoroso de Holmes ,que le ha marcado para el futuro, decidiendo no volver a fiarse de mujer alguna porque su único amor murió 24 horas antes de la boda, y ello porque en el fondo, sabe que los sentimientos nublan el raciocinio, algo que le vuelve a ocurrir con Gabrielle, que realmente es Ilse von Hoffmansthal, que se despide con un “auf wiedersehen” en morse mientras los últimas semanas de vida acepta llamarse con el apellido inventado por Holmes durante la investigación en Escocia para simular que son matrimonio; estableciendo ese enlace subliminal entre lo aparentemente negado y lo realmente deseado, que no es sino consumar esa insinuación en la que Gabrielle hace creer a Holmes que le confunde con su marido, y se pasea desnuda por la casa hasta abrazarse con el detective, una temporal amnesia que, de nuevo vuelve a ocultar la realidad de lo que el cerebro contiene. Wilder y Diamond utilizan la receta de hacernos temer a los personajes que buscan el bien y simpatizar por los traicioneros, elevará un velo de maldad y rencor entre los hermanos Holmes, cuando no hay sino afecto y una rivalidad intelectual en la que ninguno quiere perder pero todo termina en las tablas del fracaso mutuo; en Watson hay el respeto a la mente brillante de Holmes, pero también se oculta la envidia de quien se cree al mismo nivel intelectual del socialmente reconocido y ha de tener que hacerse pasar por el “valet” del amigo para acompañarle en su investigación; algo que aparece realmente mucho más visible en la escena eliminada en el crucero que se dirige a Oriente, donde Holmes cede gustoso a Watson la investigación inicial de dos muertes sospechosas para dejarle en evidencia. Todo es nebuloso, sutil, contenido, poco incendiario y frenético, veladamente apagado hacia la tristeza con esa luz que queda matizada por cortinas, velos o la niebla del lago Ness.


Que el guión funcione con la precisión de una maquinaria engrasada no es novedoso en la carrera de ambos guionistas, que la iluminación y fotografía nos lleve gozosamente a la Inglaterra y Escocia de mediados los 80 del siglo XIX tampoco, que no haya movimientos de cámara ni alardes visuales una seña de identidad de un cineasta contenido en las formas pero apabullante en los fondos, y que todo parezca recién salido de siglo y medio atrás un mérito indiscutible de otro genio del cine, Alexandre Trauner, ideólogo visual y espacial de películas como ésta, o “Testigo de cargo”, “El apartamento”, “El hombre que pudo reinar”, “Irma la dulce”, “Uno, dos, tres”, “Tierra de faraones”, espacios en los que nos sumergimos acompañados por la música de Rozsa, otro genio que con sus acordes dibuja sonoramente a la perfección la presencia de Holmes. Volver y volver a Wilder es recuperar, una y otra vez, la excelencia en imágenes, es sentarse en el filo de una navaja que va a cortar por su precisión quirúrgica, es sentir la ironía frase tras frase, aceptar como signo de inteligencia el doble sentido hiriente y amistoso, es saborear una de las verdaderas razones por las que el cine es un arte imperecedero.



LA VIDA PRIVADA DE SHERLOCK HOLMES. The private life of Sherlock Holmes. EEUU. 1970. Dirección: Billy Wilder. Guión: Billy Wilder, I.A.L. Diamond. Fotografía: Christopher Challis. Música: Miklos Rozsa. Montaje: Ernest Walter. Dirección artística y diseño de producción: Alexander Trauner. Productor: Billy Wilder. Intérpretes: Robert Stephens, Colin Blakely, Genevieve Page, Irene Handl, Christopher Lee, Tamara Toumanova, Clive Revill. Producción: Phalanx Productions, Mirisch Corporation para United Artis. 125 minutos.

ESCENA ELIMINADA


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